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domingo, 28 de septiembre de 2014

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

                                                                                      
Primera Lectura: Ez 18, 25-28
Salmo Responsorial: Salmo 24
Segunda Lectura: Flp 2, 1-11
Evangelio: Mt 21, 28-32
                            
El domingo pasado quedamos descolocados por el comportamiento del dueño de la viña, cuando realizaba aquel gesto, en apariencia, injusto.
 Quizás también nosotros, como los deportados en Babilonia que se quejan de tener que expiar la culpa de los padres, la emprendemos con la lógica de Dios. Y Ezequiel, también prisionero de los babilonios, los invita a ellos y a nosotros a asumir una lógica diferente, que es la de Dios.
Hurgando tras la apariencia descubrimos que la presunta justicia de los obreros de la primera hora, en realidad, era una rabia mal calmada que se desahogaba contra los de la última hora, quitándoles lo esencial para vivir.
No hay nada que hacer: si queremos seguir de verdad al Dios de Jesucristo tenemos que convertir continuamente nuestra perspectiva, para ampliar nuestro horizonte y acoger un modo nuevo de ser creyentes. Un modo cuya característica principal y absoluta no es negociable: la autenticidad.
Quien sabe leer el evangelio se queda descolocado al ver que Jesús, antes que el pecado, detesta una actitud muy difusa entre los devotos de ayer y de hoy:  la hipocresía.

Caretas
En estos días de septiembre, en muchos sitios, son días de vendimia. Yo recuerdo, hace ya muchos años, cuando hacía mi noviciado en Villagarcía de Campos, el olor fuerte del mosto que empezaba a fermentar e invadía toda la casa. Los tractores cargados de uva avanzaban cansinamente hacia la bodega donde se elaboraba el vino. Son recuerdos…
El hecho es que hay una relación íntima entre el viñador y la viña, hasta tal punto que, a menudo en la Biblia, la relación entre Dios y el pueblo se expresa con fuertes trazos a partir de la imagen de la viña.
El hecho de que el Señor nos pida ir a trabaja a su viña es el testimonio de la intimidad que Dios quiere entrelazar con nosotros.


En la parábola que hemos escuchado en el Evangelio, el primer hijo contesta enseguida a la llamada del padre. Pero en realidad no va a la viña.
El texto no nos dice si este hijo cambia de idea, o si encuentra a un amigo, o si tiene un contratiempo, o si nunca tuvo ninguna intención de ir, desde el principio.
Su actitud es puramente exterior, la petición del padre no le incomoda, ni siquiera le interpela mínimamente. Como pasa con nuestra fe, demasiado a menudo hecha de exterioridad, de fachada, de rituales y prácticas sin conversión del corazón.
Es cierto que Dios lee los corazones, pero ¡cuántas veces tiene que quedarse desconcertado al ver en nuestras celebraciones manifestaciones de fe mucho más parecidas a la superstición que a la auténtica conversión del corazón!
Y es que Dios no quiere las falsas devociones, detesta la falsedad.

Pecadores
Dios prefiere al hermano que lo niega. ¡Cuántas veces un "no" es la manifestación de un malestar, una velada petición de claridad ante el misterio, un acicate para el diálogo!
Me he encontrado muchas veces con personas que se declaraban ateas, que dijeron "no" a Dios. Pero, desde lo profundo, dialogando, escuchándolas, salió fuera que aquel "no" era otra cosa muy distinta.
No a una fe hecha de hipocresía. No a un Dios incomprensible que se desinteresa del hombre. No a las personas de Iglesia que olvidan la misericordia. No a todas esas cosas.
Sin embargo, una vez puestos ante el rostro de un Dios diferente, para algunos el "no" se convierte en un "sí" inesperado y pleno. Como el segundo hermano de la parábola.

Escozores
La conclusión que Jesús hace en el evangelio nos provoca sarpullido: “las prostitutas y los publicanos os adelantarán en el camino del Reino”.
El rechazo de esta gente era definitivo y dramático, eran personas que habían dicho "no" a una religiosidad reservada a los puros. Pero, ahora, van descubriendo sus certezas ante la persona de Jesús de Nazaret, que habla de Dios sonriendo y acogiendo con amor.
En frente se sitúan los otros, para los devotos y puros: para ellos el que se equivoca tiene que quedar  señalado para toda la vida.
Pero para Dios esto no es así, sino que convierte en testigos y discípulos también a los pecadores públicos. ¡Qué sorpresa! ¡Qué vergüenza! ¡Qué bofetada! … para los que nos creemos justos.
Nosotros, si nos consideramos obreros de la primera hora, hijos queridos por el padre, dejemos que la Palabra nos ponga contra las cuerdas, que convierta nuestros corazones, para que nuestros "sí" sean siempre auténticos.
También nosotros, como el hijo de la parábola, podemos decir: No tengo ganas, Señor. Ser discípulo, trabajar en la viña que es la Iglesia, es pesado y hay momentos en que sentimos que no lo logramos y que no tiene sentido lo que hacemos. Proclamar el Evangelio con la vida es laborioso. Preferimos flotar, muchas veces a la deriva, preferimos vivir como todos… chalaneando.
Pero, pensando en positivo, quizás todavía podemos pasar algún día en la viña del Señor.
Qué el Señor nos empuje a la autenticidad, que nos conceda el don de no quedarnos en las palabras sino, con sencillez y ánimo, nos conceda proclamar el Evangelio con nuestra vida.


Sólo así podremos convertirnos en hijos de ese Dios que continuamente busca al hombre para desvelarle su amor. Que así sea.