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domingo, 27 de abril de 2014

DOMINGO SEGUNDO DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch2,42-47
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: 1 Pe 1,3-9
Evangelio: Jn 20, 19-31

Las mujeres habían ido al sepulcro cuando todavía era de noche (Jn. 20,1), se habían levantado pronto, antes que los otros, no habían pegado ojo aquella noche, el sueño no les había descansado. Se sentían impotentes, agitadas, sacudidas en lo más profundo de ellas mismas. Todo se había desarrollado tan de prisa, de un modo tan dramático que no sabían qué pensar.
Luego, el sentido femenino de la realidad y de lo concreto les espabiló de sus tinieblas y se organizaron para subir a la tumba de Jesús, para hacer lo que dos días antes, a causa de la víspera de la Pascua, les era prohibido: lavar el cadáver, limpiarlo de la orgía de sangre y humores, de las  tumefacciones y de edemas que habían desfigurado el rostro y ofendido el cuerpo de su Maestro y Señor.
Pero cuando llegaron no encontraron a nadie. Algunos evangelistas hablan de ángeles que las alentaban, que las invitaban a ir más allá, a superar lo que parecía obvio.
Las mujeres abandonaron de prisa el sepulcro y corrieron hacia los doce (Mt. 28, 8) para decirles lo que ha sucedido. Para anunciar que Jesús está vivo, tuvieron que abandonar de prisa el sepulcro, han tenido que superar su dolor, la conciencia del propio límite, la dureza de la violencia que no perdona a los discípulos.

Sepulcros
Pero, ¿es posible abandonar los sepulcros? ¿Lograr, de algún modo, dar cuerpo a la esperanza que nos trae el anuncio de Jesús resucitado?
¿Qué sepulcro tenemos que abandonar de prisa? ¿Qué dolor tenemos dejar de venerar? ¿Qué tumba tenemos que dejar atrás?

DISCURSO DE LA LUNA - JUAN XXIII

Mi persona no cuenta nada;
es un hermano que os habla.


Hace 52 años, de la mano del Papa Juan XXIII, empezó la "primavera de la Iglesia". Actualmente, el Papa Francisco continúa haciendo florecer la esperanza. 
Entonces, el 11 de octubre de 1962, cuando comenzaba el Concilio Vaticano II, el "Papa bueno" pronunció el siguiente discurso:


