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domingo, 20 de septiembre de 2015

DOMINGO 25º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)


 Primera Lectura: Sab 2, 12.17-20
Salmo Responsorial: Salmo 53
Segunda lectura: Sant 3, 16 - 4, 3
Evangelio: Mc 9, 30-37

Por el camino corremos el riesgo de desorientarnos y de perder la dirección correcta. Es comprensible: hay pocas indicaciones, mucho tráfico interior, obstáculos visibles… Y, sobre todo, apuro en pedir información. Además, muchos responden al azar, indicando sitios en los que nunca han estado. Y lo hacen con tal descaro y convicción que parecen creíbles.
Démonos, si no, una vuelta por la red, o leamos en algún periódico sobre un tema del que conozcamos bien los matices. Descubriremos que todos los participantes y tertulianos facilitan claves de lectura que desorientan y desconciertan, sin ir a lo esencial, y muchas veces con claro desconocimiento de la materia.
Así pasa en la vida: si preguntamos a alguien dónde se encuentra la felicidad, corremos el riesgo de acabar en un vertedero. Siempre ha existido gente confusa que quiere arrastrar a los demás a la confusión; es obvio.
Ya lo decía el libro de la Sabiduría, que fue escrito en griego en la pagana Alejandría, para reforzar la fe de la numerosa comunidad judía allí presente. Mirados con suficiencia por las nuevas modas, burlados por los judíos que abrazaron el paganismo, los que permanecían fieles se sentían inquietos por las cosas que oían. El autor del libro sagrado lo tenía muy claro: creer es una elección libre, es andar en una dirección, es algo que cuesta trabajo pero que merece la pena.
Hoy Santiago nos dice que combatiendo la parte oscura, el ansia, la violencia que está en nosotros, es como podemos encontrar la verdad. ¿De dónde esas guerras y de dónde esas luchas entre vosotros? ¿No será precisamente de esos apetitos agresivos que lleváis en el  cuerpo? Deseáis y no obtenéis, sentís envidia y despecho y no conseguís nada; lucháis y os hacéis la guerra, y no obtenéis, porque no pedís; o sí pedís, no recibís, porque pedís mal, para satisfacer estos apetitos.
Es lo que nos ocurre, a cada uno de nosotros, en estos tiempos difíciles y el riesgo es aflojar. O, peor, hacer caso a los muchos pesimistas que, desencantados de la vida, parecen gozar haciendo prosélitos de la nada.
Como los discípulos del evangelio de hoy.

El camino
Por segunda vez Jesús nos habla de cruz, de muerte y de resurrección.
Su voluntad de entrega es total. Dios se entrega sin límites y desea más que ninguna otra cosa desvelar su rostro a las personas, aunque éstas lo rechacen. Jesús está motivado y decidido: no está dispuesto a ceder a compromisos y apaños, no está dispuesto a comerciar con el verdadero Dios, aunque eso le lleve a la muerte.
Los discípulos están atónitos, como ya le había ocurrido a Pedro, aunque lo había proclamado Mesías. No entienden absolutamente nada de lo que está hablando el Señor.
La razón de esta incomprensión es evidente: están todos concentrados en establecer sus papeles, en apañarse una poltrona, en conseguir los máximos beneficios. Están demasiado plegados sobre ellos mismos para darse cuenta del Señor.

Y Jesús, el inmenso Jesús, este Dios paciente y misericordioso, una vez más se pone a un lado, no piensa en su propio dolor y les enseña: “entre vosotros no debe ser así.”
Qué emoción y qué tristeza, amigos. Tristeza, sí, porque los apóstoles se nos parecen, somos iguales que ellos también en esta mezquindad insostenible.
Todos buscamos la gloria, aunque sea empujando, aunque sea pisando a los demás, hasta convertir en normalidad la barbarie que nos está invadiendo. También en la Iglesia.

Lógicas
Llevamos impresa en el corazón la lógica del mundo.
También en la Iglesia necesitamos una continua purificación y una conversión. Y no pensemos sólo en lo exterior, en los privilegios, en los honores, que son una pesada herencia de un pasado que tenemos que respetar en todo caso, aunque deba ser reducido a lo mínimo.
La lógica del mundo entra en nuestras parroquias y comunidades, cuando medimos la eficacia pastoral con criterios y métodos de economistas.
O cuando, santamente, nos metemos cuchilladas, espirituales ¡claro!, para hacer prevalecer nuestro punto de vista sobre los otros. ¡O lo que es más horrible!, cuando concedemos patentes de ortodoxia, excomulgando a quien no nos cae bien, o no piensa como nosotros.
No es raro ver comunidades cristianas divididas entre los partidarios de un cura o de otro, entre unos catequistas o educadores y otros, entre unas asociaciones o movimientos y otros.
Hermanos, es dentro de nosotros donde está el ansia y las pretensiones, siempre. Jesús, sentado, como hacían los rabinos dispuestos para enseñar, nos ofrece la solución: convertirse en niños. Cogiendo a un niño, lo puso en medio, lo abrazó y dijo: “El que acoge a un chiquillo como éste en mi nombre, me acoge a mí”.

Niños
¿Son los apóstoles “Príncipes de la Iglesia”?
No, son pobres pecadores, pobres y mezquinos, como cualquiera de nosotros. En sus fragilidades descubrimos las nuestras, en sus pequeñas miserias se reflejan las nuestras y nos da vergüenza de ello.
Es al Maestro al que tenemos que mirar, no a nosotros, no a nuestras reivindicaciones eclesiales, no a nuestra manía de comparar para localizar al que tiene un carisma más eficaz.
La Iglesia no es la comunidad de los perfectos sino de los perdonados, no lo olvidemos nunca.
Los apóstoles pagarán un caro precio por su presunción: ante el escándalo de la cruz y ante su miedo encontrarán la autenticidad de su corazón y – al final - se convertirán en personas capaces de amar.
Hermanos, que entre nosotros no sea así. Fijémonos en los niños que lo  esperan todo de los adultos, que se fían, que esperan. No se trata de hacernos infantiles, sino transparentes y limpios, deseosos de ser cogidos en brazos por Dios, hacernos capaces de ver la luz, la belleza y el juego en cada acontecimiento de la vida.

Seamos niños en el corazón y en el juzgar las cosas; seamos adultos en las acciones y en la fuerza de amar. Cómo Cristo. Que así sea.