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domingo, 5 de abril de 2015

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN (Ciclo B)



Primera lectura: Hch 10, 34a.37-43
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda lectura:  Col 3, 1-4
Evangelio: Jn 20, 1-9

Pedro y Juan corren en el silencio de la ciudad todavía inmersa en el sueño, pisando el adoquinado recién restaurado por el rey Herodes. Los mercaderes están sacando las mercancías para la jornada después del descanso sabático. El sol se está levantando e inunda de luz la piedra que reviste las casas de Jerusalén. Juan, más joven, se adelanta a Pedro corriendo por las apretujadas callejuelas de la ciudad, desde el monte Sión hasta el Gólgota, fuera ya de las murallas. Allí, troncos verticales, como árboles resecos y desmochados, esperan nuevos condenados. La sangre condensada tiñe de rojo la madera oscura.
Corren sin aliento. Pedro, menos joven, se detiene y Juan llega primero al sepulcro, jadeante, con el corazón que late alborozado en su pecho. Espera y recuerda el rostro trastornado de María de Magdala que, diez minutos antes, lo sacó de la cama para avisar: “¡Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto!”
Los soldados romanos de guardia han desaparecido, la tumba está abierta, la pesada piedra que bloqueaba la entrada volcada por tierra. Luego llega Pedro y los dos discípulos entran con cautela.. y miran.
Nada. Jesús ha desaparecido. Nada, sólo la sábana que envolvía el cadáver de Jesús está en su sitio, como desinflada, nadie la ha tocado, y la mentonera en su sitio, como si Jesús se hubiera disuelto. El sudario y las vendas usadas para cubrir el rostro destrozado, en cambio, están puestas al lado en un hueco aparte.
No hay más. Juan ve y cree. Ve una tumba vacía… y cree. Ve una ausencia, ve un vacío, no ve nada más. Podría pensar, como hizo Magdalena, como muchos dirán, que el cuerpo había sido robado. Y en cambio no es así.
Un padre de la Iglesia, San Juan Crisóstomo, observa agudamente que viendo los discípulos la tumba tan en orden, entienden que el cuerpo de Jesús no ha sido robado: ningún ladrón se detiene “a pasar la aspiradora” en la casa que ha desvalijado.
Es nuestro modo de ver las cosas lo que interpreta la realidad. Ante el vacío, Juan ve plenitud, en la ausencia, vislumbra una presencia nueva.

Tumbas
Aquella tumba vacía, el último dramático regalo hecho a Jesús por parte del discípulo José de Arimatea, rico y poderoso, que no pudo salvar de la muerte a su Maestro, ha quedado allí, vacía, en Jerusalén, como testigo mudo de la resurrección.

El emperador Adriano la hizo rellenar de tierra, y llegó a ser junto a una vecina cantera en desuso, el terraplén que sustentó - ¡qué ironía! -  el templo pagano de Júpiter. La rebelde Jerusalén fue rebautizada como Aelia Capitolina y, con el nuevo diseño de ciudad romana, el emperador quiso barrer toda memoria de los judíos y sus incomprensibles disputas. Tres siglos después la tumba fue sacada a la luz por la devota reina Elena, madre del primer emperador cristiano Constantino.
La tumba todavía está allí: se ha construido sobre ella una inmensa basílica, ha sido y sigue siendo objeto de peregrinaciones durante más de un milenio y medio, y se intentó arrasar por la furia de un sultán.
Ahora el sepulcro está revestido de mármoles, siendo a la vez emblema y lugar de contienda entre un sinfín de confesiones cristianas que reivindican su propiedad. Pero la tumba continúa allí, exactamente donde Pedro y Juan la encontraron. Y permanece vacía. Toda nuestra fe se basa en la ausencia de un cadáver.

Ha resucitado
La muerte ha sido derrotada. El Dios desnudo, colgado, expuesto, evidente, el Dios derrotado y atormentado, el Dios depositado sobre la fría piedra no está allí, ha resucitado. ¡Sencillamente, amigos, Jesús ha resucitado!
No reanimado, ni mucho menos reencarnado, no vivo en nuestro recuerdo… ni otras veleidades consolatorias de ese estilo. ¡Jesús vive, ha resucitado verdaderamente, está presente para siempre!

