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domingo, 12 de octubre de 2014

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Is 25, 6-10
Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: Flp 4, 12-14.19-20
Evangelio: Mt 22, 1-14

            "Los agnósticos, que a causa de la pregunta sobre Dios no encuentran la paz; las personas que sufren a causa de los pecados y que desearían tener un corazón puro, están más cerca del Reino de Dios de lo que lo que están los fieles rutinarios, que sólo ven en la Iglesia el boato y la ostentación, sin que su corazón sea tocado por la fe."
            Dicha por mí esta afirmación, como comentario al evangelio de los dos hijos, de hace dos domingos, pasaría bastante inadvertida. Dicha por el Papa Benedicto durante la misa conclusiva de su visita a Alemania, hace 3 años, nos deja, de verdad, asombrados y admirados y denota el frescor y el espíritu evangélico del papa-teólogo, hoy emérito.
            Y la liturgia continua hoy en la línea de la contraposición entre quien acoge y quién no al Señor, entre quien vive una vida de fachada, también en la fe, aún hoy, y quién se da cuenta de la suerte inmensa de haber recibido la llamada a trabajar en la viña del Señor o, en este caso, la invitación al banquete nupcial del Hijo de Dios. Hoy, por fin, hablamos de boda.

            Banquete nupcial
            Aunque la fiesta nupcial, en estos tiempos, no provoca mucho entusiasmo. Porque hemos reducido este acontecimiento, espléndido por otra parte, como es la decisión de dos enamorados de entregarse al amor, a la repetición de un cliché mucho más parecido a un plató cinematográfico que a una verdadera fiesta.
            Entiendo que no todos compartirán esta opinión, pero la experiencia marca y son más las bodas fingidas por una forzada alegría que las auténticamente alegres y gozosas. Quizás por una simple incomprensión de base: la fiesta no se puede medir por el número de invitados o por la ostentación del lujo, sino desde el corazón y por la disposición interior de los presentes en aquello que se está celebrando.
            Poneros en la piel de un judío, hace dos mil años: se comía, tal vez, una vez al día y la boda era la ocasión de la vida para salir de una realidad cotidiana muy dura. El rito de la boda contaba con una semana previa de festejos y un banquete regio. El banquete nupcial, en esa situación, convocaba a una fiesta extraordinaria que resultaba la máxima expresión de la alegría terrenal.
            Jesús conocía muy bien cómo disfrutaban los campesinos de Galilea en las bodas que se celebraban en las aldeas. Sin duda, él mismo tomó parte en más de una. ¿Qué experiencia podía haber más gozosa para aquellas gentes que ser invitados a una boda y poder sentarse con los vecinos a compartir juntos un banquete de bodas?
            Y eso es lo dice Jesús en el evangelio escuchado: encontrar Dios es la mayor y mejor fiesta en la que una persona pueda participar.

            Aburrimiento mortal
            Eso es el encuentro con Dios: Una estupenda fiesta de bodas.
            No un deber aburrido. No una obligación. No una penitencia para merecer el Paraíso que, además, es incluso gratuito. No una forzada unión de parientes de la que en ocasiones quisiéramos prescindir. Una espléndida fiesta.

            Pero, ¿a qué hemos reducido la fe, nosotros los cristianos?
            El papa Francisco está preocupado por una predicación que se obsesiona “por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia”. El mayor peligro está según él en que ya “no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener olor a Evangelio”.
            Bastaría esto para meditar hoy. Preguntarnos si nuestra experiencia de fe se parece más a una boda o a un funeral; a una exultante experiencia de la vida de Dios o a una aburrida ideología sin frescura y sin vigor. Si es así, hoy podemos recomenzar la extraordinaria experiencia de ser discípulos del Señor Jesús.

            No, gracias
            La parábola recogida por Mateo mezcla diferentes planos, salta a la vista enseguida, con sus consiguientes inserciones, seguramente tomadas de otros dichos de Jesús.
            La primera parte cuenta el rechazo de los invitados, demasiado ocupados por las cosas de este mundo para pensar en serio en Dios. Mateo, probablemente, se refiere a la parte del pueblo de Israel que no acepta la invitación. Tened en cuenta que el tema de la relación entre Dios e Israel como pacto nupcial está muy presente en la Biblia.
            Pero también podemos actualizar esto muy bien a nosotros. Satisfechos con nuestro bienestar, sordos a lo que no sea nuestros intereses inmediatos, nos parece que ya no necesitamos de Dios; corremos el riesgo de estar demasiado atareados para perder el tiempo en gozos y alegrías. ¿Nos acostumbraremos poco a poco a vivir sin necesidad de alimentar una esperanza última?
            Los tópicos religiosos, insoportablemente duros y fomentados por los católicos demasiado devotos, siguen relegando la fe a unas prácticas precisas y detalladas, pero tan aburridas, que se procura hacer las menos posibles.
            ¿Qué cosa mejor tendremos que hacer hoy, que dejarnos amar por Dios, que acudir a su banquete de bodas?

            Vestidos harapientos
            La inclusión final de Mateo, sobre el invitado echado porque iba vestido de manera inadecuada, está tomada de otro dicho de Jesús. En el contexto parece algo completamente improbable, ya que se había recogido a los invitados de entre los mendigos. En cambio, parece que está dirigida a nosotros discípulos, que nos hemos encontrado sentados a la mesa sin tener derecho a ello, o sin tener la disposición interior adecuada para celebrar la fiesta.
            También nosotros corremos el riesgo de acostumbrarnos a la fiesta, de caer en la rutina de la fe. También nosotros corremos el riesgo de tirar nuestra vida interior por  la ventana, de no vestir el vestido blanco que, desde nuestro bautismo, nos caracteriza como discípulos.
            Dios pone patas arriba las posiciones y los roles sociales: en el Reino no cuenta quién ha tenido éxito, sino quién ha aceptado participar en el banquete, quién confía en Dios. El evangelio expresa una preferencia inquietante por los últimos: como las prostitutas y los publicanos que nos pasan delante, como los parados de la última hora.
            A nosotros, obreros de la primera hora, hijos del dueño de la viña, los aparceros invitados primero, cristianos de largo recorrido, el Señor nos pide estar atentos y no creernos ya salvados.
            Una vez más el Señor nos pide no acomodarnos en nuestra fe, no pensar que hemos adquirido un puesto de privilegio, sino tener siempre un corazón de mendigo, siempre llenos de asombro.

            No cometamos este error enorme. No rechacemos la felicidad a la que el Señor nos invita. Una invitación que, si la aceptamos, exige un cambio del corazón:  la única cosa que Dios no soporta, como ya dijimos, es la hipocresía, la falsedad, vestir un vestido que no nos pertenece.