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viernes, 13 de abril de 2018

DOMINGO 3º DE PASCUA (Ciclo B)


 Primera lectura: Hch 3, 13-15.17-19
Salmo Responsorial: Salmo 4
Segunda lectura: 1 Jn 2, 1-5
Evangelio: Lc 24, 35-48



Los discípulos de Emaús regresan corriendo a Jerusalén y les cuentan a los apóstoles su encuentro inesperado con el caminante. Hablan apasionadamente, mientras que Tomás y Pedro sienten que se les llena, aún más, el corazón.
El caminante, la conversación, los reproches, la posada y aquel gesto, único, extraordinario, espléndido, que han visto hacer cientos de  veces: el partir el pan. Pero aquel gesto, en aquel momento preciso, es diferente, ha cambiado, se ha transfigurado y, con aquel gesto, es como los discípulos han reconocido a su Señor.
Sí, amigos, Jesús está realmente resucitado, está de verdad, él es la Revelación del Padre.
También los dudosos, los heridos, o los dañados como Tomás, pueden tener esperanza. No hay un plazo determinado para convertirnos a la alegría, tenemos todo el tiempo que haga falta para abandonar los sepulcros, y dejarnos habitar por el espíritu del Resucitado.

De vuelta de Emaús
Y mientras los discípulos hablan del resucitado, Jesús aparece y les da la paz. Quizás también os ha pasado a vosotros: Jesús resucitado ha llegado a tu corazón cuando otro te ha hablado de ello, comprometiéndose, abriéndote el corazón. Sucede así desde hace dos mil años: el Señor despierta nuestros corazones mediante las palabras ardientes pronunciadas por sus discípulos.
Dios pasa por nuestras débiles voces, traspasa la barrera de nuestras incoherencias y de nuestras incongruencias y nos alcanza justo allí donde nunca lo esperaríamos.
También Dios ha llegado a nosotros por la predicación de los testigos del resucitado. Pensemos en los mediadores de nuestra fe: nuestros padres, nuestros catequistas, los cristianos que nos han impactado por su entrega incondicional a los demás, los buenos ejemplos de quienes han devuelto bien por mal, que en su vida hemos intuido cómo Dios nos ama.
Pero no han sido superhombres ni super-mujeres, tal vez incluso pudieron ser poco creyentes, como los dos de Emaús, o como los atemorizados apóstoles, o como las mujeres en el sepulcro. ¿Cómo es posible la presencia de las mujeres en el sepulcro? Pues, sí. Jesús sabe que las mujeres, en Israel, ni siquiera podían hablar en público. Y es, precisamente, a ellas a quienes confía el mensaje de su resurrección.
Sí, amigos, a nosotros débiles, frágiles, incoherentes, cojos y vacilantes, es a quien Dios confía el tesoro inestimable de su Palabra.

Las dudas permanecen
Las dudas permanecen incluso después de la resurrección, aunque seamos apóstoles testigos del Señor. Como los discípulos, tantas veces pensamos que Jesús se nos ha de aparecer como un fantasma, o de una forma prefijada. Pero no es así. Nos movemos en el ámbito de la fe, de la confianza, y nadie puede garantizarnos que todo lo que decimos sea absolutamente evidente o medible. En este ámbito, vivimos sólo de fe y de confianza en la vida y en la palabra de Jesús. Sólo con la fe, con la confianza en Jesús, podemos experimentar lo concreto de la ternura de Dios.

Dios no es una evidencia, a Dios se le busca, se le encuentra, o se le pierde. Así que, toda la vida es una superación de nuestras dudas. Si hasta los apóstoles, testigos del resucitado tienen dudas, ¿vamos a querer no tenerlas nosotros?

Abrir la inteligencia
Para anunciar al Resucitado, para crecer en la fe, sólo tenemos un modo: dejarnos hacer, dejar que la Palabra de Dios ilumine nuestra inteligencia.
Desde hace muchos años compartimos esta Palabra, que llena nuestro corazón, que atraviesa nuestra alma, que ilumina nuestra vida. Somos muchos los que buscamos a Dios, sedientos de absoluto y de trascendencia.
La Palabra, leída con pasión e inteligencia, no como unos turistas de la cultura bíblica, sino como unos mendigos en busca de sentido y de ternura, será esa Palabra la que abra nuestro corazón a la fe y a la confianza. Leamos la Palabra, profundicémosla, orémosla, anunciémosla, para que nos llene y nos caliente el corazón, para que anuncie la vida y nos convierta.
No se trata de marketing ni de proselitismo, no es que vendamos planes adelgazantes, ni ofrezcamos paraísos increíbles, estamos simplemente colmados hasta tal punto que nuestro corazón desborda la luz del Resucitado. Eso es lo que anunciamos.


Entonces…
Jesús confía a la Iglesia su mensaje, de esto somos testigos:
- De que Dios ha decidido hacerse hombre, carne, huesos, sudor, lágrimas, cansancio y alegría para contarnos cómo es su verdadero rostro.
- De que Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, haya querido anunciar el rostro de Dios hasta al final, hasta el regalo total de sí mismo, hasta la paradoja de la cruz.
             - De que Jesús ha resucitado, vivo entre los vivos, para siempre presente a los ojos de su comunidad.
- De que él nos manda a comunicar su amor, y el deseo de Dios de amar a cada persona personalmente.
El Señor nos hace capaces de convertirnos en sus discípulos, con el corazón lleno de ternura y de alegría, con la conciencia de que nuestros evidentes límites no frenan el anuncio de la vida, que fluye siempre y nos arrolla.
Ésta es la Iglesia, el sueño de Dios, la unión de unos discípulos conscientes de sus límites que anuncian el Reino y lo viven en lo concreto de cada día. Algo muy distinto de esa pequeñita imagen de capillita egoísta que llevamos en el corazón. Sólo Dios es capaz de hacernos creíbles, si somos auténticos.
En el pesado camino de la fe, Cristo nos da su Espíritu que nos enseña a leer y a interpretar la Escritura. Abre nuestras mentes a la inteligencia de la fe, y nos permite entender, hacer resonar su Palabra y su vida, e iluminar nuestras opciones.
La Palabra que celebramos cada domingo nos ayuda a entender. El pan que compartimos, y que es la presencia real de Cristo, es la comida que nos permite ir adelante, a pesar de todo.
Ánimo, pues, frágiles discípulos del Señor, que Él nos llama a ser la transparencia del Resucitado, llenos de fe, confiadamente, más allá de toda duda. Él nos acompaña en nuestro caminar.