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sábado, 17 de diciembre de 2016

DOMINGO 4º DE ADVIENTO (Ciclo A)

Primera Lectura: Is 7,10-14
Salmo Responsorial: Salmo 23
Segunda Lectura: Rom 1,1-7
Evangelio: Mt 1, 18-24

Acoge la Navidad quien tiene despierta dentro de sí la esperanza de ser acogido por Dios. Profetas como Juan nos invitan a prepararnos a acoger a un Dios que abrasa. Como María, nuestra vida puede convertirse en la puerta de entrada de Dios en el mundo.
No, no estamos aquí para simular que Jesús nace. El Señor ha nacido, ha muerto y ha resucitado. Lo proclamamos Dios y Señor de la Historia. Aunque, como a Juan el Profeta, podemos estar atravesados por la duda más desoladora: ¿eres de verdad tú, Señor, o tenemos que esperar a otro?
Éste es el desafío del Adviento, de este adviento hoy: hacer espacio en nosotros para que la luz de Dios pueda resplandecer con toda su fuerza.
Como le pasó a José, el más desdichado de los santos.

José, el novio desdichado
Lo que os voy a decir puede parecer irreverente, lo sé, pero veréis. En resumidas cuentas, José es un pobre hombre al que Dios le ha soplado la chica. Y hoy, en el último domingo de Adviento, nos viene propuesto como modelo.
Muchos de vosotros, durante esta semana, os habéis podido identificar con Juan, el profeta dubitativo: si “el hombre más grande nacido de mujer” ha tenido dudas, también puede ser que yo las tenga.
Hoy la liturgia se atreve a ir más allá: el patrono de la Iglesia, el padre de Jesús, el novio de María ha sido un hombre que tuvo que cambiar radicalmente su vida, una persona que se encontró con apuros hasta el cuello. Y no salió de ellos jamás.
No está dicho que el encuentro con Dios te allane la vida al son de angelitos danzantes. Y si no, preguntádselo a José.

Noches toledanas
Mateo nos cuenta el nacimiento de Jesús muy concisamente, pero desde el punto de vista de José. Al ser un Evangelio dirigido a los judíos, es esencial hablar del hombre de la casa. El Mesías tenía que venir de la descendencia de David, y José proviene de aquella estirpe. Sólo que él tuvo un recorrido completamente particular respecto de los demás hombres.
María y José se hacen novios, tienen un contrato de boda normal, estipulado  por sus correspondientes padres. María es muy joven, José no lo sabemos.
Si os gusta permanecer fieles a lo que dice el Evangelio, no sabemos mucho de él. Suponemos que sería un chico bueno y honesto del país, nada más.
Pero también podéis suponer, haciendo vuestra una antigua tradición, que José era un viudo que decide acoger consigo a María. Parece un poco forzado, pero ahí está. Yo prefiero quedarme con lo que dice el Evangelio.
Lo que Mateo quiere decirnos es mucho más sencillo: el único que sabía que aquel niño no era suyo fue justamente José.
¿Nos atrevemos a imaginar la noche toledana de un hombre herido en su pundonor? ¿La desesperación, la rabia, el deseo de venganza?
Venganza que tenía al alcance de la mano, porque estaba bendecida por las leyes que, tan a menudo, los hombres atribuyen a Dios: el adulterio estaba castigado por la la lapidación. Una mujer adúltera debía ser apedreada, sin contemplaciones.
José, por ser devoto y respetuoso con la Ley de Dios tendría que matar a su futura esposa. Algunos estudiosos opinan que semejante práctica no estaba ya en boga en aquel tiempo, pero la injuria y la deshonra sí.
Pero José, precisamente por ser devoto y respetuoso con la verdadera Ley de Dios que lleva en el corazón, decide mentir.

Mentiroso piadoso
Le dirá al rabino que ya no quiere casarse con María, que se ha cansado de ella. María volverá triste a casa de los suyos; nadie la querrá más como esposa, pero, al menos, mantendrá a salvo la vida y el honor...
José es justo porque no juzga según las apariencias, porque no blande la Ley de Dios como una porra sobre los demás. Es justo, porque deja que la misericordia prevalezca por encima de la venganza y de su orgullo herido.
José es justo. Tengámoslo en cuenta.

