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domingo, 5 de marzo de 2017

DOMINGO 1º DE CUARESMA (Ciclo A)


Primera Lectura: Gen 2, 7-9;  3, 1-7
Salmo Responsorial: Salmo 50
Segunda Lectura: Rom 5, 12-19
Evangelio: Mt 4, 1-11


Ha llegado la Cuaresma y tomar en serio la Cuaresma significa correr el riesgo real de la conversión: de cambiar la ruta y meternos de lleno en el camino de Jesús.
La escena de “las tentaciones de Jesús” es un relato que no hemos de interpretar a la ligera. Las tentaciones que se nos describen no son propiamente de orden moral. El relato nos está advirtiendo de que podemos arruinar nuestra vida, si nos desviamos del camino que sigue Jesús.
Cómo Jesús, estamos invitados a hacer desierto en nuestras vidas y en nuestras ciudades, a recortar algún espacio vital para prepararnos a la Pascua, a estar atentos en averiguar cuál es nuestro estado de salud espiritual. Como los atletas que se preparan a la competición, también nosotros estamos invitados a hacer ascesis, entrenamiento, para hacer posible que nuestra alma nos alcance.
Es tiempo de quitar las máscaras. Las de carnaval, ciertamente, pero, mucho más, las que no logramos quitarnos en la vida real. Ni siquiera delante de Dios.

Polvo
Quien haya podido, el miércoles, habrá asistido al antiguo rito de la imposición de la ceniza. Una celebración sobria, en la que el celebrante, trazándonos sobre la frente una señal de cruz con la ceniza, nos ha invitado a la conversión, nos ha recordado que, en el fondo, sólo somos polvo.
Polvo sin vida, si Dios no insufla su Palabra.
Polvo inútil, si no estamos llenos de esperanza y de sueños.
Polvo que Dios llena de inmortalidad.

Ojalá nos recordáramos de ello, cuando gastamos el tiempo en litigar por tantas cosas vanas, cuando las reuniones de diversa índole se transforman en una riña verbal, cuando vemos a las “estrellas” de la televisión meterse codazos y envilecerse unas contra otras para conseguir un poco de atención.
Ojalá nos recordáramos de ello, cuando perdemos el sueño por un proyecto que no sale, por un reproche del jefe, por un par de kilos de sobra.
Sólo somos polvo.

En el desierto
Curiosamente, Jesús inicia su actividad pública...  huyendo de ella.
Va al desierto para orar, para estar con el Padre y para ayunar. Cómo Israel en el desierto del Sinaí, cuando el Dios solidario compartió el sufrimiento del pueblo que no encontraba alivio.
A veces hace falta tener el valor de largarse… para poder encontrarse con uno mismo.
Jesús quiere decidir cómo va a ser Mesías, cómo va a estructurar su ministerio. Jesús es Dios, cierto, y tiene un conocimiento absoluto acerca de a las cosas de Dios, porque él es el hijo de Dios. Pero no quiere privilegios respecto de las cosas humanas. También él tiene que planear, decidir, programar. Y su elección da verdaderos escalofríos.
Mateo, en la narración que leemos este año, amplía la otra más resumida de Marcos y cuenta detalladamente las tres tentaciones que Jesús tiene que afrontar a cuenta de la Palabra de Dios.
 Como en las disputas entre los rabinos, también Jesús argumenta con el diablo. Conoce la Palabra de Dios, el Señor. Pero el diablo también la conoce.
Nosotros, en cambio, a veces ni siquiera sufrimos tentaciones porque hacemos el mal por nosotros mismos, solos, ignorantes de la Palabra que nos salva. Pensamos que las tentaciones son para los santos, no para nosotros, discípulos mediocres de Jesucristo.
Jesús tiene delante de si tres mesianismos: un histórico, ligado a la restauración del reino de David. El Reino del pan, de la política, de la teocracia;  otro ligado a los milagros, a lo extraordinario, mágico y fantasioso, a los acontecimientos imposibles; y uno más referido al compromiso con el poder, como han sabido hacer muy bien  los sacerdotes de Jerusalén con los romanos, o nuestra cristiana Europa con los mercados, girados hacia el poder por la cuenta que les trae, aunque sea a costa de perder los valores transcendentales.
Jesús rechaza las tres propuestas del maligno:
- no propondrá una revolución política, sino la conversión del corazón;
- no asombrará a las personas con magias fantásticas, sino que tratará de convencerlas con la Palabra de Dios;
- será honesto con el poder, también con el religioso, pero denunciando los abusos con verdad.

Iluso
Pobre Jesús. Su mesianismo es frágil. Bonito pero frágil. Quizás Dios es demasiado optimista respecto a nosotros seres humanos, quizás piensa que somos mejores de lo que, en realidad, somos.
Se lo recordará de nuevo el maligno enemigo cuando, en Getsemaní, vuelva a tentarle con la idea de que su misión ha sufrido una quiebra clamorosa. ¿La predicación de Jesús apasionada, amigable, compasiva, adulta, habrá sido inútil? Tal vez… De nuevo se hace presente la tentación!

Javier
Estamos celebrando la Novena de la Gracia, en honor de San Francisco Javier. El gran misionero, loco por el amor de Cristo y seguidor suyo hasta los confines de la tierra. Tal vez pensemos que el joven e impulsivo Javier fue siempre así. Pero no, él tuvo que replantearse la vida, con tentaciones, como Jesús, como todo cristiano consciente; tuvo que convertirse, en su Cuaresma particular, a lo largo de su vida.
Javier, en su conversión, muere a toda ambición terrena. Cristo suscita en él nuevos deseos a la medida del mundo entero. Su deseo y pasión no cambian, pero es Cristo quien lo consagra a su servicio. Javier vio claro en su interior que, cuando le guiaba su ambición, era él mismo quien construía sus planes, en cambio como apóstol, los planes no son suyos sino del Señor, y esto da alas y una nueva dimensión a su vida, hasta llegar a ser el gran apóstol de las Indias y del Japón, que hoy veneramos.
Javier residió en Goa y sus alrededores durante varios años como Delegado del Papa, reorganizó la catequesis y el sistema de evangelización; tradujo los textos sagrados a lenguas indias; asistía a moribundos, curaba enfermos, visitaba a presos, socorría a pobres, abría escuelas, colegios y dispensarios, bautizaba y catequizaba insistiendo, mostrando a todos el amor de Dios.

¿Y nosotros?
¿Qué personas queremos ser? ¿A qué  Dios queremos celebrar?
No sigamos la onda de las sirenas de los medios de comunicación o de nuestras propias ocurrencias. Dejémonos iluminar en el desierto, como Jesús, para purificar nuestro corazón. Y no busquemos un Dios que nos llena la barriga, o que nos asombra con milagros, o que queda reducido a un garante del orden social.
Ese Dios, al que tantas veces buscamos, no es el Dios de Jesús. Y por eso no lo encontramos…

Buena Cuaresma, a los que buscáis a Dios, y queréis seguir a ese loco por amor que es Cristo.