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viernes, 12 de junio de 2015

SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS (Ciclo B)


 Primera Lectura: Os 11, 1b.3-4.8c-9
Salmo Responsorial: Is 12, 2-3.4.6
Segunda Lectura: Ef 3, 8-12.14-19
Evangelio: Jn 19, 31-37


Celebramos hoy la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, una fiesta que, aparentemente, tiene un sabor devocional pero que esconde, en realidad, una gran verdad:  la inmensa medida del amor de Dios.
¿Puede decirnos algo todavía una imagen muy improbable de Jesús con ojos claros y bucles en el pelo, abriendo su capa y dejando vislumbrar un corazón del que salen dardos luminosos? ¿No es ésta la imagen de una devoción decimonónica que nos hace subir la diabetes en el alma? ¿Qué nos dice esta fiesta en el siglo XXI?
Despojada de sus connotaciones culturales e históricas, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús nos revela una gran verdad: en el centro de nuestra vida, de nuestra fe, de nuestro camino interior está el amor de Dios. El amor es el centro; es lo que nos dice la fiesta de hoy. El centro de nuestra vida y de nuestra fe no es una legítima tradición histórica, no son nuestros razonamientos, no son las conveniencias, no los fundamentos éticos.
Cada uno de nosotros se hace su idea de Dios, mezclando cosas que ha oído, convicciones personales, experiencias más o menos positivas, el instinto, la cultura, el último artículo sensacionalista sobre la Iglesia y el Vaticano, la transmisión muy poco crítica sobre presuntos milagros... ¡Qué sé yo…!
Y, claro… ¡así se dicen las tremendas cosas que se oyen por ahí! Dan ganas, a veces, de interrumpir a alguien y decirle: “¡Oye, el Dios en el que crees es terrible y espantoso! ¿Por qué no lo dejas y te decides a creer de verdad en el Dios de Jesucristo?”
Para mucha gente, Dios es ni más ni menos que un bribón al que hay que respetar, sí, pero también alguien al que hay que evitar. ¡Pobre Dios! No debe ser fácil tener que vérselas con nosotros. Tenemos que reconocerlo con honestidad: también es culpa de nuestro cristianismo haber pintado a Dios de un modo terrible, como un Dios juez despiadado, al que hay temer y respetar. Jesús, en cambio, nos desvela el rostro de un Padre que escudriña el horizonte para esperar al hijo que se ha ido, un pastor que busca durante horas a la oveja perdida, el médico que ha venido para curar, el que, incluso pudiendo, no juzga a nadie. Todavía tenemos que mucho camino hacer, amigos, para convertir nuestro corazón a la asombrosa medida del amor del Corazón de Jesús.
            Si creemos en Dios, si hemos visto y creído en el amor del Padre, descubrimos que es sólo él quien nos empuja a creer y a luchar para dejar que sea el amor el que domine nuestra vida y nuestra fe, algo que no pueda darse por descontado, sino que pide una continua conversión, una opción, que a veces resulta dolorosa. Como la de nuestro Maestro y Señor que muestra la medida de su bondad muriendo en la  cruz.
Es lo que Cristóbal Fones, un jesuita chileno, canta en la canción que escucharemos en la comunión:
Quiero hablar de un amor infinito
que se vuelve niño frágil,
amor de hombre humillado.
Quiero hablar de un amor apasionado.
Con dolor carga nuestros pecados
siendo rey se vuelve esclavo,
fuego de amor poderoso.
Salvador, humilde, fiel, silencioso.
Amor que abre sus brazos de acogida,
quiero hablar del camino hacia la vida,
corazón paciente, amor ardiente.
quiero hablar de aquel que vence a la muerte.
Quiero hablar de un amor generoso,
que hace y calla, amor a todos
buscándonos todo el tiempo,
Esperando la respuesta, el encuentro.
Quiero hablar de un amor diferente,
misterioso, inclaudicable,
amor que vence en la cruz.
Quiero hablar del corazón de Jesús.


Hermanos, dejémonos alcanzar hoy por su amor que no pone condiciones, que no pesa, que no chantajea, un amor libre como sólo Dios sabe proponernos en el sagrado corazón de Jesús. Que así sea.