Queridos hijitos, queridos hijitos, escucho vuestras voces. La mía es una sola voz, pero resume la voz del mundo entero. Aquí, de hecho, está representado todo el mundo. Se diría que incluso la luna se ha apresurado esta noche, observadla en lo alto, para mirar este espectáculo. Es que hoy clausuramos una gran jornada de paz; sí, de paz: “Gloria a Dios y paz a los hombres de buena voluntad” (cf. Lc 2,14).
Es necesario repetir con frecuencia este deseo. Sobre todo cuando podemos notar que verdaderamente el rayo y la dulzura del Señor nos unen y nos toman, decimos: He aquí un saboreo previo de lo que debiera ser la vida de siempre, la de todos los siglos, y la vida que nos espera para la eternidad.
Si preguntase, si pudiera pedir ahora a cada uno: ¿de dónde venís vosotros? Los hijos de Roma, que están aquí especialmente representados, responderían: “¡Ah! Nosotros somos vuestros hijos más cercanos; vos sois nuestro obispo, el obispo de Roma”.
Y bien, hijos míos de Roma; vosotros sabéis que representáis verdaderamente la Roma caput mundi, así como está llamada a ser por designio de la Providencia: para la difusión de la verdad y de la paz cristiana.
En estas palabras está la respuesta a vuestro homenaje. Mi persona no cuenta nada; es un hermano que os habla, un hermano que se ha convertido en padre por voluntad de nuestro Señor. Pero todo junto, paternidad y fraternidad, es gracia de Dios. ¡Todo, todo!  Continuemos, por tanto, queriéndonos bien, queriéndonos bien así: y, en el encuentro, prosigamos tomando aquello que nos une, dejando aparte, si lo hay, lo que pudiera ponernos en dificultad.
Fratres sumus. La luz brilla sobre nosotros, que está en nuestros corazones y en nuestras conciencias, es luz de Cristo, que quiere dominar verdaderamente con su gracia, todas las almas.  Esta mañana hemos gozado de una visión que ni siquiera la Basílica de San Pedro, en sus cuatro siglos de historia, había contemplado nunca.
Pertenecemos, pues, a una época en la que somos sensibles a las voces de lo alto; y por tanto deseamos ser fieles y permanecer en la dirección que Cristo bendito nos ha dejado. Ahora os doy la bendición. Junto a mí deseo invitar a la Virgen santa, Inmaculada, de la que celebramos hoy la excelsa prerrogativa.
He escuchado que alguno de vosotros ha recordado Éfeso y las antorchas encendidas alrededor de la basílica de aquella ciudad, con ocasión del tercer Concilio ecuménico, en el 431. Yo he visto, hace algunos años, con mis ojos, las memorias de aquella ciudad, que recuerdan la proclamación del dogma de la divina maternidad de María.
Pues bien, invocándola, elevando todos juntos las miradas hacia Jesús, su hijo, recordando cuanto hay en vosotros y en vuestras familias, de gozo, de paz y también, un poco, de tribulación y de tristeza, acoged con buen ánimo esta bendición del padre. En este momento, el espectáculo que se me ofrece es tal que quedará mucho tiempo en mi ánimo, como permanecerá en el vuestro. Honremos la impresión de una hora tan preciosa. Sean siempre nuestros sentimientos como ahora los expresamos ante el cielo y en presencia de la tierra: fe, esperanza, caridad, amor de Dios, amor de los hermanos; y después, todos juntos, sostenidos por la paz del Señor, ¡adelante en las obras de bien!
Regresando a casa, encontraréis a los niños; hacedles una caricia y decidles: ésta es la caricia del papa. Tal vez encontréis alguna lágrima que enjugar. Tened una palabra de aliento para quien sufre. Sepan los afligidos que el papa está con sus hijos, especialmente en la hora de la tristeza y de la amargura. En fin, recordemos todos, especialmente, el vínculo de la caridad y, cantando, o suspirando, o llorando, pero siempre llenos de confianza en Cristo que nos ayuda y nos escucha, procedamos serenos y confiados por nuestro camino.
A la bendición añado el deseo de una buena noche, recomendándoos que no os detengáis en un arranque sólo de buenos propósitos. Hoy, bien puede decirse, iniciamos un año, que será portador de gracias insignes; el Concilio ha comenzado y no sabemos cuándo terminará. Si no hubiese de concluirse antes de Navidad ya que, tal vez, no consigamos, para aquella fecha, decir todo, tratar los diversos temas, será necesario otro encuentro. Pues bien, el encontrarse cor unum et anima una, debe siempre alegrar nuestras almas, nuestras familias, Roma y el mundo entero. Y, por tanto, bienvenidos estos días: los esperamos con gran alegría.

domingo, 20 de abril de 2014

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 10, 34a. 37-43
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: Col 3, 1-4
Evangelio: Jn 20, 1-9

