Traducir

Buscar este blog

domingo, 27 de octubre de 2013

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera lectura: Eclo. 35, 12-14.16-18
Salmo responsorial: Salmo 33
Segunda lectura: 2 Tim. 4,6-8.16-18
Evangelio: Lc. 18, 9-14
 
Sobrevivir en la fe, en estos frágiles tiempos, pide de nosotros una constancia y una determinación digna de un mártir. Los ritmos de la vida, los continuos tirones que nos alejan de la visión evangélica, en concreto un cada vez mayor y sutil desaliento, nos impide vivir con serenidad nuestro discipulado cristiano.  
Un cristiano adulto con familia, si logra desembarazarse de la organización de la vida cotidiana (trabajo, escuela, gastos…) difícilmente logra organizarse una vida interior que vaya más allá de la Misa dominical. Y eso cuando le encaja bien.  
Pero si no logramos cada día encontrar un espacio, aunque sea pequeño, de oración e interioridad, no lograremos conservar la fe. 
 
La oración cristiana 
La oración es una cuestión de fe: es creer que el Dios que invocamos no es una especie de sumo organizador del universo que, si lo corrompemos, hasta podría concedernos lo que le pedimos. Dios no es un poderoso al que tenemos que halagar, un juez corrupto al que tengamos que convencer, no es un subsecretario al que pedimos recomendaciones, sino un padre que sabe lo que necesitamos. 
Si nuestra oración fracasa -parece que nos dice Jesús- es por falta de insistencia.  O por falta de fe.  
Hoy, con la ácida parábola del publicano y el fariseo, se nos sugiere otra pista de reflexión. 

 
El fariseo y el estorbo del corazón 
Los fariseos eran devotos de la ley, trataban de contrarrestar el relajamiento general del pueblo de Israel, observando escrupulosamente cada norma de la ley de Dios, por pequeña que fuera. La lista de prácticas que el fariseo hace ante Dios es correcta: ¡el fariseo, celosamente, paga el diezmo de sus ingresos, no solamente, como todos, del sueldo, sino incluso de las hierbas de infusión y de las especias de cocina! 
Todo buen cura querría tener, entre sus feligreses, al menos un fariseo: ¡con el diezmo del sueldo llenaría de prisa la caja parroquial! ¿Cuál es, entonces el problema del fariseo? 
Es sencillo, nos dice Jesús, el fariseo está tan lleno de su nueva y brillante identidad espiritual, tan consciente de su bondad, tan lleno de su ego espiritual (el más difícil de superar), que Dios no sabe por dónde meterse: no hay sitio para Dios en el corazón del fariseo. 
Peor aún: ¡en lugar de enfrentarse con el proyecto, espléndido, que Dios tiene sobre cada uno de nosotros, y sobre él, se enfrenta con quien lo hace peor, con aquel publicano, allí en el fondo, que no debería permitirse ni siquiera entrar en la iglesia! 
Éste es el núcleo de la cuestión: ¡es necesario ponernos en serio –en serio- a la búsqueda de Dios. Deseamos intensamente conocerlo, convertirnos en discípulos, pero no logramos crear un espacio interior suficiente para que Él pueda manifestársenos. Con la cabeza y el corazón atascados de preocupaciones, de deseos, de pensamientos… no logramos hacer espacio a Dios dentro de nosotros.  
O bien nos ocurre que, después de una experiencia impactante -que sé yo: un retiro, una peregrinación- sentimos su presencia con fuerza, pero, una vez vueltos a casa, nuestra cabeza se rellena de las preocupaciones de este mundo. 
No es sólo problema de orgullo. Es una complicación de la existencia, de una vida que no logra salir fuera del agujero negro en que se ha metido. 
 
Sugerencias de publicano 
Mirando al publicano, podemos encontrar algunas sugerencias, que tal vez suenen incómodas, pero necesarias, para salir del agujero:
-         Si no logro acotar en mi jornada un cuarto de hora de absoluto relax, de vacío mental, a lo mejor después de una bonita carrerita o un paseo por el parque, si no hago silencio a mi alrededor (apago la tele, desconecto el móvil…).
-         Si no preveo, al menos de vez en cuando, evitar un día en la cola de la autopista para ir a descansar (así sucede normalmente), me costará encontrar un lugar en el que Dios se esté. 
Lo sé, hoy resistir cuesta: la jornada está llena de compromisos indispensables para sobrevivir y,  cuando hay hijos pequeños, se complican más las cosas. 
Pero creo que es posible crear cada día una “zona de desierto” en nuestra vida. Si sois parejas, a lo mejor, podéis hacer turnos de atención a los niños, para preservar los micro-espacios de relax interior… No tenemos espacio para la interioridad: éste es el problema. 
 
Vacío 
El publicano, en cambio, tiene de este espacio en cantidad. 
El dinero que ha ganado con deshonestidad, el odio de sus conciudadanos (es un colaboracionista de los romanos), la impresión de haber fracasado en sus opciones, crea un vacío dentro de él, un vacío que sólo Dios sabrá llenar. Consciente de sus límites, los confía a Dios, pide con verdad y dolor, que Dios lo perdone. Y así ocurre. 
Existe un modo, lleno de arrogancia, de vivir y de ser discípulos, con un ego desmedido, lleno de certezas para echar en cara a los otros, basta con ver el nivel de choque político e ideológico que vivimos, 
Existe un modo de vivir y de ser discípulos lleno de búsqueda y de humildad, con ganas de escuchar y de entender, de seguir buscando, incluso aunque ya se haya encontrado al Dios. 
El Evangelio de hoy nos exhorta a dejar un poco de espacio a Dios, a no presumir, a no ser pretenciosos, a no perder el tiempo enumerando nuestras virtudes.  
Circunstancias históricas y corrientes triunfalistas alejadas del evangelio nos han hecho a los católicos especialmente proclives a la tentación farisaica. Por eso, hemos de leer la parábola cada uno en actitud autocrítica: ¿Por qué nos creemos mejores que los agnósticos? ¿Por qué nos sentimos más cerca de Dios que los no practicantes? ¿Qué hay en el fondo de ciertas oraciones por la conversión de los pecadores? ¿Qué es reparar los pecados de los demás sin vivir convirtiéndonos a Dios?
Recientemente, ante la pregunta de un periodista, el Papa Francisco hizo esta afirmación: “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?”. Sus palabras han sorprendido a casi todos. Al parecer, nadie se esperaba una respuesta tan sencilla y evangélica de un Papa católico. Sin embargo, esa es la actitud de quien vive en verdad ante Dios.
Estamos todos desnudos ante Dios, todos somos mendigos, todos pecadores. No podemos juzgar, si no es desde el límite, si no es desde el último puesto en el que el Hijo de Dios ha querido habitar.  
Una vez más, Dios nos pide a cada uno de nosotros autenticidad, capacidad de presentarnos ante Él sin papeles, sin máscaras, sin paranoias. 
Dios no necesita buenas personas que se presentan ante él para conseguir una palmadita consoladora en el hombro, sino hijos e hijas que quieren estar con el padre, en una absoluta y, a veces, dramática autenticidad. 
Ésta es la condición para conseguir, como el publicano, la conversión del corazón. Que el Señor nos la conceda a todos. Así sea.