Traducir

Buscar este blog

jueves, 7 de diciembre de 2017

INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA (8 de diciembre)


Primera Lectura: Gen 3,9-15.20
Salmo Responsorial: Salmo 97
Segunda Lectura: Ef 1,3-6.11-12
Evangelio: Lc 1, 26-38

          En pleno tiempo de Adviento la Iglesia nos presenta la fiesta litúrgica de la Inmaculada Concepción de María. No se pretende hacer un paréntesis litúrgico, sino más bien contemplar a uno de los personajes clave de este tiempo, que está en el interior de nuestro camino de fe: María, la madre de Jesús.
       Muy pronto las iglesias primitivas entendieron que María desarrolló un papel importante en todo el diseño salvador de Dios y por eso la admiraron con amor, y trataron de imitar sus virtudes. Las pocas referencias a ella que encontramos en los evangelios, nos hacen entender que la figura de María y su presencia animaron sin afanes ni protagonismos la espiritualidad de los primeros cristianos. Lo mismo habría que decir de los cristianos de las generaciones posteriores, de los padres de la Iglesia, y de todos los cristianos que la contemplan a lo largo del tiempo no sólo como la madre del Verbo hecho carne, sino como madre de todos los creyentes. Muchos títulos e invocaciones han sido dados a María durante la historia cristiana. Es obvio que la madre del Salvador hubiera recibido de Dios algunos regalos y algunas gracias, no por justo mérito, sino en virtud del favor y de la gratuidad divina. María emerge de las narraciones de Lucas y de los otros evangelistas como una chica de gran equilibrio, con una experiencia de vida que se parece a la nuestra. Por eso es el modelo de cada cristiano.

            María del Adviento
            En este tiempo de Adviento tenemos la necesidad de despertarnos, porque tenemos el peligro de vivir un poco “dormidos”, fuera de la verdadera vida; todos atareados en encontrar espacios para descansar, olvidando lo esencial. También María, joven creyente, se encuentra en el trajín familiar: el trabajo hogareño de aquel tiempo, las amistades, el tiempo libre.... Y es en este contexto ordinario cuando ocurre lo inaudito: a María se le pide convertirse en la puerta de entrada de Dios en el mundo. ¿Fácil, no? Y si nos hubiera sucedido a nosotros, si Dios nos hubiera dicho: “Oye, necesito que me eches una mano para salvar el mundo”, ¿qué hubiéramos contestado? María titubea, se agobia: ¿cómo es posible todo esto? ¡Pero el ángel le recuerda que no hay que poner obstáculos a Dios porque él sabe lo que hace! Y María cree, confía en el Señor. 
            Uno se queda atónito, incrédulo, asombrado de la sencillez de esta respuesta de María: “¡aquí estoy!” ¡Cuantas consecuencias va a tener esta disponibilidad! ¡Menudo cambio radical va a llevar consigo este “sí” de María! Problemas con su situación familiar, con un prometido que ve a Dios como su competidor en el amor.... Problemas con este niño que tendrá que ser mirado continuamente como un Misterio.... Problemas con este “Maestro” tan ocupado en el anuncio que se olvidará de su familia para abrirse a una familia más amplia.... Sufrimiento al ver a un hijo inocente condenado a muerte.... Es ésta la terrible y sobrecogedora grandeza de la vida cotidiana de quien Dios se hace presente. María se fía, cree en el Dios de lo imposible. 

            En este tiempo de Adviento estamos invitados a contemplar en María la primicia de quien ha encontrado su plena realización en que se cumpla el sueño de Dios, pero sin que esto la eleve a un nivel inalcanzable, sino permaneciendo en la normalidad de la vida. San Pablo dice explícitamente que cada uno de nosotros - gente normal como la rapaza María de Nazaret – hemos “sido elegidos antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados” en la presencia de Dios. El estar revestida de esa presencia desde su concepción no dispensa a María del empeño en corresponder a la gracia. Nosotros también hemos sido concebidos por el Espíritu en nuestro bautismo. Si la ola que empezó a fluir en María ha podido convertirse en un torrente desbordante y benéfico sobre toda la humanidad, ha sido por su incondicional entrega al Espíritu. La potencia de un “aquí estoy” que nos hace a todos colaboradores de Dios, no sólo en tejer nuestra santidad sino también en llevar adelante su designio de salvación para la humanidad entera.

            Llenos de gracia
            Lo que se ha realizado en María, la llena de gracia, espera hoy realizarse en cada uno de nosotros “agraciados”, no como ella en el momento de la concepción, pero sí en nuestro bautismo. Regalo y llamada que nos lanza a la maravillosa aventura de la construcción de nosotros mismos y del mundo según el proyecto de Dios y, por lo tanto, en la dirección del amor.
            El Adviento, de hecho, es un tiempo mariano: el tiempo en el que María ha hecho espacio en su regazo al Redentor del mundo, la que llevó en sí la espera y la esperanza de la humanidad. Celebrar el Adviento significa hacerse mariano, unirse al sí de María, unirse al espacio del nacimiento de Dios y de la plenitud de los tiempos. Así que, si el Adviento es el tiempo que nos compromete a todos en la espera del Señor y en el cumplimiento de la esperanza cristiana, María es la que nos ayuda a esperar, y a esperar de un modo concreto e inmediato.
            Contemplamos a María como santa e inmaculada porque se ha entregado totalmente a Dios. Mirémonos en ella, no para deprimirnos al constatar lo que aún nos separa de la meta, sino para abrirnos a la alegría de un camino luminoso, que nos es dado para recorrer con ella y como ella, en el humilde “aquí estoy” de cada día.
            Gracias, Señor, por el regalo de la inmaculada concepción de María. Un regalo que nos habla de ti, de tu amor sin límites, de tu gracia que nos previene y hace posible lo imposible.
           

            María se nos ha dado como hermana, para aprender de ella a creer en las palabras del Dios de lo imposible. Maranatá, ¡ven Señor Jesús!