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domingo, 26 de octubre de 2014

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

Amar a Dios sobre todo, y a los demás como Dios nos ama.
Primera Lectura: Ex 22, 20-26
Salmo Responsorial: Salmo 17
Segunda Lectura: 1Tes 1, 5c-10
Evangelio: Mt 22, 34-40

La religión cristiana les resulta a no pocos un sistema religioso difícil de entender y, sobre todo, un entramado de leyes demasiado complicado para vivir correctamente ante Dios.
No tantas, sin embargo, como las 613 las reglas que el judío piadoso tenía que cumplir, en tiempo de Jesús. Desde los diez mandamientos dados a Moisés para estipular la alianza con el pueblo se llegó a esta selva de leyes y normas para erigir un seto protector alrededor de la Torah, por decreto de los rabinos.
De ellas, 365 eran prohibiciones, una por cada día del año, y el resto eran reglas positivas, una por cada hueso del cuerpo humano, según el conocimiento de la época. Las mujeres sólo tenían que observar las prohibiciones. La gente, lógicamente, no era capaz de acordarse de todas las reglas y sutiles distinciones de casuística moral que pedían ciertos mandamientos, por tanto los fariseos y los doctores de la Ley los consideraban pecadores a todos, irremediablemente perdidos.
La gente, equivocadamente, creía que todo el corpus de las normas provenía directamente de Moisés.
Sabemos que, muchas veces, Jesús distinguía la Ley de Dios de las  tradiciones posteriores de los hombres, poniéndose así en abiertamente en contra de los devotos y piadosos del tiempo.
Algunos rabinos se dieron cuenta de la enormidad de la situación y, más tolerantes, establecieron un orden jerárquico de las normas para ayudar a los fieles a observar al menos las reglas más importantes, pero otros, más intransigentes, consideraban que todas las reglas eran igualmente vinculantes.
Como el tipo del evangelio que trata de contradecir al carpintero de Nazaret que se hace pasar por rabino y que acusa a los doctores de la Ley de imponer pesos insoportables a los fieles, proponiéndole la típica pregunta trampa. Y que, como de costumbre, Jesús lo dejará sin palabras.

 Ama a Dios
Jesús le responde citando la bonita profesión de fe de los judíos, el “shemá” Israel, la oración que cada judío recitaba por la mañana y por la tarde.
¿Qué es lo importante en la vida del creyente?

domingo, 19 de octubre de 2014

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 45, 1.4-6
Salmo Responsorial: Salmo 96
Segunda Lectura: 1Tes1,1-5
Evangelio: Mt 22, 15-21

¿César o Dios?
“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Pocas palabras de Jesús habrán sido tan citadas como éstas. Y ninguna, tal vez, más distorsionada y manipulada desde intereses muy ajenos al Profeta de Nazaret, defensor de los pobres.
¡Cuántas veces esta frase de Jesús ha sido usada para justificar las más diversas tomas de posición! La han usado los gobiernos laicos para sustentar su autonomía respecto a la injerencia de la Iglesia. La ha usado la Iglesia para defender la legitimidad de la institución en el seno del Estado. Pero también la han usado los gobiernos anticlericales para justificar sus propias y discutibles acciones.
Y algún Papa también, en plan de delirio de omnipotencia, para justificar sus propias reivindicaciones de las cosas terrenales, la política incluida.
Como siempre ocurre, tenemos que tener el ánimo de tomar la Palabra como es, insertándola en su contexto, tratando de entender lo que el Señor quiere decirnos, en este caso, con la afirmación de Jesús que no deja de ser enigmática.

Obstáculo
La primera cosa que Mateo nos hace notar en el evangelio de hoy es que la pregunta está hecha para poner a Jesús en dificultad: es una verdadera trampa lo que se esconde tras la pregunta de sus oponentes.
El pueblo de Israel, desde hace casi un siglo, vivía bajo la dominación romana, unas veces más presente y opresiva, otras, como en el momento en que vivió Jesús, más discreta. ¡Pero, en una y otra situación, cada sujeto del imperio tenía que pagar un impuesto al menos una vez al año y nadie quiere pagar impuestos, faltaría más, sobre todo si luego acaban en manos de un gobierno considerado invasor y opresor!

domingo, 12 de octubre de 2014

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Is 25, 6-10
Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: Flp 4, 12-14.19-20
Evangelio: Mt 22, 1-14

            "Los agnósticos, que a causa de la pregunta sobre Dios no encuentran la paz; las personas que sufren a causa de los pecados y que desearían tener un corazón puro, están más cerca del Reino de Dios de lo que lo que están los fieles rutinarios, que sólo ven en la Iglesia el boato y la ostentación, sin que su corazón sea tocado por la fe."
            Dicha por mí esta afirmación, como comentario al evangelio de los dos hijos, de hace dos domingos, pasaría bastante inadvertida. Dicha por el Papa Benedicto durante la misa conclusiva de su visita a Alemania, hace 3 años, nos deja, de verdad, asombrados y admirados y denota el frescor y el espíritu evangélico del papa-teólogo, hoy emérito.
            Y la liturgia continua hoy en la línea de la contraposición entre quien acoge y quién no al Señor, entre quien vive una vida de fachada, también en la fe, aún hoy, y quién se da cuenta de la suerte inmensa de haber recibido la llamada a trabajar en la viña del Señor o, en este caso, la invitación al banquete nupcial del Hijo de Dios. Hoy, por fin, hablamos de boda.

