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martes, 8 de octubre de 2013

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera lectura: Hab 1,2-3; 2, 2-4
Salmo Responsorial: Salmo 94
Segunda lectura: 2 Tim 1,6-8.13-14
Evangelio: Lc 17, 5-10
 
Vivimos tiempos difíciles, lo vemos todos. 
La crisis económica pega duro y casi no se ven perspectivas. No tenemos certezas sobre el futuro, aunque tengamos ganas y calidad para ello. Muchos no saben si habrán contribuido lo suficiente para recibir una jubilación. Algunos padres me cuentan, desalentados, la resignación de sus hijos neo-licenciados anclados en prácticas infinitas y contratos basura. 
Además el espectáculo desconcertante del mundo político de estos años no favorece la confianza. Más allá de vuestros gustos políticos, hace falta reconocer con amargura que se ha tocado fundo, en un remolino que va a peor y que ha olvidado los valores éticos, incluso de forma notoria cuando se trata de recoger consensos electorales. 
También en la Iglesia: a veces los creyentes tienen la impresión de estar puestos en un rincón, atacados en la esencia misma de la fe. Ciertamente no ha ayudado el 11 de septiembre y otros ataques terroristas en cuanto que se ha identificado la fe con el fanatismo. Así, subrepticiamente, se introduce la idea de que todas las creencias se conviertan en radicalismos, que cada institución, la Iglesia en primer lugar, existe para que algunas personas conserven sus privilegios. No hay un día en los periódicos que no salgan hechos que tienen como protagonistas a curas u obispos, en situaciones a veces dramáticas que hay que analizar con seriedad y serenidad, cierto, pero, más a menudo, en situaciones tratadas con un delirante moralismo que ha reemplazado la sobria moral que se desprende del Evangelio. 
Cuando se aparta a Dios no es que no se crea más en nada, sino que se acaba con la creencia de todo. 
Pero a las antipatías del mundo que sella a la Iglesia como intolerante en nombre de la tolerancia, ha llegado el dramático escándalo de la pedofilia que es la más dura prueba que hemos de afrontar desde los tiempos de los mártires de los primeros siglos. 
Así la Iglesia está llamada a afrontar estos tiempos sin levantar empalizadas, sin hablar la misma lengua o pagar con la misma moneda de este mundo cruel.  
Cuando el mundo habla a despropósito de la Iglesia, la Iglesia es llamada a hablar de Cristo.  Es a confiar su Maestro que no lo ha abandonado nunca aun cuando los cristianos arruinaban a trozos la credibilidad de la Iglesia. 
Ante todo esto, el ruego de los discípulos, es hoy el nuestro: Señor, auméntanos la fe. 
 
Habacuc 
Habacuc está desalentado, ¡cómo no entenderlo? El pequeño y obstinado pueblo de Israel tiene que luchar continuamente para sobrevivir entre los gigantes: los egipcios y los asirios antes, los babilones luego… toda su historia es un sucederse de invasiones y golpes de estado, de tragedias y de injusticias. 
Ahora en los confines de Israel atacan los Caldeos.  
El profeta, exasperado, dirige el mismo ruego a Dios: tiene que defenderlo ante el pueblo, pero ¿cómo se hace para suscitar la fe en un pueblo exasperado?  Dios contesta invitando Habacuc y a Israel a la fe, conservando la fe, la confianza. 
Cómo a Lázaro, el domingo pasado, Dios promete apretar entre sus brazos con inmenso cariño al justo que vive por la fe. 
Los profetas de ayer y de hoy se estrellan continuamente con la misma desconcertante objeción: ¿dónde está Dios cuándo el hombre desencadena la violencia, cuando prevalece la tiniebla, cuando  el justo es escarnecido y despreciado? 
Y hoy la Palabra nos contesta: sólo con la fe podemos atrevernos a intuir la respuesta. 
 
Fiarse 
Habacuc es invitado a fiarse; Timoteo recibe una conmovedora carta de Pablo encarcelado y es invitado a hacer memoria de la misma vocación episcopal; los apóstoles, después de un momento de euforia por los éxitos conseguidos por el Nazareno, empiezan a estrellarse contra sus propios límites y contra la hostilidad de algunos fariseos y sienten vacilar la tímida llamita de la fe. Fiaros, dice la Palabra, confía, deja, desconfía de tus presuntas certezas.  La fe es un razonable abandonarse en los brazos del amado, en el gesto inconsciente y obvio del niño que se tira a los brazos del padre. 
No estamos llamados a confiar en un misterio inescrutable, a seguir a ciegas los órdenes de la divinidad, a bajar la cabeza ante la voluntad difícil e incomprensible de un Moloch al que tenemos que creer. 
El Dios de Israel pide confianza, el Dios que caminó y sufrió en el desierto, el Dios que acompañó e iluminó una tribu beduina haciéndola transformarse en el pueblo de la esperanza, el Dios que ha iluminó a los reyes de Israel, el Dios que arrancó hombres de la dehesa y de la tierra consagrándolos profetas, el Dios que -exhausto- se ha convertido en hombre (fragilidad, cansancio, sudor, decisión, riesgo), para definirse pide confianza, pero no una cualquiera.  
El Dios que ha demostrado millones de veces cuánto dolorosamente ama. 
 
Confianza en Él 
Confianza en el Nazareno revelador del Padre, hijo del Dios bendito que ha revolucionado la vida de sus discípulos desvelando el rostro del Padre al  morir en la cruz. 
Confiad al menos como un granito de mostaza, dice el Maestro. 
No lo sabe Habacuc, pero un enésimo choque con una cultura extranjera obligará a Israel a redescubrir sus raíces y volver a ser una señal en el mundo. 
Pablo no lo sabe, pero sus palabras doloridas y ásperas serán tomadas por el Espíritu Santo y nosotros llenáis de Dios de tal modo así que, hoy, leemos la Palabra de Dios en los labios agrietados de Pablo el desmoralizado e inquieto apóstol. 
Piedro, Juan y los otros no lo saben, pero su fe, más pequeña que un granito de mostaza, crecerá y se volverá un inmenso árbol a cuya sombra reposamos nosotros, asustados discípulos del tercer milenio…  también cuando los cristianos bajamos a trozos la credibilidad de la Iglesia.  

Ligereza 
Amigo: abandónate en los brazos de Dios; pero en serio, no por simulación.  Conozco personas que -con el agua al cuello- ponen a prueba a Dios.  Se fían de palabra pero no se apartan de la ribera para vadear el ancho río, o el ancho mar.
A veces nuestra vida es inquieta y está llena de dudas pero no nos despegamos de ello, invocamos Dios, sin dejarle la posibilidad de actuar y de salvarnos; invocamos Dios, sí, pero explicándole lo que tiene que hacer.  
¿Quieres ser discípulo? Pon tu vida y tu voluntad en las manos del Maestro: de verdad, en serio. Pero ¡ojo! que normalmente Dios escucha, a menudo,  de manera tan explosiva que te dan ganas de reír.  
El único riesgo serio de la oración es que Dios nos escucha. La única contraindicación del abandonarse en Dios es que luego corres el riesgo peligrosamente de ser santo. 
Segunda provocación: somos siervos inútiles. Es decir, el mundo ya está salvado, no tenemos que salvarlo nosotros.  
A nosotros se nos pide vivir como salvados, a mirar más allá, más allá y adentro. A nosotros Jesús nos pide vivir como personas de fe, a caminar en nuestro camino con un corazón compasivo y preñado de paz, fecundo y acogedor. Sin rigideces, con ligereza. 
Para el resto dejemos a Dios hacer su oficio.