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domingo, 11 de diciembre de 2016

DOMINGO 3º DE ADVIENTO (Ciclo A)

“Alegraos, siempre en el Señor; os lo repito, estad alegres.
El Señor está cerca." (Flp 4, 4-5)


Primera Lectura: Is 35,1-6a. 8a. 10
Salmo Responsorial: Salmo 145
Segunda Lectura: Sant 5, 7-10
Evangelio: Mt 11, 2-11

Podemos celebrar un montón de navidades sin que Dios nazca jamás en nuestros corazones. Por eso necesitamos preparamos en la celebración de este breve tiempo de Adviento.
Estamos aquí, en este domingo, para ser arrancados del torbellino de la cotidianidad, para hacer como María y vivir en la escucha, para reconocer a los muchos profetas que están a nuestro alrededor y nos señalan a Cristo.
La fingida Navidad que se recorre en nuestras fiestas muestra su vaciedad: las iluminaciones adornan la ciudad, los escaparates se llenan de seductores (y a menudo inasequibles) regalos, el Niño Jesús está ya definitivamente olvidado en nombre de una equivocada visión de lo que significa el respeto a las otras creencias.
No es raro encontrar, en las revistas de estas fechas, páginas que explican los símbolos de la Navidad: la razón de la fecha, el árbol, los regalos. ¡Pero casi nunca se menciona a Jesús, el de Nazaret, que es precisamente el que nace!
En contrapartida, el ambiente está pesado. La crisis continúa, a pesar de los buenos deseos, y sigue sin ofrecer perspectivas fiables; las jugadas políticas y diplomáticas siguen llenas de palabras mientras hermanos nuestros que quieren alcanzar “la tierra prometida del desarrollo”, siguen muriendo en el Mediterráneo, o acuchillados por las “concertinas” en las alambradas del norte de África; el escenario político es inquietante, la mayor parte de la gente hace pactos familiares pidiendo que no se hagan regalos para no tener que corresponderlos y así no tener que tirar por la ventana la preciosa paga extra.
¿Después de dos mil años de nacimientos, no tenéis la impresión de que poco o nada ha cambiado? Dios ha venido, vale, ¿y qué…?




Los fuertes siguen haciéndose los prepotentes, la lógica del egoísmo prevalece, a veces también en la Iglesia, las miserias abundan, frente al radiante futuro de la humanidad: los fríos números de la estadística dan que cada día mueren 8.500 niños de hambre… y, a veces, se hacen cálculos y se dice, para tranquilizar, que son 2.000 menos que el año pasado. ¡Vaya… así ya me siento mucho mejor!

Un Profeta lleno de dudas
El Juan con el que nos encontramos hoy es bien diferente al exaltado y hosco Bautista de la pasada semana. Juan está en cárcel y sabe que está a punto de ser ejecutado a causa de la sorda rabia de una enfadada e histérica mujer fatal, y de la debilidad de un rey fantoche. Juan ha vivido toda su provocativa vida sólo para preparar el camino al Mesías, él lo reconoció escondido entre la muchedumbre de los penitentes que llegaban a bautizarse, lo acogió, y quedó asombrado y trastornado por la actitud humilde y escondida del Salvador del mundo.
Pero ahora Juan está perplejo y dudoso. Las noticias que le llegan de sus discípulos lo dejan consternado: el Mesías no está siguiendo su mismo camino, no incita con vehemencia a la gente, parece que ha asumido un perfil bajo, mediocre.
Juan - ¿recordáis? - amenazaba con la venganza de Dios, con el fuego devorante. Jesús, en cambio, propone el perdón incondicional de las culpas, no amenaza ni actúa con venganza, dice que quiere prender fuego, cierto, pero a partir del amor, nunca desde el temor.
Es muy diferente este Mesías del mesías que esperaban Juan y el pueblo de Israel, demasiado diferente. Muy diferente del Dios que nosotros quisiéramos…