            Banquete nupcial
            Aunque la fiesta nupcial, en estos tiempos, no provoca mucho entusiasmo. Porque hemos reducido este acontecimiento, espléndido por otra parte, como es la decisión de dos enamorados de entregarse al amor, a la repetición de un cliché mucho más parecido a un plató cinematográfico que a una verdadera fiesta.
            Entiendo que no todos compartirán esta opinión, pero la experiencia marca y son más las bodas fingidas por una forzada alegría que las auténticamente alegres y gozosas. Quizás por una simple incomprensión de base: la fiesta no se puede medir por el número de invitados o por la ostentación del lujo, sino desde el corazón y por la disposición interior de los presentes en aquello que se está celebrando.
            Poneros en la piel de un judío, hace dos mil años: se comía, tal vez, una vez al día y la boda era la ocasión de la vida para salir de una realidad cotidiana muy dura. El rito de la boda contaba con una semana previa de festejos y un banquete regio. El banquete nupcial, en esa situación, convocaba a una fiesta extraordinaria que resultaba la máxima expresión de la alegría terrenal.
            Jesús conocía muy bien cómo disfrutaban los campesinos de Galilea en las bodas que se celebraban en las aldeas. Sin duda, él mismo tomó parte en más de una. ¿Qué experiencia podía haber más gozosa para aquellas gentes que ser invitados a una boda y poder sentarse con los vecinos a compartir juntos un banquete de bodas?
            Y eso es lo dice Jesús en el evangelio escuchado: encontrar Dios es la mayor y mejor fiesta en la que una persona pueda participar.

            Aburrimiento mortal
            Eso es el encuentro con Dios: Una estupenda fiesta de bodas.
            No un deber aburrido. No una obligación. No una penitencia para merecer el Paraíso que, además, es incluso gratuito. No una forzada unión de parientes de la que en ocasiones quisiéramos prescindir. Una espléndida fiesta.

domingo, 5 de octubre de 2014

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

Primera Lectura: Is 5, 1-7
Salmo Responsorial: Salmo79
Segunda Lectura: Flp 4, 6-9
Evangelio: Mt 21, 33-43

      Hoy, de nuevo la viña. Una vez más. En estos días de otoño caliente, de vendimias y de esperanza, de dulce mosto de uva que promete para el año próximo un vino denso y robusto, o aromático y afrutado, escuchamos palabras que nos hablan de viñas.
        En estos días inquietos en que España se manifiesta cicatera y peleona, confusa y frágil en la convivencia, la Palabra de Dios nos cuestiona.
   ¡Cuánta necesidad tenemos de una Palabra que sacuda tantas palabras!
      La liturgia nos habla de un Dios que nos invita a trabajar con él, a construir juntos un mundo diferente, nuevo, dónde la diversidad es regalo y el compartir se convierte en el reflejo de la experiencia de quién, perdonado y apaciguado, se alegra de poder donar, de poder darse.
            El Dios de Jesús devuelve su dignidad al obrero de la última hora, aprecia la autenticidad de quien dice NO para entender las razones de un posible SI. Durante dos domingos la viña ha sido para nosotros la reveladora de la misericordia y de la previsión de Dios.
            En el evangelio de hoy, en cambio, la viña es protagonista de la parábola oscura e irritante del fracaso de Dios.

La viña infructuosa
            Con las últimas lluvias torrenciales, muchos agricultores están con el ceño fruncido. El granizo ha golpeado duramente la cosecha. Algunos viticultores han perdido la cosecha, otros, en cambio, han salvado la vendimia.
            Es la preocupación de quien, después de trabajar durante meses, puede perder las ganancias de un año en un cuarto de hora.
        En Jerusalén, los que frecuentaban el templo, los devotos, escuchaban la predicación del “rabbí” de Galilea. Conocen bien el canto de la viña, del profeta Isaías, lo saben de memoria. ¡Cuántas veces lo comentaron en las sinagogas! El canto de amor apasionado del viñador, Dios, por su viña, Israel. El canto de quien espera mucho, con mucha fatiga, como quien aún saca de la tierra el propio salario y que, en cambio, no recoge más que uvas salvajes.
            Imagen fuerte y poderosa la de la viña. Imagen del esfuerzo que Dios, el dueño de la viña, hace para ayudar la humanidad a florecer, a llevar fruto y a madurar.