¡Amigos Jesús está vivo, ha resucitado, y está presente para siempre!
Lo hemos acompañado entre los olivos de Getsemaní, cuando nos dormíamos, vencidos por el sueño, sin saber que, junto a nosotros, se estaba dando el choque titánico entre la tiniebla y el amor.
Lo seguimos de lejos, como Pedro, después de la detención en el huerto, aturdidos y asustados viendo tanta violencia sobre un hombre bueno y humilde.
Lo vimos colgado, desfigurado, golpeado, desgarrado, así lo vimos perdonando a sus asesinos hasta el último aliento de vida.
Luego, junto a los demás discípulos, nos hemos cerrado en aquella habitación de la cena. Como si las paredes hubiesen conservado algo de él. Para darnos ánimo, sin tampoco tener derecho a llorar, devorados por el miedo.
Parecía que todo había acabado, de la peor manera, como a menudo ocurre en nuestra vida. Una derrota total, la partida perdida, el final de los sueños. Era demasiado bonito para que fuera verdad.
Y en cambio, sobre al amanecer, el día después del sábado de la Pascua, María vino a decirnos de fuésemos a la tumba.
Las mujeres, piadosa y devotamente, habían ido a terminar lo que no habían logrado hacer aquel trágico viernes.
Buscaban a su Maestro, que había sido dramáticamente atropellado por los acontecimientos. Lo buscaban con desesperación y resignación.
Querían devolver un atisbo de dignidad a aquel hombre al que habían amado y seguido. Que las había querido e instruido.

Ilusas. El Señor ya está  en otro lugar. Ha resucitado.

Huir del sepulcro
Tienen que alejarse del sepulcro, no quedarse allí velándolo. Tienen que ir a otro lugar, allí donde el Señor las espera. El Nazareno ha resucitado. No está  reanimado, ni mucho menos reencarnado, sino espléndidamente resucitado. Tampoco sabíamos bien qué significaba haber resucitado, pues nadie había  resucitado nunca como él. Lázaro volvió a la vida, pero murió, de nuevo.
Jesús no. Jesús está vivo. Espléndido y triunfante. No es una fantasma, ni un ectoplasma. Es exactamente Él y se hace reconocer por las señales de su presencia, come con sus pasmados discípulos, les da ánimos. Vive.
Jesús ha resucitado, tanto si nos damos cuenta de ello como no, tanto si lo creemos más o como si menos. Ha resucitado. Y todo cambia, cada cosa asume una luz diferente.
El Nazareno, entonces, no es sólo un gran hombre, un maestro, un profeta. Es mucho más. Es el Dios vivo.

viernes, 18 de abril de 2014

VIERNES SANTO EN LA MUERTE DEL SEÑOR


Primera Lectura: Is. 52,13-53,12
Salmo responsorial: Salmo30
Segunda Lectura: Heb.4,14-16; 5,7-9
Pasión de N.S.J.C.: Jn.18,1-19,42

La Palabra proclamada en el día de hoy ya resulta lo suficientemente elocuente, sin que un comentario pueda añadir gran cosa, pues lo que tenemos delante para nuestra contemplación es el Hijo del Hombre escarnecido ante el mundo, es el drama entre la paz y la violencia, entre el rechazo y la reconciliación, entre la muerte y de la vida.
Cada uno puede comprender, sin muchas palabras, que todo el ser humano, toda la vida, y el sentido de la historia y del mundo, están puestos en juego aquí, ante Cristo muerto en cruz. Casi dan ganas de desaparecer y dejar el puesto al Misterio del Amor y misericordia así manifestado. Pero no me resisto a poner rostros concretos a la Pasión de Cristo que acabamos de proclamar: el rostro de los crucificados de la Historia, en quien hoy sigue muriendo el Siervo el Justo, llevado al matadero.
No se trata de una narración sociológica, ni de un manifiesto revolucionario ante la opresión producida, de modo aterrador, por los poderosos y las fuerzas del mal. Se trata de contemplar al Crucificado reconociendo que en tantos hermanos nuestros descartados, sufrientes y maltratados de tantas formas, es el Hijo de Dios el que sufre, padece y muere. Ellos son los rostros de la pasión de Cristo. 

domingo, 13 de abril de 2014

DOMINGO DE RAMOS (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 50,4-7
Salmo Responsorial: Salmo21
Segunda Lectura: Fil2,6-11
Evangelio Mt 26,14-27,66


Jesús sube sobre de un pollino que trepa decidido por la ladera de la colina, por una calle empinada que rodea los imponentes muros, para entrar en la ciudad santa. La gente lo reconoce, algunos niños corren delante de él, algunos cortan ramas de palma y de olivo, alguien grita “Hosanna”. El Mesías llega, Jerusalén, tu rey llega.
Llega desde el monte de los olivos, porque de allí habría de llegar la salvación, cabalgando en un pollino de burra, como había profetizado Zacarías. Un Rey de burla, al que no se le toma en serio. Jesús entra en la ciudad que mata a los profetas.

