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domingo, 15 de noviembre de 2015

DOMINGO 33º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)


 Primera Lectura: Dn 12, 1-3
Salmo Responsorial: Sal 15
Segunda Lectura: Heb 10, 11-14.18
Evangelio: Mc 13, 24-32

Estamos a punto de concluir el año litúrgico; dentro de poco despediremos a Marcos y su evangelio para iniciar, junto con Lucas, un nuevo recorrido en preparación de la Navidad. Pero antes, Marcos nos invita todavía a una reflexión incómoda y comprometida.
En estos tiempos en que todos estamos ocupados en sobrevivir, la Iglesia se atreve a pedirnos ir más allá, a no pararnos a una visión pequeñita y autorreferencial de nuestra vida.
Hoy la Palabra de Dios nos orienta en una dirección difícil y comprometida, nos invita a mirar hacia adelante, hacia otro lugar y con otra mirada.

Crisis
La comunidad de Marco estaba en dificultad. En la década de los 60 del siglo I ayuda a comprender lo que dice el texto de este domingo.
- El año 61 hubo un gran terremoto en Asia Menor que destruyó doce ciudades en una sola noche
- El 63 hubo un terremoto en Pompeya y Herculano, distinto de la erupción del Vesubio el año 79.
- El 64 tuvo lugar el incendio de Roma, al parecer decidido por Nerón y del que culpó a los cristianos.
- El 66 se produce la rebelión de los judíos contra Roma; la guerra durará hasta el año 70 y terminará con el incendio del templo y de Jerusalén.
- El 68 hubo otro terremoto en Roma, poco antes de la muerte de Nerón.
- El 69, profunda crisis a la muerte de Nerón, con tres emperadores en un solo año (Otón, Vitelio y Vespasiano).
 En la mentalidad apocalíptica, terremotos, incendios, guerras, disensiones son signos indiscutibles de que el fin del mundo es inminente. El imperio romano atravesaba una crisis profunda, pareciendo estar en disolución. La situación era muy parecida a la que estamos viviendo, una situación de final de sistema, de transición de época. Algunos exegetas incluso creen que Marcos reabrió su obra, ya concluida, para insertar un capítulo nuevo, el decimotercero, redactado precisamente para alentar a los discípulos.
El lenguaje es el habitual en tiempo de Jesús, hecho de imágenes enigmáticas y de hipérboles, no para tomarlo al pie de la letra sino para ser interpretado correctamente. Es un mensaje de esperanza que no quiere asustar sino alentar: caerán las estrellas, es decir los astros venerados por las religiones paganas. La pequeña fe cristiana, en cambio, está protegida por su Señor y no tiene que nada temer.
¿Qué sucederá mañana? ¿Cómo va a acabar la Historia? ¿Qué será de nosotros?
Muchas predicaciones, más bien medievales, y películas de “serie B” nos representan el fin del mundo como un delirio de llamas y destrucción, como un juicio final hecho de calima y de miedo.
No es así. Nosotros creemos que Cristo, resucitado y ascendido al Padre, volverá en la plenitud de los tiempos, volverá para completar su Reino, las almas de nuestros difuntos retomarán los mismos cuerpos transfigurados y renacidos y eso será la plenitud. Entretanto – y esto es verdaderamente doloroso – el simpático de Dios nos ha confiado, a esta frágil Iglesia, la tarea de hacer crecer su Reino en esta tierra.

San Pablo se preguntaba por qué Cristo tardaba tanto, teniendo en cuenta la fuerte tensión que había en las comunidades por la vuelta del Señor, que no acababa de llegar. Su apasionada respuesta era: si Cristo es el jefe, la cabeza, y nosotros somos los elementos del cuerpo, él volverá únicamente cuando todo el cuerpo esté desarrollado y dispuesto.
Éste tiempo de espera es el tiempo de la Iglesia. No el tiempo de permanecer sentados esperando, como está sucediendo, sino el tiempo de anunciar el Evangelio, hasta que el Señor vuelva.
Una corriente del pensamiento hebreo contemporáneo invita a todos, también los no judíos, a comportarse con rectitud, para acelerar la llegada del Mesías, para nosotros sería el retorno de Cristo.
¿No es una razón suficiente para cambiar el mundo a partir de nosotros mismos?

