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lunes, 27 de agosto de 2012

SOBRE LA INTOLERANCIA

 Benedicto XVI, Luz del mundo, pág. 65

Es por completo evidente que se está extendiendo una nueva intolerancia. Hay parámetros acostumbrados del pensamiento que se quieren imponer a todos. Así, pues, se los anuncia en la llamada “tolerancia negativa”, por ejemplo, cuando se dice que, en virtud de la tolerancia negativa, no debe haber cruz alguna en los edificios públicos. En el fondo, lo que experimentamos con eso es la supresión de la tolerancia, pues significa que la religión, que la fe cristiana, no puede manifestarse más de forma visible.

Por ejemplo, cuando en nombre de la no discriminación se quiere obligar a la Iglesia católica a modificar su postura frente a la homosexualidad o a la ordenación de mujeres, quiere decir que ella no debe vivir más su propia identidad y que, en lugar de ello, se hace de una abstracta religión negativa un parámetro tiránico al que todo el mundo tiene que adherir. Ésta es, aparentemente, la  libertad,   ya por el solo hecho de ser la liberación de lo que ha regido hasta el presente.

En realidad, sin embargo, este desarrollo conduce cada vez más  a la reivindicación intolerante de una nueva religión que aduce tener una vigencia universal porque es racional, más aún, porque es la razón en sí misma, que lo sabe todo y que, por eso mismo, señala también el ámbito que a partir de ahora debe hacerse normativo para todos.

El hecho de que en nombre de la tolerancia se elimine la tolerancia es una verdadera amenaza ante la cual nos encontramos. El peligro consiste en que la razón –la llamada razón occidental- afirma que ella ha reconocido realmente lo correcto y, con ello, reivindica una totalidad que es enemiga de la libertad. Creo que hemos de presentar con mucho énfasis ese peligro. A nadie se le obliga a ser cristiano. Pero nadie debe ser obligado a vivir la “nueva religión” como la única determinante y obligatoria para toda la humanidad.