Sueños
La decisión está tomada. Ahora el entra un poco de sueño, mientras que desaparece la última estrella de la noche. El sueño es agitado, confuso. Y José sueña. Sueña con ángeles tranquilizadores, con explicaciones misteriosas, de un hijo que es de Dios pero que tendrá el nombre del carpintero.
A María Dios le pide un cuerpo, a José llevar la cruz de criar a un hijo que no es suyo.
Como tantos padres que tiran del carro, sin hacer pesar sobre la familia una tambaleante situación financiera, tragando sapos y dejando fuera los problemas.
José ahora entiende el sueño, porque ha elegido no seguir el camino del odio que llevaba en el corazón. Así José es libre. Justo y soñador.
Como tantos hombres y mujeres que, en medio del océano de la nada que está ahogando nuestra civilización occidental, todavía se atreven a soñar y esperar. Tengámoslo en cuenta.

Cuenta atrás
Tenía ciertamente proyectos, el bueno de José: un taller más grande, una casa espaciosa, hijos a los que enseñar el uso de la garlopa y el cincel. No tenía grandes pretensiones, este hijo de Israel, sólo el pequeño sueño de vivir con su querida esposa. Pero Dios necesita de su mansedumbre y de su fuerza, será padre de un hijo no suyo, amará a una mujer silenciosamente, como quién acoge en su casa el Absoluto de Dios.
José acepta, se pone aparte, renuncia a su sueño para realizar el sueño de Dios y de la humanidad.
José es el modelo silencioso de quien tiene proyectos y acepta que la vida se los revuelva. Dios necesita personas así. Creyentes así.
A pocos días de la Navidad, José, desde el silencio en que ha quedado, él que es custodio y tutor de la Sagrada Familia, vela sobre nosotros y nos pide que imitemos su grandeza de corazón. Tengámoslo en cuenta.


Acoger el misterio
De ordinario, a los cristianos no se nos ha enseñado a percibir la presencia del misterio de Dios en nuestro interior. Por eso, muchos lo imaginan en algún lugar indefinido y abstracto del Universo. Otros lo buscan adorando a Cristo presente en la eucaristía. Bastantes tratan de escucharlo en la Biblia. Para otros, el mejor camino es Jesús.

El misterio de Dios tiene, sin duda, sus caminos para hacerse presente en cada vida, teniendo en cuenta el temperamento y la sensibilidad de cada uno. Pero se puede decir que, en la cultura actual, si no lo experimentamos de alguna manera dentro de nosotros, difícilmente lo hallaremos fuera. Por el contrario, si percibimos su presencia en nuestro interior, como José, nos será más fácil rastrear su misterio en nuestro entorno.

Pero en la cultura actual ¿es posible? El secreto está, sobre todo, en saber estar con los ojos cerrados - como José -  y en silencio apacible, acogiendo con corazón sencillo la presencia misteriosa que nos está alentando y sosteniendo. “Acoger” la paz, la vida, el amor, el perdón… que nos llega desde lo más íntimo de nuestro ser.

Es normal que, al adentrarnos en el misterio, nos encontremos con nuestros miedos y preocupaciones – como José -, con nuestras heridas y tristezas, nuestra mediocridad y nuestro pecado. No hemos de inquietarnos, sino permanecer en el silencio. La presencia amistosa de Dios, que está en el fondo más íntimo de nosotros, nos irá apaciguando, liberando y sanando.


En esta sociedad secular (decía K. Rahner) “esta experiencia del corazón es la única con la que se puede comprender el mensaje de fe de la Navidad: Dios se ha hecho hombre”. El misterio último de la vida es un misterio de bondad, de perdón y salvación, que está con nosotros: dentro de todos y cada uno de nosotros. Si lo acogemos en silencio, conoceremos la alegría de la Navidad. Es lo que os deseo de todo corazón.