Habituados
Estamos tan acostumbrados a la muerte de Dios, tan llenos de reflexiones, meditaciones y cansadas prédicas sobre la salvación, tan habituados a tener todo claro, todo aprendido, que parece que no necesitemos más. A lo más, alguna emoción hecha posible por las nuevas técnicas modernas, y de los efectos especiales, una cruenta pasión como aquella de la película de Mel Gibson, pero nada más.
Y asistimos una vez más al regalo que Dios nos hace, como si tal cosa, como es debido, a un acontecimiento banal, casi rutinario, presente pero débil, dado por descontado pero inútil. Peor aún: nos paramos en la cáscara, escuchamos y decimos palabras de las que no conocemos realmente el sentido, y no calamos más.
Jesús ha muerto por nosotros, pero pocos sienten la necesidad de salvación. Él ha muerto por nuestros pecados, pero nosotros estamos más atentos a subrayar los pecados de los otros que los propios. Él se nos ha regalado a sí mismo, pero no sabemos qué hacer con este regalo.
¡Ojalá tuviéramos el ánimo de volver a aquellos días de Jerusalén, de revivirlos, de dejarnos interrogar y conmover!
¡Ojalá tuviéramos el ánimo de atrevernos penetrar en los Evangelios, de sacarles la pátina de incienso que los envuelve, para mirar a los ojos al Nazareno que ha decidido entregarse hasta el final!
El espectáculo está listo, todos los protagonistas están en su sitio. Comienza la muerte de Dios. Comienza la Semana Santa.

domingo, 6 de abril de 2014

DOMINGO V DE CUARESMA (Ciclo A)


Primera Lectura: Ez 37,12-14
Salmo Responsorial: Salmo 129
Segunda Lectura: Rom 8,8-11
Evangelio: Jn 11, 1-45

Es magnífico nuestro Dios. Él sacia la sed del alma, devuelve la luz a nuestra ceguera.
La Cuaresma es el tiempo en el que redescubrir lo esencial de la fe, entrando en el desierto de nuestros días atascados de cosas por hacer. Un tiempo para dejar que el alma nos alcance.
Y hoy, al final de este recorrido cuaresmal, nos encontramos con un evangelio escalofriante, la historia de una amistad arrollada por la muerte y la desesperación.
Todo pasa en Betania, una pequeña aldea que se levanta sobre el Monte de los Olivos, en la ladera opuesta a la que domina Jerusalén. Es donde gustosamente se refugia Jesús, en casa de sus tres amigos, Lázaro, Marta y María, para encontrar un poco de clima familiar y hogareño. Para huir de la Jerusalén que mata a los profetas.
¡Qué bonito pensar que hasta Dios necesita una familia. Qué bonito hacer de nuestra vida un pequeño Betania!
Es aquí, en este contexto, donde ocurre el drama: Lázaro enferma, se muere, y Jesús no está.
Como también nos sucede a nosotros, a veces, ante la enfermedad y la muerte de una persona querida, sentimos que Jesús está lejano.

Tragedia
La resurrección de Lázaro está puesta en el evangelio de Juan poco antes de la Pasión de Jesús. Es la última y la más clamorosa de las señales, es lo que determina la decisión, por parte del Sanedrín, de declarar la peligrosidad de Jesús y la necesidad de su inmediata detención, sin dilación alguna.
Como si Juan quisiera decirnos que la vuelta a la vida de Lázaro determina la muerte de Jesús. Es la imagen de un intercambio que, dentro de pocos días, va a ser para todas y cada uno de nosotros.
Jesús nos sacia la sed. Jesús nos da la luz. Jesús entrega su vida por cada uno de nosotros. Por mí.