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sábado, 30 de junio de 2018

DOMINGO 13º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)


Primera Lectura: Sab 1,13-15; 2,23-24
Salmo Responsorial: Salmo 29
Segunda Lectura: 2 Cor 8,7.9.13-15
Evangelio: Mc 5, 21-43

 La hija de Jairo tenía doce años. Desde hacía doce años la hemorroisa venía padeciendo pérdidas de sangre. Doce es el número de tribus que componían el pueblo de Israel. Marcos nos está diciendo que Israel se ha apagado, exangüe, sin vida, abandonada por sus pastores que se apacientan a sí mismos, y que sólo Dios, en Cristo, es quien le devuelve la vida.
Doce es un número de totalidad, como doce son los meses del año. Marcos hoy nos habla de dos situaciones en las que se describe el máximo dolor, y la total desesperación, como la apoteosis de una tragedia, o como cuando una barca es engullida por la tempestad.
La hemorroisa no sólo es una mujer que haya enfermado y haya visitado, sin resultado, todos los médicos del país, sino alguien cuya condición la hacía impura en Israel; no podía tocar a nadie sin contagiarle su impureza. No tiene vida afectiva ni relaciones sexuales, y quizás no tenga familia ni amistades, porque su condición la hace estar sola.
La mujer se acerca tímidamente, no quiere hacerse notar. No se arriesga a pedir nada al Maestro, ¿cómo podría? Tantos años de soledad la habían convencido de ser un error, de ser pecadora, de ser impura. Le estaba prohibido tocar a nadie porque le transmitiría su impureza.
Pero decide arriesgarse, infringir la ley, y toca a Jesús. Para encontrar Dios, a veces, hace falta superar los esquemas religiosos, a veces hace falta infringir las reglas. Apenas lo roza, acaricia la orla del manto nos dice el evangelio, segura de que el rabí no se daría cuenta.

Potencia
Pero Jesús dice: ¿quién me ha tocado? La mujer queda pálida, los apóstoles se detienen intentando mantener a distancia la muchedumbre. ¿No ves, rabí, que todos te tocan?

Jesús tiene razón: son miles los que se acercan, pero solamente una lo ha tocado. Ha tocado el corazón de este Cristo de Dios, le ha robado la fuerza y se ha curado. ¿No es, tal vez, la enfermedad un desequilibrio de nuestra armonía interior? El Señor se deja robar, y su fuerza da la curación y la salvación a esta mujer que se cree inadecuada, incapaz y condenada. Jesús nos cura en profundidad, nos salva de cada disonancia en nuestra armonía interior.
Jesús continúa su camino y los apóstoles lo miran inquietos, sin enterarse de lo que está pasando. Jesús mira a la mujer con una mirada amplia y profunda, como es la mirada de Jesús cuando elige a los discípulos.
Los demás, la muchedumbre, los apóstoles no saben. El Señor y la mujer sí, saben muy bien lo que ha sucedido. La curación la empuja a salir de su escondite y mostrarse a los demás. Su curación es pública, su purificación está cumplida, y nadie ahora tiene que mantenerla alejada. Como Israel, como nosotros, la mujer ha sido curada en lo más profundo de su existencia.
El discípulo que sigue a Jesús es curado de la dispersión interior en este mundo que nos devora la energía, que nos roba el tiempo y el sentido de la vida, que nos empuja a vivir en la soledad, aunque estemos rodeados de masas de gente.

Hipocresía
Jairo, por su parte, es una persona desesperada: ¿existe un dolor más agudo y desolador para unos padres que de la muerte de un hijo?
Dice el evangelio que la gente sale fuera de la casa de Jairo gritando: la chica ha muerto. Jesús insiste y entra. Ante la muerte la gente sale… y Jesús entra. Dice que la niña duerme. Y la gente se burla de él. ¿Se ríen de él? ¿Cómo es posible? ¿Qué gente es esta que primero grita y llora y un segundo después se ríe de burla? ¿Qué dolor fingido es el que se toma la molestia de denigrar la afirmación de Jesús? Son unos hipócritas, verdaderamente falsos, que pasan de la desesperación a la burla.
Es un dolor de fachada el que tienen, una maldad a duras penas reprimida, una perversa exterioridad. Y Jesús lo sabe. Él, que llorará ante la muerte de su amigo Lázaro, lo sabe, participa, y se deja implicar. Dará la vida por Lázaro… y por cada uno de nosotros. Nuestro Dios no es indiferente al dolor, no finge que sufre, simplemente sufre con los que ama.

Basta que tengas fe
Hace unos días que Jesús les había dicho a los apóstoles asustados: ¿Aún no tenéis fe? y, hoy, a la hemorroisa Jesús le dice: Vete, tu fe te ha salvado, y a Jairo: Basta que tengas fe.
Ésta es la diferencia sustancial entre los apóstoles, que tocan a Jesús sin ningún resultado, y la mujer enferma; ésta es la grieta que se crea entre Jairo y sus parientes cuando se ríen de la fe que, a su parecer, es sólo un insensato toque de buen humor que tiene Jesús...
Pero la fe – que es confianza en el Señor - calma las tempestades interiores; la fe nos cura las heridas interiores; la fe nos resucita y nos salva. Ésta es la reflexión que hace Marcos hoy, y espero que nosotros también la hagamos.

Hermana muerte
La actitud del cristiano frente a la muerte es la fe. La muerte es y permanece como el interrogante más más inquietante sobre el destino humano,  y también sobre la posibilidad de la verdadera bondad de Dios. Si Dios es bueno, ¿por qué la muerte? Jesús ha venido a también darnos una buena noticia sobre la muerte.
Como nos desvela la espléndida página del libreo de la Sabiduría que hemos escuchado, nuestro Dios es un amante de la vida. Nosotros creemos que hemos sido creados inmortales, y que estamos en las manos de Dios. Esta vida, que vivimos con todas sus limitaciones, la vivimos proyectada en el futuro como una plenitud. El dolor de la separación, de la muerte, nos lo presenta el apóstol Pablo como los necesarios dolores de un parto que da a la luz una nueva criatura.
Este Dios tierno que levanta a la hija de Jairo - ¡Talitha qum! - es el que tiene para nosotros un destino de vida y resurrección. ¿Nos basta con esto? De verdad que no lo sé. No sé si les basta a tantos “jairos” a quienes se les ha muerto un hijo.
Mendigamos certeza y salvación, seguridad, y la fe es sólo un débil candil para atravesar un mar en tempestad. No nos queda más que confiar, hermanos, confiar contra toda desconfianza, fijándonos en el Hijo de Dios que nos levanta de todas las tinieblas, incluidas las de la muerte. ¡Talitha qum!  ¡Levántate, niña!
Consideremos también tantas muertes interiores de las que tenemos que resucitar. La niña de Jairo es señal de la autenticidad, de la decencia y la honestidad, que a menudo yace inmóvil en nuestra vida; son demasiadas desilusiones, demasiados cansancios, como para ser aún optimistas. ¿De qué muertes interiores tenemos que resucitar? Lo único que el Señor Jesús nos pide, para tener una vida nueva en Él, es que tengamos fe. ¡Talitha qum!