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sábado, 8 de julio de 2017

DOMINGO 14º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura:  Zac 9, 9-10
Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Rom 8, 9.11-13
Evangelio: Mt 11, 25-30


Resurrección, Pentecostés, Trinidad, Corpus Christi. La sucesión de estas grandes fiestas-memoria, esenciales en nuestro recorrido de fe, nos han conducido hasta el verano.
El mes de julio comienza retomando el evangelio de Mateo, más o menos allí dónde lo habíamos dejado, y nos acompañará en el así llamado tiempo ordinario hasta finales de noviembre. Tendremos así una mejor ocasión de conocer al escriba recaudador, trasformado en discípulo, tendremos ocasión de captar su personal experiencia de seguimiento.
Mateo, un hombre convencido de las opciones que había tomado, rico y temido, dejó todo para seguir al carpintero de Nazaret, dejó su fama y su riqueza para ver a aquel Profeta conmoverse ante la muchedumbre sin futuro, escuchó su autorizada Palabra creyendo, en serio, que Dios se cuida de los pajarillos y cuenta el número de pelos de nuestra cabeza. Mateo vivió la alegría más grande que un hombre puede experimentar en su vida: se convirtió en discípulo del Señor.
Pero atentos: sólo quién tiene un corazón sencillo, sólo quién deja de lado la lógica ilusoria del aparentar y del poder, puede entender esto. Tenemos mucho que cambiar. Dios descoloca los equilibrios y las relaciones entre las personas: no es dichoso quien es rico, quién triunfa, quién se realiza. Es dichoso quién acoge la Palabra. Y, lo que es más chocante, son los pobres los que más y mejor la acogen; por eso son bienaventurados.

Un Dios anárquico
El mismo Jesús queda descolocado por la lógica del Padre, y estalla en un canto de alegría: las cosas del Reino son entendidas por los apaleados de la historia, no porque sean apaleados, sino porque están dispuestos a ponerse en tela de juicio.
Nuestro mundo occidental profesa como dogma intocable el mito del progreso y del bienestar: la economía ha reemplazado a la política y a la ética. Echad un vistazo a los medios de comunicación: para ser tenido en cuenta tienes que aparentar, poseer, poder gastar. Él último teléfono inteligente, la última tableta de datos, la última moda, las cosas más cool y extra-cool. Los jóvenes y adolescentes, víctimas de ese bombardeo mediático, visten todos rigurosamente iguales, esclavos de la marca, sin cuestionarse el problema de qué les reserva el futuro.
El mundo es de los fuertes: de los futbolistas que cobran millones de euros, de las modelos, de los arrogantes, de la gente guapa. El que vence es  siempre el mejor, no cuenta para nada llegar el segundo: el segundo está derrotado. Vencen los más “guay” y, si eres duro y agresivo, si tienes contactos, si tienes ánimo, podrás quizá un día, tal vez, formar parte de los fuertes.

Dios no quiere que venza el mejor y más fuerte, más bien es él quien ha vencido y ha ganado la victoria para todos. Sabe lo que cada uno es, sabe que cada uno es precioso, una pieza única, una obra maestra, un fuera de serie, y no podemos engañarnos creyendo que tenemos que mostrar nuestro valer, batiéndonos toda la vida en conseguir resultados cada vez más altos.
Al leer los periódicos – escritos siempre por los vencedores – oiremos las usuales y lúgubres cantinelas: “Siempre ha sido así”, “vence el más fuerte”, “es el instinto”, “prevalece la selección natural del mejor”.
Pero hay otra Palabra, mucho más acreditada, que se ríe de esta presunción altiva, tan parecida a los edictos altisonantes que aparecen impresos en las estelas de los asirios y babilonios que invadieron Palestina con carros y caballos. Dios dice la última Palabra, Palabra de paz, Palabra que sostiene a los derrotados, a los olvidados de la historia, a los excluidos de las decisiones de los grandes.
En la primera lectura, el profeta anima a la hija de Sión, un barrio de la capital Jerusalén, que había surgido al norte de la ciudad santa y estaba habitado por los fugitivos del norte, que se habían refugiado de la furia de los asirios, en la invasión del año 721. Un barrio pobre de chabolas que, como Zacarías sueña, acoge la llegada de Dios humildemente vestido.
Los pobres y los desheredados son bienaventurados, no por su condición, sino porque el Señor Dios sale de entre ellos para encontrarse con la humanidad.
En cambio, el hombre contemporáneo, engañado por sus delirantes certezas, cree de veras que es el dominador del universo y se somete a un desquiciado estilo de vida, sin preguntarse mucho por la validez de sus opciones.
Dios -  que nos conoce - dice exactamente lo contrario. El único que de verdad ha triunfado, el Señor, el verdadero dominador del Universo, se ríe de nuestras infantiles paranoias, y nos pide vivir en el Espíritu, no en la carne, entrar en otra lógica, la de Dios, la de la interioridad, dónde los resultados se miden por el amor, no en los porcentajes de rendimiento de una empresa.
El propio Jesús, cuando ve realizada esta lógica, queda asombrado, porque su evangelio, su misión es despreciada por los intelectuales y por los advenedizos de turno, y es entendida y acogida, en cambio, por los derrotados de la historia. Los sabios no se han enterado. “Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”  y no a los fariseos, no a los escribas, no a los saduceos, no a la clase sacerdotal sino a  los humildes.
Y Jesús exulta y exalta la lógica del Padre: Dios no premia a los primeros de la clase sino a los que no se esperan nada. Dios no mira a los méritos sino al corazón.

Elogio de la derrota
Jesús se dirige a los derrotados, a los perdedores, a cuantos no tienen nada más que el deseo. Y a tantos otros - la gran parte de la humanidad - que viven momentos de cansancio, que tienen la impresión de haber perdido el tren de la historia y del éxito sin que nadie les dijera a qué hora pasaba.
Jesús pide que vayamos a él, pide que abandonemos las categorías de este frágil mundo y que nos fiemos de él, sólo de él. Ir a él los que estamos cansados, agobiados, oprimidos por todo tipo de yugos.
Jesús ha hecho su elección, ha decidido alinearse con los perdedores, se ha puesto de parte de los derrotados con mansedumbre y realismo, con humildad.  Ha decidido amar.
Aunque yo esté herido o derrotado, aunque sea perdedor, o cojo, o ciego en mi corazón y en mis opciones, puedo amar, al menos un poco. Tal vez mal, o equivocándome, pero puedo amar.
Seremos juzgados sobre el amor. La única moneda que no se deprecia ante los ojos de Dios es el amor. No la devoción, ni el ritualismo, ni la costumbre religiosa, sino el amor.
¿Y tú, amigo, de qué parte eliges de estar, con qué lógica quieres razonar?
Estamos invitados a repetir una y otra vez, a nosotros mismos y al mundo, cuál es la verdadera realidad de las cosas y a vivir en consecuencia: pensar con sencillez, vivir en el Espíritu, estar dispuesto a desenmascarar las falsas seguridades que me proponen y me quieren vender.

No nos desanimemos. Pongámonos de parte de Dios, de parte de los perdedores. Y acojamos la persuasiva Palabra del Dios que dice a cada derrotado de la historia: “Venid a mí todos los cansados y agobiados que yo os aliviaré”.