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domingo, 29 de diciembre de 2013

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA (Ciclo A)

Primera Lectura: Eclo 3,2-6.12-14
Salmo Responsorial: Salmo 127
Segunda Lectura: Col 3,12-21
Evangelio: Mt 2, 13-15

Fiesta de la familia, proclama la liturgia. Fiesta de la familia concreta, objetiva, real de la que cada uno proviene o que cada uno ha formado o desea formar. En estos tiempos, esta fiesta chirría y nos hace pensar: es casi una provocación que sobrevuela por encima de nuestros líos políticos y sociales al respecto, que infunde vigor y energía a nuestra cotidianidad, que da densidad a nuestra Navidad, socialmente tan aguada.
Qué nos guste o no, la familia está y permanece en el corazón de nuestro recorrido vital, de nuestra educación, a menudo es causa de mucho sufrimiento, de alguna desilusión y, gracias a Dios, causa de inmensa alegría.
Es bonito que Dios haya querido experimentar la experiencia familiar.
Da que pensar que, para hacerlo, haya elegido una familia tan desdichada y complicada.
Asombra que la Iglesia se obstine en proponer esta familia como modelo, en la que la pareja vive en la abstinencia, el hijo es la presencia del Verbo de Dios, y los esposos se ven obligados a escapar a causa de la imprevista notoriedad del recién nacido...
Pero no es en esta diversidad en lo que queremos seguir a María y José, sino en su concreción de pareja que ve la propia vida trastocada por la acción de Dios y del delirio de los hombres; en su capacidad de ponerse en juego, en serio, sin chantajes, sin angustias, para formar parte de un proyecto más grande, el que Dios tiene sobre el mundo.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

NATIVIDAD DEL SEÑOR (25 de diciembre)


Primera Lectura: Is 9,1-3.5-6
Salmo Responsorial: Salmo 95
Segunda Lectura: Tit2,11-14
Evangelio: Lc 2,1-14

Es la enésima noche de frío e insomnio, pasada haciendo turnos para velar el rebaño. Una noche igual a la del día anterior, una noche igual a la de mañana. En medio de la noche: los pastores, que tratan de calentarse en la helada noche de Judea. En sus corazones rabia, resignación, desengaño, como son los sentimientos de los que han gastado todas las energías para sobrevivir.
Pequeñas vidas inútiles, chatarras de la historia, residuos de la humanidad. Los había entonces y los hay también hoy, cada vez más numerosos.
Hombres y mujeres de vida anónima, gris, inútil, que se han rendido ante un mundo competitivo, otros que ni siquiera han empezado a combatir, sabiéndose perdedores. Los sueños se acaban, si nunca se ha tenido el ánimo de cultivarlos.
Pienso en los muchos perdedores que he encontrado en mi vida.  Personas que no acabarán nunca en ninguna estadística, en ninguna revista, en ningún show de la televisión. Bastardos de la historia, exactamente como los pastores.

Buenas noticias
Y va el ángel y se aparece a los pastores. No al emperador lleno de soberbia por sus posesiones, no a Herodes que piensa que Dios es un peligro para su propia realización, no a los sacerdotes llenos de sus absolutas convicciones, no a la buena gente de Jerusalén demasiado cogida por las festividades inminentes como para desear realmente la llegada de Dios.

domingo, 8 de diciembre de 2013

DOMINGO II DE ADVIENTO (Ciclo A)

Primera Lectura: Is 11,1-10
Salmo Responsorial: Salmo 71
Segunda Lectura: Rom 15,4-9
Evangelio: Mt 3,1-12

Basta con ver un noticiario para caer en depresión (y no sólo económica): tensas luchas políticas intestinas, la crisis que se resiste a una solución estable, las diplomacias internacionales que hacen lo que pueden quedando siempre mal.
Si hubiera un Bautista en alguna parte –y los hay- todos acudirían a él para buscar un camino de salida, un camino que nos sacase del túnel, que nos diese esperanza.
Como el Papa Francisco que la semana pasada ha publicado su Exhortación Apostólica “La alegría el Evangelio”: una bocanada de esperanza y alegría para los miembros de una Iglesia amedrentada y triste. Un impulso para salir de un discreto cenáculo a una casa abierta y acogedora.
Sólo un párrafo como muestra: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido!”.
Como lo hacen hoy Isaías, Pablo o Juan Bautista en las lecturas que hemos escuchado.

En espera
Nos preparamos a la Navidad de 2013 para ser acogidos y no abandonados. Acogidos por la desconcertante noticia de un Dios que se hace hombre, de un Dios que arriesga todo convirtiéndose en un niño frágil e inerme.
Muchos cristianos se creen que lo son simplemente porque creen en la llegada a la historia del Señor Jesús;  ¡pero no hace falta ser cristianos para creerlo! Somos cristianos si deseamos, en la sencillez y en la pobreza del deseo, que Cristo nazca en nuestros corazones.
¡Venga, ánimo, los que buscáis a Dios, dejaros hechizar por Cristo, dejaros fascinar por su Palabra, ánimo!

domingo, 1 de diciembre de 2013

DOMINGO I DE ADVIENTO (Ciclo A)

Vigilancia evangélica para sobrevivir al otro nacimiento consumista y comercial


Primera lectura: Is 2,1-5
Salmo responsorial: Salmo 121
Segunda lectura: Rom 13,11-14
Evangelio: Mt 24, 37-44

Hoy, en este primer domingo de Adviento, emprendemos el nuevo año litúrgico, en el que domingo a domingo celebraremos la eucaristía reflexionando sobre las actitudes fundamentales y sobre el sentido de la vida cristiana. El Adviento se nos presenta así como un tiempo de espera del Dios que viene cada día a nuestra vida y que vendrá al final de los tiempos en su segunda venida. Es, por tanto, un tiempo de esperanza activa. No se trata de esperar preguntándonos qué va a pasar, sino más bien preguntándonos qué es lo que tenemos que hacer.
Alrededor nuestro, en cambio, todo es preparación comercial de la Navidad, con infinidad de cosas puestas al servicio de los regalos, del consumismo, de la diversión... Implacable como el tiempo que corre, el principio del Adviento señala la cuenta atrás hacia la tragedia del comercio navideño. Ahora ya sabéis que tenéis que poneros a buscar regalos, a organizar la cena de Navidad con su velada, sacar el abeto ecológico, mientras los buenos comerciantes ya han empezado a exponer todo el instrumental “santaclausístico” por si acaso alguien se olvidara de que en Navidad hay que hacer regalos, a costa del sueldo que no basta para llegar a fin de mes porque, como se sabe, la economía no nos deja.
Esto es ridículo: el Adviento, nacido litúrgicamente para prepararse y esperar la Navidad, para convertir el corazón a la buena noticia de un Dios que viene a comprometerse con nosotros, hoy se ha convertido en el único instrumento posible para resistir y sobrevivir a ese otro nacimiento consumista y comercial.