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domingo, 14 de diciembre de 2014

DOMINGO 3º DE ADVIENTO (Ciclo B)

¡Alegraos, que ya viene el Salvador! 

Primera lectura: Is 61, 1-2a.10-11
Salmo Responsorial: Lc 1, 46 -50.53-54
Segunda lectura: 1 Tes 5, 16-24
Evangelio: Jn 1, 6 -8. 19-28

La crisis económica y de valores que está sufriendo el mundo occidental está produciendo unas Navidades de perfil bajo, casi de trámite. “Porque toca”. ¡Ojalá fuera al contrario!
Es una crisis compleja y articulada que está arrollando al mundo, pero siempre y en todo caso es algo que hemos producido nosotros, por nuestro egoísmo y nuestra avaricia. Es una situación que nos hace frágiles e inseguros. La fiesta de Navidad se ha convertido en la cumbre de las compras y regalos, pero desde hace años tenemos que echar cuentas porque ahora tenemos más bienes que consideramos de primera necesidad pero no tenemos medios para ello y tenemos que actuar en todo con mayor prudencia.
¡Qué actuales resuenan, en esta situación, las invitaciones a la confianza y a la alegría que nos presenta este tercer domingo de Adviento!
El mundo nos muestra ampliamente sus límites, las falsas promesas de un bienestar difuso y un crecimiento global que tiene que vérselas con con la dura realidad: todo proyecto, incluso el más virtuoso y devoto, se enfrenta con el egoísmo humano, con los pocos que, siendo ya ricos, son arrollados por el ansia del poder y de la riqueza, empobreciendo los demás.
Es verdad que tenemos que encontrar soluciones comunes y compartidas, pero tenemos que fijarnos ante todo con autenticidad en la naturaleza humana y en sus límites. Sólo una mirada que sepa ir más allá, que ponga la atención en otro lugar podrá construir un mundo diferente.
Permanecer en la alegría significa hacer una elección del campo en el que nos jugamos la vida: alinearse con la esperanza o con el desastre.
Alegrarse no es sólo una emoción sino un gesto de voluntad. Uno puede alegrarse también en la dificultad. Como hicieron los desterrados de Jerusalén.

Retorno
¿Recordáis la primera lectura de domingo pasado? Cuando un nuevo escritor continúa la escritura del libro de Isaías, aquella profecía ya se ha realizado: ahora son los persas los que dominan la escena política:  los babilonios son derrotados y los judíos son liberados, después de setenta años de deportación. El regreso a casa es difícil y lleno de peligros, pero lo peor es que en Jerusalén ya nadie se acuerda de ellos. Los deportados son confinados en las afueras de la ciudad, sobre la altura de Sión, sus tierras ya están siendo cultivadas por otros, judíos sin escrúpulos aprovechan la crisis financiera del momento (!) para prestar con intereses de usura y una inesperada carestía lleva a los umbrales de la muerte a los recién liberados. Supervivientes de la esclavitud, ahora están amenazados de morir de privaciones en la ciudad que los ha olvidado. E Isaías, en este caso el llamado tercer Isaías, profetiza e invita a todos a la alegría.

“En el dolor la verdad se hace más clara”, escribe el visionario Dostoievski, y esto, a veces, es verdad. Para permanecer en la alegría hace falta fe, hace falta una perspectiva diferente.
Si la alegría me viene de la emoción por realizar un sueño, de poseer algo deseado desde hace tiempo,  esa alegría es frágil y cualquier obstáculo puede destruirla. Si mi alegría está puesta en Dios, como son invitados a hacer los deportados de Jerusalén, puedo cultivar una esperanza para siempre y en cualquier circunstancia.

Oración
La alegría que viene de otros sitio me permite vivir el dolor presente con la confianza que nace de la oración, como afirma Pablo escribiendo a los tesalonicenses. Una oración que no es la insistente solicitud de resolución de los problemas sino el abandono confiado en quien puede darme la fuerza para afrontar toda oscuridad y todo dolor.
Es posible prepararse a la verdadera Navidad a pesar de la gran fatiga que estamos experimentando. Es posible vivir con una alegría que nace de la fe y que es alimentada, en el Espíritu, por la oración.
Cristo nace en nuestros corazones, si así lo deseamos. Encontrémoslo velando sobre nosotros mismos, dejando que la interioridad retome su espacio en nuestras vidas arrolladas por las preocupaciones.
Pero hay una condición, simple pero condición: para poder acoger Dios que nace, tenemos que caminar hacia la autenticidad.

¿Quién eres?
Juan recibe la visita de los enviados del Sanedrín que se preguntan por este extraño personaje que no se asusta ni siquiera ante las autoridades religiosas, que no enfatiza su papel, que tira de frente por su accidentado camino.
"¿Quién eres?", preguntan los que detentan el poder. Juan lo tiene claro:  él no es el Cristo.
Podría pensarlo, pues otros lo piensan de él, necesitados como estamos de Cristo. Podría aprovecharse de ello, ceder a la más disimulada de las tentaciones, la del delirio de omnipotencia. No, dice Juan, él no se hace pasar por Dios. También él como los penitentes, está desesperadamente en búsqueda.
Juan nos amonesta: sólo reconociendo el propio límite, que es oportunidad y no mortificación, podemos llegar a ser libres para acoger al Dios frágil que nace. Sólo reconociendo que no están en nosotros todas las respuestas, podemos ponernos en búsqueda. Sólo entrando en la profundidad de nosotros mismos podemos encontrar nuestra verdadera identidad en Dios.

Voz
"¿Quién eres, entonces?” ¿Quiénes somos, entonces?
La lógica mundana dice: eres lo que produces, eres lo que apareces, eres lo que rentable que sea, eres lo que controlas, eres lo que cuentas, eres lo que gritas. Juan sabe que no es así, que esa lógica es ilusoria y engañosa, que, nunca, somos lo que tenemos o lo que hacemos.
Juan pensó y entendió. La espera agitada de un mesías ha creado dentro de él un espacio en donde sabrá reconocerlo y reconocerse.
"¿Quién eres, entonces?." ¿Un místico? ¿Un provocador? ¿Un gurú? No, él es voz.
Voz, voz prestada a una Palabra, voz que amplifica una idea que no es suya; voz, que hace retumbar una intuición de la que él es deudor.
Siempre nos imaginamos que somos adultos, que realizamos o escribimos cosas memorables, para permanecer en la historia o, por lo menos en la pequeña historia de las personas que queremos.
Dios nos desvela lo que somos en profundidad. ¿Y tú qué eres? ¿Qué dices de ti mismo? Quizás seas paciencia o espera, o sonrisa, o perdón o sueño o inquietud.
Contrariamente a la falsa idea de un catolicismo que mortifica y castra las ambiciones de las personas ("Si existe Dios yo estoy fastidiado", piensa Herodes), contrariamente a eso, el Evangelio nos desvela un Dios que nos ayuda a reconocer la verdad de nosotros mismos.

Confiemos y alegrémonos en el Señor que viene y nos muestra lo mejor de nosotros mismos. ¡Ven Señor Jesús!