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domingo, 30 de noviembre de 2014

DOMINGO 1º DE ADVIENTO (Ciclo B)


Primera lectura: Is 63,16b -17.19b; 64, 2-7
Salmo Responsorial: Salmo 79
Segunda lectura: 1 Cor1, 3-9
Evangelio: Mc 13, 33-37

            Volvemos a empezar
Primero domingo de Adviento, este año siguiendo el evangelio de San Marcos. Marcos, el muchacho que siguió a Jesús a Jerusalén, y en cuyas casa se reunieron los discípulos después de la crucifixión. Marcos que siguió a Pablo, más bien a regañadientes, que por eso fue mandado a casa por la excesiva morriña de adolescente y al que encontramos después a lado del apóstol Pedro.
El evangelio de Marcos está escrito, probablemente, en la comunidad de Roma, con un lenguaje escueto y pobre, pero denso de matices.
Y hoy, en su compañía, una vez más, iniciamos el tiempo de preparación a la Navidad.

¿Cuántas veces?
¿Cuantas Navidades hemos preparado y vivido en nuestra agitada vida? Y aún estamos aquí, no para hacer un simulacro del nacimiento de Jesús, porque él nació, vivió, murió y resucitó, sino para dejarlo nacer en nuestra vida una vez más.
Entre su llegada y su retorno estamos tú y yo, estamos nosotros, en este nuestro tiempo. Cada año recorremos la historia de la salvación, cada vez escuchamos los mismos evangelios, volvemos al mismo punto de partida pero, como en una espiral, cada vez a un nivel más profundo. Con esperanza.
Las razones para estar desanimados son muchas;  la crisis económica, las dificultades políticas, el creciente clima de pendencia, la Iglesia que parece estar cansada en revitalizar la fe, esquinada en un rincón con demasiados miedos y alguna incoherencia de sobra.
Nos agotamos y no tenemos mucho que contar. Necesitamos un redentor.

Destierros
El pueblo de Israel estaba desde hacía tiempo en el destierro de Babilonia. El desaliento clamaba al cielo: ¿dónde están todas las promesas dadas a los padres? ¿Dónde está el Dios del que hablaron con pasión? Nadie sabe ya hablar de Dios y el profeta Isaías se atreve a decir: no son los padres de la patria los que salvan al pueblo, sino sólo Dios, el redentor.
Las relaciones dentro del clan, en Israel, eran fortísimas. Si un familiar era reducido a la esclavitud, para pagar las deudas o si era víctima de la guerra, alguno de la familia tenía que rescatarlo, pagando su liberación o, en último caso, sustituyéndolo en su esclavitud. Era el redentor.
Dios promete rescatarnos, sustituirnos, arrancarnos de las mil esclavitudes en las que hemos caído.

Noches
La escueta parábola con la que iniciamos el conocimiento de Marcos nos abre un mundo. Jesús viene a visitarnos en la noche, de manera escondida. Todos podemos hacer la experiencia de encontrarnos con él, pero de una manera distinta de como los discípulos lo conocieron. La noche, entonces, representa el trabajo de la búsqueda, la tensión hacia el ideal, el descubrimiento del mundo de la oración, del mundo interior, de la espiritualidad.
Los rabinos, en sus reflexiones, hablan de cuatro noches: una es en la que Dios creó el mundo, otra en la que llamó a Abraham, la tercera en la que liberó a Israel de la esclavitud de Egipto. La última noche es la del regreso del Mesías.
También nosotros podemos encontrar a Dios en la noche, en el resplandor de la Creación, en la armonía del Cosmos. La naturaleza está en espera de redención como nosotros y debe ser conocida y respetada. Los acontecimientos dramáticos de las catástrofes naturales nos recuerdan cada poco lo frágiles que somos y cómo tenemos que actuar bien para respetar los ritmos de la Creación, sin ceder a la tentación de querer administrar a nuestro agrado el jardín que en ella se nos confía.
Podemos encontrar a Dios como Abraham, regresando al interior de nosotros mismos, poniéndonos en camino para descubrir quiénes somos. También a nosotros nos dice el Dios misterioso, como a Abraham, sal de tu tierra...
Si dedicamos tiempo a nutrir nuestra interioridad nos hacemos capaces de vislumbrar la presencia de Dios hasta en la vida cotidiana. Podemos encontrar al Señor en los acontecimientos de liberación, cuando, en el camino de conversión, nos descubrimos capaces de no ser víctimas de nuestros miedos, de nuestras incoherencias y de nuestras fragilidades. Algunos, después de una fuerte experiencia interior, abren su corazón a la belleza de Dios y se convierten, percibiendo un sentido de liberación del miedo y del dolor, del pecado y de la tiniebla. Es el principio de un camino que, atravesando el desierto, nos lleva al monte de la alianza.

Velar
Estamos aquí para darnos un mes de despertador interior, para hacer nacer, más y más, a Dios en nosotros.
Ya ha nacido, obvio, de otro modo no estaríais aquí escuchando las palabras del evangelio.
Ya ha nacido, obvio, si habéis decidido rebelaros contra una fe exterior y tibia.
Ya ha nacido, obvio, si habéis decidido poneros a la busca de Dios.
Lo que podemos hacer es estar despiertos, no dejarnos atropellar por la locura cotidiana de la vida, rebelarnos contra el pensamiento dominante para vivir conforme a nuestra interioridad de buscadores de Dios.
Adviento. Comienza el tiempo de la resistencia, de la interioridad, de la oración y de la esperanza.
Si Dios se hace hombre, es que todavía no se ha cansado de nosotros.
Si Dios se hace hombre, es que el hombre puede aprender de Él a convertirse en un hombre perfecto.
¡Si Dios se hace hombre, la vida merece la pena, y tiene que ser espléndida! ¡Ojalá lo entendamos!

Venga, hagámoslo bien este año, sigamos en serio la provocación que nos hace la Palabra de Dios. Esperamos que Él nos ayude.