Traducir

Buscar este blog

domingo, 12 de abril de 2015

DOMINGO 2º DE PASCUA (Ciclo B)


Primera lectura: Hch 4, 32-35
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda lectura: 1 Jn 5, 1-6
Evangelio: Jn 20, 19-31

¡Ha resucitado! La noticia ha atravesado los siglos y ha llegado hasta nosotros, hoy.
Millones de hombres y mujeres han descubierto la simple verdad: es inútil buscar al crucificado, no está aquí, ha resucitado. No reanimado, no sólo vivo en nuestra memoria: Jesús de Nazaret ha resucitado de la muerte y vive para siempre.
Su tumba, preciosamente guardada en Jerusalén, vuelve a convocar a cientos de miles de personas cada año, hombres y mujeres que, más o menos conscientemente, afrontan un viaje, que en el pasado era largo y peligroso, para visitar una tumba. Vacía.
Ciertamente, la cosa puede dejarnos indiferentes o llenos de dudas.
Especialmente en estos tiempos frágiles, somos conscientes de que la fe en el resucitado pide un salto de calidad: una cosa es creer que un buen hombre, un profeta llamado Jesús, nos ha hablado de Dios de modo innovador. Otro cosa profesarlo resucitado y presente, confesarlo como manifestación misma de Dios.
Es lo que le pasa a Tomás.
Tomás está decepcionado, amargado, derrotado. Su terremoto interior tiene un nombre: crucifixión. Allí, sobre el Gólgota, ha perdido todo: la fe, la esperanza, el futuro, ha perdido a Dios.
Estuvo vagando durante días, como los otros, huyendo por miedo a ser encontrado y matado. Humillado y trastornado, se encuentra en el Cenáculo con los apóstoles que le dicen que han visto a Jesús.
Y, allí, Tomás se endurece. Juan no nos habla de ello, respeta la privacidad, pero podemos imaginarnos lo que Tomás dijo a los otros. ¿Tú Pedro? ¿Tú Andrés? ¿Y tú Santiago? ¿Me decís que él está vivo?
Escapamos todos como conejos; ¡hemos sido débiles, no hemos creído a Jesús! Sin embargo, él nos lo dijo, nos avisó. Sabíamos que podía acabar así, y no le hemos acompañado, no hemos sido capaces. ¿Ahora, justo vosotros, venís a decirme que lo habéis visto vivo? No, no es posible.  ¿Cómo os voy a creer?
Tomás es uno de los tantos escandalizados por nuestra incoherencia de vida, por la incoherencia de los discípulos de Jesús.
Sin embargo se queda, no se va; pero está enfadado. Y hace bien. Porque vuelve a la comunidad sólo por él, por el Señor. Y el encuentro es un río de emociones. Jesús lo mira, le enseña las manos, y le habla: Tomás, sé que has sufrido mucho. También yo, mira.
Y Tomás se derrumba. También Dios ha sufrido, como él.

Sin ver
Estamos llamados a creer, a confiar, sin ver. Seremos felices si creemos sin ver. Pero no como ingenuos simplones y atontados. La fe es precisamente la confianza en lo que no vemos, pero que experimentamos verosímil. El problema, en tal caso, será saber que quien nos habla merece o no la confianza.

Jesús resucitado se aparece a los apóstoles y les da la paz, el Espíritu y el perdón de los pecados.
Sólo por el Espíritu podemos experimentar la paz del corazón de quien se  sabe reconciliado y se convierte a su vez en dispensador de perdón. Encontrar a Jesús resucitado es un acontecimiento del alma, que parte de la curiosidad, se alimenta de inteligencia y llega a la fe.
La curiosidad empieza en el encuentro con personas (aunque sean pocas) qué viven en la paz del corazón, reconciliadas con ellas mismas y que descubren que son discípulas del resucitado. También nosotros como ellas, podemos seguir a Jesús y descubrir que sólo los que miran lo encontrarán.
Y no sólo esto. Juan, en la segunda lectura, remacha lo que es esencial para un discípulo: amar. ¿Será este el problema? ¿Será justo la ausencia de cristianos pacificados, perdonados y llenos de amor lo que provoca tantas dudas?
A menudo nos encontramos  con cristianos como Tomás, heridos por nuestro pésimo testimonio de discípulos, escandalizados por el abismo que provocamos entre nuestra fe proclamada y nuestra vida de cada día. Nosotros, discípulos del Maestro, que en lugar de ser transparencia del resucitado, nos convertimos en un filtro que hace emerger nuestras fragilidades, antes que la luz luminosa, resucitada y resucitadora, que nos ha envuelto y transformado.
Cuánta buena gente como Tomás sacudida por la actitud de un cura déspota, jóvenes confusos por nuestras flojas comunidades, buscadores de Dios desanimados por nuestro poco entusiasmo.

Lucas lo cuenta
La primera comunidad en Jerusalén atrae la admiración y la curiosidad: en un mundo de tiburones los cristianos se aman, en un mundo en el que reina el engaño, la corrupción y el ansia del dinero (¡ya entonces!) los discípulos se ayudan en las necesidades concretas, en un mundo de amedrentados, los apóstoles profesan con fuerza su verdad.
Ciertamente, los exegetas nos dicen que la narración de Lucas es más una catequesis que una descripción pero es suficiente para entender que, quizás, nuestros recorridos y nuestros procesos de vida cristina tienen que cambiar.
Precisamente porque tenemos dificultad en encontrar comunidades vivas de personas que no juzgan sino que acogen, que no viven como los demás - utilizándose para obtener beneficios – sino que proclaman a Cristo con convicción y pasión, por eso las dudas crecen y nuestras comunidades vacilan.
¿Qué hacer? El peligro es hacer lo que hacen en muchos: marcharse, resignarse, apagarse…
… O bien escribir otros mil evangelios, otras mil otras historias, otras mil maravillas, como Juan nos sugiere. Se dice que un cristiano es alguien que, si no existiera el Evangelio, él lo escribiría con su vida.
O bien hacer como Tomás que, aunque decepcionado, no se va, sino que se queda y espera. Y hace bien en esperar, porque el Señor vuelve. Vuelve siempre.

Oración a Tomás
Escúchanos, Tomás, te damos las gracias por tu fe transparente y cristalina. No es casualidad el hecho de que nuestro común amigo, Juan, te haya apodado “dídimo”, es decir gemelo: es verdad que nos parecemos. Queremos confiarte, querido gemelo nuestro, a todos aquéllos que, como tú, aún no se han ido de junto al Señor: los que se ocupan de los toxicómanos y que a veces quisieran dejarlo todo;  los que quieren quedar en las misiones y que la enésima guerrilla que ha pasado por allí les ha obligado a escapar;  los curas que, en distintas partes del mundo, tienen hablar de paz entre los fusilazos;  en fin, todos aquellos apaleados como tú.
Y también a los que se escandalizan de nosotros los cristianos, para que se fijen más en Cristo antes que en sus frágiles discípulos.

* * * * *
           
Felices nosotros que creemos sin haber visto. Sin haber visto a Cristo o los apóstoles. Sin ver, a veces, ni coherencia ni pasión en las comunidades cristianas, sino más bien rutina y cansancio.
Felices nosotros que no nos vamos, que no nos sentimos mejores, que sufrimos por la Iglesia a la que amamos.
Felices nosotros que queremos cambiar las cosas que no funcionan a partir de nosotros mismos…

… porque, como Tomás, veremos las señales del resucitado también en las llagas de la humanidad y de nosotros mismos.