Un Dios diferente
Dios siempre nos descoloca, siempre se muestra radicalmente diferente de como lo imaginamos.
También las personas que, como Juan, viven el radicalidad de la fe, corren el riesgo de construirse un Dios a su propia imagen y semejanza. La llegada de Dios que Juan y nosotros esperamos y deseamos, es una llegada evidente, un irrumpir en la historia con estruendo ensordecedor y escuadrones de ángeles triunfantes.
Jesús, en cambio, nos desvela el rostro de un Dios oculto, evidente, sí, pero no convencional, lleno de ternura y sensibilidad. ¡Estamos acostumbrados, como Juan Bautista, a dividir el mundo en buenos y malos, los buenos (a menudo pensamos que somos nosotros) para salvarlos y los malos para castigarlos, y así poner orden en el patente desequilibrio de este mundo, que premia a los arrogantes y apalea los justos!
Jesús, en cambio, nos descoloca revelándonos que Dios divide el mundo entre los que aman, o intentan amar, o al menos se dejan amar…, y los que no.
El amor es una posibilidad inmensa, lo único que nos une a todos. No nos salvan los resultados, ni los esfuerzos, ni las buenas acciones, sino la voluntad de amar en la fragilidad de lo que somos o de lo que quisiéramos ser. Sólo el amor salva.
¿Estáis seguros de Dios? Coged el Evangelio y pedid en la oración al Señor, que os guíe siempre en el camino de la autenticidad.
¿Estáis llenos de dudas? No os preocupéis, también el Bautista, el más grande de los hombres, él último de los profetas, estuvo atacado por las dudas.

Id a decirle a Juan
Jesús, obviamente, no da una respuesta a los discípulos del Bautista.
La fe no es evidente, Dios no es el resultado de un razonamiento científico, no hay “pruebas” de la fe; sin ofender por ello a esos simpáticos escépticos que hacen radiografías y dicen jocosamente no encontrar ni rastro del alma en ellas...
Pero tenemos datos, indicios, sólo débiles indicios, que dejan intacta la ambigüedad de la señal. No es Dios el que tiene que demostrar algo, soy yo el que tengo que cambiar de perspectiva y darme cuenta de su presencia.
Jesús enumera las señales mesiánicas profetizadas por Isaías (curar, sanar, reconciliar) y le dice a su primo: “Mira a tu alrededor, Juan.”
Miremos alrededor y reconozcamos las señales de la presencia de Dios: cuántos amigos han encontrado Dios; gente desesperada que convirtió su corazón; personas desfiguradas por el dolor que han aprendido a perdonar; hermanos cegados por la envidia o por la codicia que se han puesto las pilas y ahora son para los demás alegría y bondad, amor cotidiano, crucificado, entregado.
Mira, Juan, mira las señales de la victoria silenciosa de la llegada del Mesías. Mirad vosotros, hermanos, mirad lo que el Señor hace cada día.
Descubramos esas señales. Yo he visto la fuerza detonante del Evangelio, he visto a personas cambiar, curarse, descubrir nueva vida. En los pliegues de nuestro mundo corrompido e inquieto, existe gente con gestos de total gratuidad, vidas consumadas en el don de sí mismas y en la esperanza, jirones de hermandad en infiernos de soledad y egoísmo. Son muchas las señales del Reino que nos rodean.
También me he encontrado con personas que no se rinden a la desesperación y que combaten por la justicia, padres que ponen de verdad en el centro a la familia y a los hijos, verdaderas personas que son señales de Dios.
¿Cuál es nuestro problema principal? ¿Tal vez una miopía interior que nos impide gozar de la escondida y sutil presencia de Dios? Prepararse a la Navidad significa, entonces, convertir nuestra mirada, percatarnos de que el Reino de Dios avanza, de que está presente ya, de que yo puedo hacerlo presente.
Aprendamos a reconocer las señales de la presencia de Dios, levantemos la mirada de nuestro dolor para darnos cuenta de la salvación que se va realizando día a día en nuestras ahogadas ciudades.

Mira mejor
Nos quedan catorce días para la Navidad, para mirar a otro sitio más allá, para reconocer las señales, y a lo mejor también para convertirnos en señal de esperanza para los muchos, demasiados, - siempre más de la cuenta - que se sienten solos como perros en Navidad.
Catorce días para decir a quién no sabe si hay Dios y si existe, o si es amor o no, y también a quién se pregunta si el Nazareno, en el fondo, no será un gran embaucador, decirles: “Dios existe, mira cómo ha cambiado mi vida, mira cómo el dolor no me ha deslomado, mira qué bonita es la naturaleza en todas sus estaciones, mira cómo sonríe contento tu hijo, mira cuánto te quiero.”


Mirad, mirad bien, mirad mejor a vuestro alrededor y veréis la presencia del Señor que viene siempre. Maranatá, ¡Ven Señor Jesús!