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domingo, 10 de mayo de 2015

DOMINGO 6º DE PASCUA (Ciclo B)


Primera lectura: Hch 10, 25 -27.34-35.44-48
Salmo Responsorial: Salmo 97
Segunda lectura: 1 Jn 4, 7-10
Evangelio:  Jn 15, 9-17

Jesús Resucitado continúa su catequesis pascual, después de haber utilizado la imagen de la vid y de los sarmientos del domingo pasado.
Y la reflexión de hoy es de altos vuelos: Jesús nos habla de amor, de alegría, de plenitud. Si no estuviéramos anestesiados por la rutina estas palabras nos harían vibrar hasta el infinito ¡Cuánta fuerza nos darían!
A lo largo de la vida me he encontrado con muchas personas, he escuchado infinidad de historias, he dado consejos, he orado con ellas y por ellas. Y de todo ello saco la certeza de que el corazón humano desea solamente una cosa: amar y ser amado.
Incluso en la persona más dura y más fría, más herida y más desesperada, más pesimista y más frágil, el deseo de dar y recibir amor subyace en cada opción que hacemos, en cada dolor que sufrimos.
Deseamos amar y ser amados y sufrimos porque no logramos amar y ser amados como quisiéramos. O como pensamos de deberíamos ser amados. Todos buscamos la felicidad, todos deseamos, quién más, quién menos, ser queridos.
Bueno, pues hoy la Palabra de Dios nos habla de amor.

Vivir en lo concreto
El primer mensaje del evangelio de hoy es sencillo: dejémonos amar.
Todo el evangelio conduce a esta única y desarmante verdad: somos amados por Dios que nos ha querido, pensado, y por eso mismo somos preciosos a sus ojos.
No es fácil creer esto, ya lo sé: muchas personas están viviendo experiencias de mediocridad, de dolor y de soledad. El mundo sólo nos quiere si tenemos que algo dar, y muchas veces se muestra muy mezquino. Sin embargo Dios nos quiere no porque seamos majos y amables, sino porque nos ha creado por amor. De modo que toda nuestra existencia no consiste más que en descubrirnos queridos, porque Dios no puede más que en darnos su amor.
Y cuando hemos descubierto que somos queridos, Jesús nos insiste: vivid en este amor, permaneced en mi amor.

Mandamiento nuevo
Después de haber buscado Dios, tal vez fascinados por algún cristiano significativo y atrayente, después de haber descubierto que, en Jesús, también nosotros somos hijos suyos, toda nuestra vida se convierte en espera de plenitud, en espera de la manifestación del amor de Dios. Y sólo podemos permanecer en él si guardamos los mandamientos.
Muchas veces nos chirria esta demanda de Jesús, porque – equivocadamente -   la palabra “mandamiento” nos remite a la regla, a la norma, a los tribunales. No hay nada más falso, porque el “mandamiento” que Jesús nos ha dado es NUEVO.
No tiene nada que ver con la ley antigua. Lo que Jesús nos dice es: ama a Dios sobre todo y a los demás ámalos como a ti mismo te ama Dios. Este es el nuevo mandamiento de Jesús, en el que nos pide que permanezcamos.

Los “mandamientos”, entonces, no se convierten en una serie de normas que cumplir sino en la manifestación de que somos amados por el Padre y que por eso permanecemos en su amor.
Al cuidar de los hijos, al vestirles y prepararles el desayuno para ir al colegio, no estamos siguiendo el protocolo de la buena madre o del buen padre, no estamos cumpliendo ninguna norma, estamos expresando en lo concreto el hecho de que los queremos y que nos ocupamos de ellos. Estamos simplemente  amando como Jesús nos ama.
A menudo malinterpretamos la palabra “amor”. No es solamente pasión e implicación emocional, perfume de violetas y felicidad infinita, sentirse valioso y buscado por alguien, por la pareja, los hijos, un amigo. Amor también es concreción, cotidianidad, trabajo, fidelidad, pasión…, pero en el sentido de padecer. Justo como ha sabido hacer Jesús que se entregó completamente.
Jesús nos ama hasta la entrega de sí mismo en la cruz. Amar como él nos ama significa entrar en la lógica de la entrega total de uno mismo, sin condiciones. Como lo hace un padre o una madre con sus hijos. Jesús hace lo que dice y nos pide a sus discípulos que hagamos lo mismo. Es un amor total que redime y salva a este mundo egoísta y mezquino.

Dejémonos amar
Se trata de imitar este amor, dejándolo fluir en nosotros, y eso es lo que nos llena de alegría. No es la felicidad vacía de usar y tirar que el mundo nos vende tan caro, sino la alegría que se convierte en convicción, como la de los discípulos que encuentran al resucitado y se convierten a la alegría. Puedo, incluso, tener una vida desdichada y entretejida de dolor, pero llena de la alegría que permanece, porque soy consciente de estar implicado y participando en un gran proyecto de amor.
No se trata tanto de  esforzarnos en imitar a Jesús, sino en dejarnos amar por él y de que su amor se derrame sobre todos.
A menudo interrumpimos el circuito del amor por nuestras lentitudes y cerrazones, por nuestro cansancio y por nuestro pecado.
¡Si lográsemos entender que Dios únicamente nos pide que nos dejemos amar, que nos dejemos alcanzar por su misericordia! Permanecer en su amor, quedar bajo la luz de su presencia.
Y está claro que el amor nos cambia. Si ya lo hace el amor de una persona, ¡imagínate con  el amor de Dios!
Dios no nos quiere porque seamos buenos y amables sino porque, amándonos, nos hace amables y capaces de superar la parte oscura que habita en la profundidad de cada uno de nosotros.

Hijos y frutos
Juan nos llama a ser testigos del amor con los hechos. Ignacio de Loyola decía que “el amor se debe poner más en las obras que en la palabras”. Amar al otro, quienquiera que sea, significa ponerlo en el centro de mi atención, significa dejar que su vida, sus intereses, su modo de ser sea acogido y valorado.
Escuchando esta Palabra y poniéndola por obra, el mundo podría ser, aquí y ahora, una parcela de Reino de Dios en la que, a pesar de nuestras limitaciones, cada uno de nosotros podría encontrarse sinceramente a gusto, gracias al amor.
Ser cristiano significa mirar al otro, quienquiera que sea, a los ojos y decirle: “Te quiero”. A lo mejor no estoy de acuerdo en cómo piensas ni con lo que haces, pero te quiero, deseo tu bien, te ayudo a alcanzar el bien. El amor es una opción consciente y dolorosa, una actitud de fondo, es la honestidad consigo mismo. Una actitud que mueve el mundo.
O la comunidad cristina, aun consciente de sus límites, se deja atraer por el amor de Dios para convertirse en un testigo creíble de ese amor, o nuestra fe se convertirá en una inútil observancia. Si nuestro corazón no quema de amor, el mundo morirá de frío.
            Este amor que fluye en nosotros nos hace descubrir que somos hijos y no siervos. Hijos de Dios, hechos a su imagen precisamente porque somos capaces de amar. Y el amor engendra, da frutos de redención y de vida eterna.

Amar produce fruto en nosotros y a nuestro alrededor y Dios se alegra con nuestra alegría. ¡Seamos pues, hermanos, la alegría de Dios!