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martes, 31 de octubre de 2017

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS


Primera lectura: Ap 7,2-4.9-14
Salmo responsorial: Salmo 23
Segunda lectura: 1Jn 3,1-3
Evangelio: Mt 5, 1-12a

Hoy la Iglesia celebra en una única fiesta la santidad que Dios derrama sobre las personas que confían en él. ¡Una fiesta extraordinaria, que hace crecer en nosotros el deseo de imitar a los santos en su amistad con Dios! 
  ¡Qué bonito convertirse en santo! Ciertamente no por las imágenes y los devotos que encienden cirios a sus pies.... Sino porque llegar a ser santo significa realizar el proyecto que Dios tiene sobre nosotros, significa convertirse en la obra maestra que él ha pensado para nosotros. Dios cree en nosotros y nos ofrece todos los elementos para convertirnos en santos, como él es Santo. Sólo Dios es Santo, pero desea compartir esta santidad con nosotros.
Hoy es la fiesta de nuestro destino, de nuestra llamada. La Iglesia en camino, hecha de santos y pecadores, nos invita a fijarnos en la verdad profunda de cada persona: tras cada mirada, dentro de cada uno de nosotros, se esconde un santo en potencia. Cada uno de nosotros nace para realizar el sueño de Dios y nuestro puesto es insustituible en este mundo.  
El santo es el que ha descubierto este destino y lo ha realizado; mejor aún: se ha dejado hacer, ha dejado que Dios tome posesión de su vida.  
 
Santidad
La santidad que celebramos es la de Dios y, acercándonos a él,  primero somos seducidos y después contagiados. La Biblia a menudo habla de Dios y de su santidad, de su amor perfecto, de equilibrio, de luz, de paz. Él es el Santo, el totalmente otro, pero la Escritura nos revela que Dios desea fuertemente compartir la santidad con su pueblo. 
 El Papa Francisco nos dice que “antes que nada debemos tener muy presente que la santidad no es algo que nos procuramos nosotros, que obtenemos nosotros con nuestras cualidades y nuestras capacidades”.
“La santidad es un don, es el don que nos hace el Señor Jesús, cuando nos toma consigo y nos reviste de sí mismo, nos hace como Él”.
La santidad “no es una prerrogativa solo de algunos: la santidad es un don que se ofrece a todos, nadie está excluido, por eso constituye el carácter distintivo de todo cristiano”. No consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias, como diría santa Teresa de Lisieux.
Dios ya nos ve santos, ve en nosotros la plenitud que podemos alcanzar y que ni siquiera nos atrevemos a imaginar conformándonos con nuestras mediocridades.  
No hay mayor tristeza que la de no ser santos. Porque lo santo es todo lo que de más bello y noble existe en la naturaleza humana; en cada uno de nosotros existe la nostalgia de la santidad, de lo que somos llamados a ser: escuchemos esa llamada, esa nostalgia. Saquemos a los santos de las hornacinas de la devoción en las que los hemos desterrado y convirtámoslos en nuestros amigos y consejeros, en nuestros hermanos y maestros, repongámoslos en la cotidianidad de nuestra vida, escuchémoslos cuando nos sugieran el recorrido que nos lleva hacia la plenitud de la felicidad. Los que han vivido a Dios en su totalidad desean vivamente que también nosotros experimentemos la inmensa alegría que ellos han vivido.  
Los santos no son personas extrañas, hombres y mujeres macerados en la penitencia sino discípulos que han creído en el sueño de Dios.  
Los santos no son personas que hayan nacido predestinadas, sino hombres y mujeres como nosotros, que se han fiado y dejado hacer por Dios.  

Los santos no son pequeños operadores de prodigios: el mayor milagro de sus vidas es su continua conversión.  
Los santos no son perfectos e impecables, sino que han tenido el ánimo, que a menudo nosotros no tenemos, de volver a empezar después de haberse equivocado.  
Los santos no son solitarios sino todo lo contrario: después de haber conocido la gloria y la belleza de Dios, no tienen más deseo que compartirla con nosotros.  
Pidamos a los santos una ayuda para nuestro camino: que Pedro nos dé su fe rocosa; Francisco, su perfecto regocijo; Pablo, el ardor de la fe; Teresa de Lisieux, la sencillez de la entrega al Señor; Ignacio de Loyola, su espíritu de discernimiento para hallar a Dios en todas las cosas; Javier, la intrepidez misionera; y así tantos otros… ¡Así, juntos, nosotros aquí en la tierra y ellos que ahora están colmados de gracia, cantemos la belleza de Dios en este día que es nostalgia de lo que podremos llegar a ser, con sólo creer, con sólo fiarnos de Él!  
 
Ser santos ya  
¿Y nosotros? Si la santidad es el modelo de la plena humanidad, ¿por qué no alcanzamos este objetivo?  
Santo es cualquiera que deja que Dios llene su vida hasta convertirla en un regalo para los otros.  
Celebrar a los santos significa celebrar una Historia alternativa. La historia que estudiamos en la escuela, la historia que llega dolorosamente a nuestras casas, hecha de violencia y prepotencia entre unos y otros, no es la verdadera Historia. Entretejida y mezclada con la historia de los poderosos, existe una Historia diversa que Dios ha inaugurado: su Reino de justicia, de amor y de paz.  
Las Bienaventuranzas nos recuerdan con fuerza cuál es la lógica de Dios. Una lógica en la que se percibe claramente la diferencia entre la mentalidad de Dios y la de los hombres: los bienaventurados, los que viven ya desde ahora la felicidad, son los mansos, los pacíficos, los limpios de corazón, que viven con intensidad y entrega la propia vida como los santos.  
Este reino que Dios ha inaugurado y que nos ha dejado en herencia, depende de nosotros hacerlo presente y operante cada día en nuestro tiempo.  

Dejemos, hoy, que sea la parte más auténtica de nosotros la que prevalezca, la que crezca, la que tome el mando en nuestras vidas. Y pidamos a los santos, a los que están en el calendario y a los otros muchos que se agolpan en el Reino de Dios, que nos ayuden a creer, a apoyarnos en la esperanza, a enseñarnos a querer como ellos lo han sabido hacer. ¡Que nuestra vida se convierta en transparencia de Jesús, el Señor, el único camino hacia Dios!  Que así sea.