Miedos
Pero no es fácil creer en la resurrección, ni es evidente. Evidente es la crucifixión, evidente es la sangre, evidente y desconcertante es el grito del sufrimiento, pero la resurrección no, es otra cosa, es cuestión de fe, de confianza, no de evidencia.
Ambigüedad, miedo y duda caracterizan los relatos de la Pascua. Uno se queda más bien descolocado al leer los evangelios. Hasta Marcos, cuyo evangelio hemos leído en la Vigilia Pascual, concluye bruscamente su evangelio narrando el miedo de las mujeres al regresar del sepulcro.
 Nos encontraremos, en estos cincuenta días pascuales, con la dificultad que tuvieron los apóstoles de convertir el corazón a la desconcertante novedad de Cristo resucitado.
Las narraciones de la resurrección y las apariciones del resucitado entran en la dimensión de la discreción y de la conversión, de la serenidad y de la paz, pero también del desconcierto de los apóstoles y en la dificultad de llevar una vida resucitada, tanto ellos como nosotros.
El miedo de las mujeres y su silencio se parece demasiado al de cada uno de nosotros y al de nuestras cansadas comunidades cristianas, que prefieren más venerar un crucifijo que anunciar a un viviente. El miedo a no ser creídas o a la burla que puedan sufrir, les bloquea a ellas y nosotros.
Ellas, mujeres en un mundo de hombres, se sienten personas inadecuadas para anunciar una noticia tan importante. Y a nosotros, frágiles, incoherentes, incapaces, nos pasa lo mismo. Tenemos dificultad en creer en la resurrección, en emocionarnos por esta noticia.
Hace falta fe para superar el propio dolor. Sentimos que el crucificado es solidario, nos identificamos con él, porque cada uno de nosotros ha vivido o vive una experiencia de dolor, de fracaso y de derrota. Todos tenemos alguna razón para sentir cercano a Jesús crucificado. Todo nos conmovemos ante semejante suplicio, todos sabemos compartir el dolor que es experiencia común de cada persona.
Por eso hemos madurado una gran devoción al dolor de Dios. Pero demasiado a menudo permanecemos estancados en ese dolor, como los discípulos de Emaús, casi complacidos de poder sufrir y padecer. Hay demasiados cristianos atados al Viernes Santo, acampados bajo la cruz, demasiados atados al propio dolor para percatarse de que Jesús ha resucitado. Quizás porque es difícil compartir la alegría de los otros.
Porque alegrarse ya es otra cosa. Alegrarse significa salir del propio dolor. Se trata de no quererlo, de redimirlo, de superarlo y de abandonarlo. Y así la alegría se desborda y el final se convierte en un nuevo comienzo, en una nueva creación; la luz empieza a hacernos comprender y empieza a calentarnos el corazón.
Si Jesús ha resucitado, entonces significa que él no ha sido sólo un gran hombre, entonces significa que, de verdad, él es quien dijo que era, significa que él está presente junto a nosotros y con nosotros para siempre.
En aquella tumba vacía se basa toda nuestra esperanza, la esperanza de millones de personas que a lo largo de la historia han creído en el evangelio.

No busquéis al crucificado
¡Hermanos, ésta es la alegría de la Pascua! La alegría cristiana es una tristeza superada, la alegría cristiana es mirar los lienzos en la tumba vacía y ver al cuerpo transfigurado que envolvieron. A nosotros, discípulos afanosos en la carrera, como Juan y Pedro, sólo nos queda el desafío de la fe: ver una tumba vacía y captar que sí, que, de verdad, el Señor ha resucitado.
Jesús ha resucitado: dejemos de buscar al crucificado, dejemos de llorar las penas y de lamentarnos por un Dios ausente. No busquemos entre los muertos al que vive. ¡Jesús ha resucitado!

* * * * *
¡Feliz Pascua a todos, queridos hermanos!
¡Feliz Pascua a quién está cerca o lejos!
¡Feliz Pascua a quien sabe que ésta será la última antes de que la enfermedad lo derrote!
¡Feliz Pascua a quien está tirando de los hijos y conserva el buen humor, a quien ama tercamente sin resultados!
¡Feliz Pascua a los amigos que conservan la fe en ciudades que los devoran y laminan!
¡Feliz Pascua a tantos que buscan a Dios, tan diferentes y sin embargo tan tocados por la Palabra que nos cambia!
¡Feliz Pascua a quien está de luto, a quien siente haberse equivocado en todo, como Jesús!
¡Feliz Pascua a los tenaces hermanos que, en aquella tierra que vio el rostro del Señor, acogen a los peregrinos que todavía hoy van a ver el sepulcro intacto del Maestro!

¡Feliz Pascua, para todos nosotros, discípulos frágiles del Maestro, porque el Señor Jesús ha resucitado, en verdad ¡Aleluya!