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sábado, 11 de marzo de 2017

DOMINGO 2º DE CUARESMA (Ciclo A)

Primera Lectura: Gen 12,1-4a
Salmo Responsorial: Salmo 32
Segunda Lectura: 2 Tim 1,8b-10
Evangelio: Mt 17, 1-9

Bienvenidos al monte Tabor.
Apenas hemos dejado el desierto y hemos tomado conciencia de la fuerza seductora de las tentaciones y, enseguida, la liturgia cuaresmal nos lleva a lo alto del monte, para recordarnos a todos donde está la meta, para que huyamos del riesgo, tan difuso entre nosotros católicos viejos, de pensar que la preparación de la Pascua es un sucederse de mortificaciones y de rostros tristes.
Si estamos en el desierto, si nos preguntamos sobre lo que hemos llegado a ser, si dedicamos más tiempo a la oración, si ejercitamos alguna pequeña forma de ayuno, o si aflojamos el bolsillo en alguna limosna, es sólo para alcanzar la belleza de Dios, no para demostrarnos a nosotros mismos y al Altísimo que, al fin y al cabo, somos buenos chicos.
Y sólo Dios sabe de cuanta belleza está necesitado nuestro horrible mundo. Y nosotros también lo sabemos.

Fealdad
Asusta ver por ahí tanta fealdad. Andando por las periferias anónimas y grises de nuestras ciudades nos viene la pregunta de dónde habrán acabado los cromosomas de los grandes artistas; mirando los miserables espectáculos televisivos nos preguntamos dónde acabó la inventiva de los grandes directores de teatro; si miramos por dónde va nuestro gusto artístico creo que Cervantes o Velázquez o El Greco se avergonzarían de su descendencia.
Belleza y bondad son dos hermanas siamesas, y lo que es bonito siempre es bueno y lo que es bueno siempre es algo espléndido que ver.

La tierra de santos como Teresa de Ávila, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Domingo de Guzmán y mil otros, santos geniales en sus intuiciones, en su pasión por Dios y por la gente, que afrontaron los problemas de su tiempo con inteligencia, han dejado el sitio a personas con ideales mezquinos, a egoísmos institucionalizados, a corrupciones infinitas, a mentalidades pequeñitas.
Estamos siendo atropellados por lo horroroso y necesitamos urgentemente algo que sea espléndidamente bello.

Belleza
La belleza de Dios es lo que, desde siempre, atrae a la humanidad, es el atractivo misterioso que emana la divinidad, que asusta a veces, pero que Jesús nos la entrega como la belleza cariñosa y compasiva de un padre, de una madre que quiere a sus hijos.
Es bello Dios. Una belleza a la que se añade la sabiduría, la verdad, la bondad, el resplandor.
¡Si entendiéramos que la belleza no es sólo una cuestión de los cánones estéticos al uso! ¡Si comprendiéramos que no por ser lindas muñecas vivientes, llenas de silicona y botox, ya se es una bella persona! ¡Cuidamos nuestro aspecto exterior más y mejor que el interior! ¡Nos preocupa en exceso vivir de apariencias!
En semejante situación tal vez fuera bueno promover un negocio de belleza global: p.ej: estudio estético y retiro espiritual, peluquería y asociación de voluntariado, masaje relajante y meditación sobre el evangelio.
Porque la belleza, hermanos, o es total o es una pura apariencia destinada a desmoronarse con el paso de los años.

Tabor
En el monte Tabor Pedro, Santiago y Juan ven a Jesús con una mirada nueva. La belleza de Dios los arrolla, por un instante.
Todos nosotros también estamos llamados a experimentar la belleza de Dios, aunque sólo sea por una vez en la vida.
Para conseguirlo tenemos que reservarnos espacios de silencio, dedicar tiempo a ello, ponernos en sintonía con la naturaleza.
Para conseguirlo, como sugiere el Padre, tenemos que escuchar. Escuchar al Hijo, escuchar la Palabra, escucharnos nosotros mismos, escuchar lo que de bello tiene que decir al hombre, a cada persona.
La belleza es experiencia que brota de la escucha. Y la Cuaresma es el tiempo de la escucha.
La mayoría de los aquí presentes hemos pasado ya la mitad de la vida y hemos experimentado vicisitudes de todo tipo. Si todavía somos cristianos, si todavía seguimos buscando, después de haber encontrado al Señor, es únicamente por el atractivo de la belleza de Dios.

Vivir transfigurados
Contemplar la belleza de Cristo en el misterio de la Transfiguración, en su anticipación gloriosa como Resucitado, nos ayuda a entender que una nueva luz se proyecta sobre el camino de la cruz, que es el camino de tantos crucificados de hoy. Ya en este tiempo de preparación para la Pascua hemos de dejar que la luz que proviene de ella, y que ya vivimos con gozo en la celebración de la Eucaristía, se proyecte sobre nosotros e ilumine los pasos arriesgados de nuestro compromiso cristiano en tantos momentos dolorosos de la vida.
La bella luminosidad de Cristo Resucitado se refleja en nuestro interior por la presencia de su Espíritu, y nos ayuda a vencer nuestras tentaciones, dudas y temores. Pero no queda sólo en nuestro interior sino que “la esperanza cristiana confiere una fuerte determinación al compromiso en el campo social, infundiendo confianza en la posibilidad de construir un mundo mejor, sabiendo bien que no puede existir un paraíso perdurable aquí en la tierra” (CDSI 579).
La nueva visión que nos ofrecen hoy la liturgia de la Palabra y la fuerza de la Eucaristía es para proyectarla sobre nuestras personas y sobre cada uno de los acontecimientos que vivimos.

Que la bella luz que irradia Cristo en el Tabor sea para nosotros fuente de confianza, de esperanza y de amor para vivir transfigurados en nuestra vida.