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jueves, 18 de mayo de 2017

DOMINGO 6º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 8, 5 -8. 14-17
Salmo Responsorial: Salmo 65
Segunda Lectura: 1 Pe 3, 15-18
Evangelio: Jn 14, 15-21

Vivimos tiempos difíciles, es inútil negarlo. Difíciles humanamente, difíciles cristianamente. El futuro es denso con nubes oscuras y el riesgo de ver siempre y sólo lo negativo amenaza también con contagiar a los cristianos más virtuosos.
No sé a vosotros, pero a mí el clima de contraposición feroz de ideas y de posicionamientos me produce un intenso malestar. Si se es de aquí o de allá, de derechas o de izquierdas, creyentes o ateos, de un equipo o de otro. Y si uno no se encuentra en esas clasificaciones ¿qué hace? Porque hay muchos cristianos que se encuentran “en tierra de nadie”.
Las noticias aumentan el malestar, para nosotros católicos, cuando leemos comportamientos incomprensibles por parte de quienes deberían conducir el rebaño y que, en cambio, lo oprimen con violencia. Sin embargo aquí estamos todavía meditando un evangelio pascual, de resurrección, de confianza, de alegría y conversión.
Un evangelio que nos indica un camino difícil, pero posible, para preservar la esperanza, para prestar atención a la selva que nos rodea, sin atemorizarnos por el ruido de un árbol que cae.

Socorro
Jesús es claro y, sin embargo, el mundo no lo ve presente, habla de él como de un gran personaje del pasado, como de un simpático profeta que acabó mal, como les ocurre a muchos profetas; pero los discípulos, afirma el Maestro, siguen viéndolo, lo reconocen, lo anuncian, lo escuchan, le piden.
El primer regalo que Jesús promete a los discípulos atemorizados es el Paráclito, es decir el socorrista, el ayudante, el mediador, el valedor, que nos ayuda a recordar las palabras del Maestro, que nos ayuda a ver las cosas de manera completa.
Necesitamos de él urgentemente. Necesitamos que nos ayude a leer, a la luz de la fe, tanto la gran historia como nuestra historia personal. Entonces las cosas que ocurren adquirirán una luz diferente, con un horizonte de referencia más amplio, con una perspectiva de salvación que Dios realiza en la humanidad inquieta.
El socorro que Dios nos envía está en función de nuestra misión: los discípulos que “ven” a Jesús, que perciben su presencia, son invitados a anunciar el nuevo modo de vivir que Dios realiza a través de la comunidad de los salvados, que es la Iglesia.

Felipe
Si esto verdaderamente es así, la dificultad se convierte en una extraordinaria oportunidad, en una ocasión de anuncio, una razón de conversión.
De esto sabe algo Felipe que, a causa de la persecución que se desencadenó contra la primitiva comunidad, tuvo que huir hasta Samaria, la tierra abandonada, la tierra herética, la novia infiel que el propio Jesús buscó seducir y reconquistar. Para Felipe, la fuga se convierte en lugar para el anuncio y la conversión de nuevos discípulos.
Si la Iglesia en occidente, en la actual compleja situación histórica, dejara de quejarse, y recomenzara sencillamente a construir la Iglesia, es decir a anunciar la alegría de Jesucristo, la “alegría del evangelio”, simplificando el propio lenguaje, limando sus propias incoherencias, aligerando su elefánticas estructuras, quizás podría llegar a tener la misma experiencia que hizo Felipe.
Es lo que está haciendo el Papa Francisco. Con gestos y palabras está siendo una llamada al encuentro con Dios en el amor, la alegría, la ternura, el respeto, la acogida… y así tantos alejados están comenzando el camino de vuelta. “Yo no creo, pero con este Papa dan ganas de creer”, decía un taxista al que un amigo mío llamó “el taxista de Emaús”. Si cada uno de nosotros viviésemos en esta onda de Francisco, ¿no seríamos más atractivos anunciadores de la alegría de Jesucristo? ¿O es que preferimos encerrarnos en estériles lamentos de un pasado sin futuro?    
En definitiva es permanecer, a toda costa, fieles al mandamiento del amor que Jesús nos entregó. Sólo el mandamiento del amor, en estos tiempos, será capaz de perforar la espesa coraza anticristiana y neo-clerical que habita nuestra fingida sociedad cristiana.

Dar razón…
Vivir en el amor, no desanimarse y profundizar en la fe, como sugiere Pedro. Nuestro cristianismo occidental oscila entre dos excesos igualmente peligrosos: el regreso a un ambiente de cerrazón y contraposición con el mundo, levantando inútiles barreras respecto a los otros, y el riesgo de ceder a un cristianismo emotivo y populista, que sigue las apariencias y olvida el depósito de la fe. Frente a la cerrazón y al misticismo simplificado y supersticioso, el  Papa Benedicto proponía, como desde siempre propuso la Iglesia, una alianza entre inteligencia y fe, entre conocimiento y espiritualidad.
Sólo con el esfuerzo del estudio, de la comprensión de los textos, de la oración fecunda y motivada, de la búsqueda humilde de la verdad, podemos responder a lo que el hombre contemporáneo espera en su busca de sentido.

Sólo así seremos capaces de dar razón de la esperanza que está en nosotros y a la que nos exhorta el apóstol Pedro.