En otro lugar
Jesús nos lo recuerda: la construcción del Reino no es para nada sencilla, no es un paseo glorioso, es ser trastocado por el Evangelio y comenzar el camino del discípulo que significa entregarse a una actitud de cambio permanente, de trabajo al afrontar las contradicciones de uno mismo y del mundo. El Reino de Dios padece violencia y dificultad, no se muestra simplemente en concentraciones masivas y oceánicas, ni en obras extraordinarias o fenómenos espectaculares, mágicos o fuera de lugar, ni siquiera en la admiración de un Papa maravilloso.
El Reino de Dios se expande en medio de los signos de contradicción, de la fatiga entre el “ya pero todavía no”, alejándonos de la lógica empresarial del éxito medible que, desgraciadamente, a veces también se introduce en la lógica eclesial.
En la narración del evangelio, los ángeles reúnen a los discípulos de los cuatro rincones de la tierra: los que afrontan con serenidad la construcción del Reino de Dios son reunidos y sostenidos. Sólo la Palabra del Dios y la certeza de haber experimentado al Señor, o de haber intuido su presencia, nos hace ir adelante entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios.
Es una señal de inmenso consuelo, ver cuánto bien el Señor está  haciendo en muchos corazones y de cómo la Palabra de Dios es ya luz para muchas parejas, para muchos buscadores de Dios, y consuelo para los derrotados.
Es mirar de otro modo a nuestro alrededor, y fuera de nuestro pequeño mundo, y descubrir que hay un modo diferente de ser Iglesia, aun extraviados en nuestras ciudades, a menudo sin ningún punto de apoyo al que agarrarse. La Palabra del Dios que no pasa nos dice que el Señor está a la puerta y que nos pide entrar en nuestra casa.

Con otra mirada
Sin embargo parece que el hombre esté concentrado en destruir su propio futuro, ignorando las llamadas de la naturaleza, haciendo prevalecer la lógica del provecho a cualquier coste, acentuando las diferencias y convirtiéndolas en divisiones y odios políticos, raciales o religiosos. Y no sólo en el París de nuestros días, sino también en Siria, Líbano, o tantos países de América, África o Asia; pero resulta que lo que no nos afecta de cerca nos importa menos, y lo lejano o desconocido lo ignoramos.
El fin del mundo lo vamos construyendo día a día y, a menudo, lo vivimos como un acontecimiento ineludible, y con un creciente fatalismo no hacemos otra cosa que ampararnos en una vida privada miope y de respiración corta.
Estamos llamados, en cambio, a remangarnos y hacer presente este Reino de Dios no plenamente realizado, estamos llamados a convertirnos en profetas de conversión y esperanza, no en tristes profetas de desdichas.
El mundo nos precipita en la nada, pero es en los brazos de Dios y de su Palabra - que es refugio y que permanece para siempre - donde la Iglesia tiene su agarradero para leer la historia y para ver el Reino que avanza.
No es fácil verlo, es obvio. Pero hay muchas personas, muchas realidades de Iglesia, de las parroquias enormes de las grandes ciudades, o de las dispersas por pueblos y aldeas, en las que hay comunidades dinámicas y comunidades dormidas, con la tradición y la innovación mezcladas, con fatiga y con esperanza, con profecía y con lentitud. No es fácil verlo, pero se ve. Se ve la obra extraordinaria que el Señor cumple en cada uno de nosotros.
En ello está empeñada la Iglesia, y hoy celebramos el Día de la Iglesia Diocesana con el lema “Una diócesis al servicio de la misericordia”. En una diócesis como la de Santiago de Compostela, la cercanía a los más pobres y necesitados, a los excluidos y desfavorecidos, está indisociable unida a la acogida de los miles de peregrinos que caminan por la ruta jacobea para llegar a abrazar al apóstol Santiago. Esta doble vertiente es la expresión visible y tangible del rostro misericordioso de la Iglesia que, a través de las obras de misericordia -corporales y espirituales- quiere transparentar el corazón de Dios.
El compromiso de la Diócesis de Santiago con la sociedad pasa por la convicción de que nadie puede quedar descartado ni abandonado. Y que la promoción humana camina, como los peregrinos, con una mirada sobrenatural que no se olvida de tener los pies en la tierra.
Si nos rendimos a la Palabra de Dios y su caridad, a pesar de la fatiga, del dolor, de la lógica del mundo todavía instalada en nuestros corazones y en nuestros juicios, veremos al Espíritu que avanza y que le dice a la Iglesia su esposa: ¡ven!

¿No lo veis también vosotros?