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domingo, 5 de octubre de 2014

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

Primera Lectura: Is 5, 1-7
Salmo Responsorial: Salmo79
Segunda Lectura: Flp 4, 6-9
Evangelio: Mt 21, 33-43

      Hoy, de nuevo la viña. Una vez más. En estos días de otoño caliente, de vendimias y de esperanza, de dulce mosto de uva que promete para el año próximo un vino denso y robusto, o aromático y afrutado, escuchamos palabras que nos hablan de viñas.
        En estos días inquietos en que España se manifiesta cicatera y peleona, confusa y frágil en la convivencia, la Palabra de Dios nos cuestiona.
   ¡Cuánta necesidad tenemos de una Palabra que sacuda tantas palabras!
      La liturgia nos habla de un Dios que nos invita a trabajar con él, a construir juntos un mundo diferente, nuevo, dónde la diversidad es regalo y el compartir se convierte en el reflejo de la experiencia de quién, perdonado y apaciguado, se alegra de poder donar, de poder darse.
            El Dios de Jesús devuelve su dignidad al obrero de la última hora, aprecia la autenticidad de quien dice NO para entender las razones de un posible SI. Durante dos domingos la viña ha sido para nosotros la reveladora de la misericordia y de la previsión de Dios.
            En el evangelio de hoy, en cambio, la viña es protagonista de la parábola oscura e irritante del fracaso de Dios.

La viña infructuosa
            Con las últimas lluvias torrenciales, muchos agricultores están con el ceño fruncido. El granizo ha golpeado duramente la cosecha. Algunos viticultores han perdido la cosecha, otros, en cambio, han salvado la vendimia.
            Es la preocupación de quien, después de trabajar durante meses, puede perder las ganancias de un año en un cuarto de hora.
        En Jerusalén, los que frecuentaban el templo, los devotos, escuchaban la predicación del “rabbí” de Galilea. Conocen bien el canto de la viña, del profeta Isaías, lo saben de memoria. ¡Cuántas veces lo comentaron en las sinagogas! El canto de amor apasionado del viñador, Dios, por su viña, Israel. El canto de quien espera mucho, con mucha fatiga, como quien aún saca de la tierra el propio salario y que, en cambio, no recoge más que uvas salvajes.
            Imagen fuerte y poderosa la de la viña. Imagen del esfuerzo que Dios, el dueño de la viña, hace para ayudar la humanidad a florecer, a llevar fruto y a madurar.
            ¡Pero cuántas veces Israel no ha dado rendimiento! ¡Cuántas veces los profetas han visto cómo se rechazaba su invitación a la conversión! ¡Cuántas veces el mundo ignora la presencia de Dios y se encuentra en la boca con el gusto amargo del fracaso!
            Los devotos conocen bien el cántico de la viña. Pero no entienden que Jesús, retomándolo y ampliándolo, está hablando de sí mismo… Y de ellos.

Viñadores homicidas
            El mundo es la espléndida viña que Dios nos confía. No es nuestra propiedad ni el mundo, ni la vida, ni nada. Todo es don y nadie nos debe nada. Sin embargo también nosotros como los viñadores homicidas, vivimos como si todo nos perteneciera. ¡A Dios no le debemos nada, faltaría más!
            Dios sigue mandando a sus siervos los profetas, pero ¿quién los escucha?
            El hombre, cegado por la codicia y la locura, se olvida de que es únicamente un jardinero de la creación.
            Y llegamos al meollo de la parábola: el dueño manda al hijo y los viñadores lo matan.
            Jesús, narrando la parábola, baja la mirada al ver firmado su propio destino en la dureza de quienes lo escuchan. Él ha hablado de un padre, ha enseñado el perdón, ha demolido la insoportable jaula que los devotos habían construido en torno a Dios. Ha sonreído y compartido, ha curado y esperado, ha rogado y llorado con los que sufrían. Nos ha desvelado el verdadero rostro del Padre. El verdadero rostro del hombre que es él mismo, la imagen del Padre y la perfección humana.
            Pero no valió para nada. La humanidad no entendió nada. La misión ha fracasado. Ningún fruto ha llegado por medio de los viñadores, sólo la locura de quien mata a Dios creyendo ocupar su puesto. ¿Queda algo por hacer?
  
Venganza
            El auditorio se excita y vocea: ¡Muerte! ¡Venganza! ¡Sangre! ¡Hay que matar a los viñadores!
            Ya… ¡Qué ingenuos! No se dan cuenta de que Jesús está hablando precisamente de ellos. Y también de nosotros. Una lectura honesta del texto nos obliga a hacernos graves preguntas: ¿Estamos produciendo en nuestros tiempos “los frutos” que Dios espera de su pueblo: justicia para los excluidos, solidaridad, compasión hacia el que sufre, perdón...?
            Dios no tiene por qué bendecir un cristianismo estéril del que no recibe los frutos que espera. No tiene por qué identificarse con nuestra mediocridad, nuestras incoherencias, desviaciones y poca fidelidad. Si no respondemos a sus expectativas, Dios seguirá abriendo caminos nuevos a su proyecto de salvación con otras gentes que produzcan frutos de justicia.
    Nosotros hablamos de “crisis religiosa”, “descristianización”, “abandono de la práctica religiosa”... ¿No estará Dios preparando el camino que haga posible el nacimiento de una Iglesia más fiel al proyecto del reino de Dios? ¿No es necesaria esta crisis para que nazca una Iglesia menos poderosa pero más evangélica, menos numerosa pero más entregada a hacer un mundo más humano? ¿No vendrán nuevas generaciones más fieles a Dios?

            Verdaderamente, no tiene sentido que el dueño de la viña padezca la matanza de su propio hijo. Pero el Señor sólo suspira y mira largamente a los que piden venganza. No, él no hará eso. No habrá ninguna venganza ni sangre ni muerte, a no ser la suya propia.
            Quizás los viñadores, viendo la medida inconmensurable del amor del dueño, viendo su obstinada voluntad de salvación, entenderán y cambiarán. Quizás…

            ¿Y nosotros? ¿Cambiaremos? ¿O nos seguiremos poniendo en el puesto de Dios? Que Él cambie nuestro corazón.