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domingo, 31 de mayo de 2015

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Ciclo B)


Primera lectura: Dt 4, 32-34. 39-40
Salmo Responsorial: Salmo 32
Segunda lectura: Rom 8, 14-17
Evangelio: Mt 28, 16-20

Es peligroso el Espíritu. Él es capaz de hacer de los miedosos unos intrépidos. Y de los pendencieros una concordia.
Se podría hacer una solemne novena al Espíritu Santo, para volver a dar aliento a nuestra gente en España; aturdidos unos y pendencieros otros, partidistas unos y acomodaticios otros, y así recordarnos qué es lo esencial y qué es lo folklórico.
Y además yo pediría al Espíritu sacar a patadas a la Iglesia cuando se retira en sus cómodos despachos y cenáculos, dicho sea esto con todo cariño. Y tal vez, ya que estamos en ello, sacarnos a patadas también a nosotros por nuestro conformismo.

Curas matemáticos
También necesitamos al Espíritu para comprender la Trinidad. Obvio. Y no unos abstrusos cálculos teológicos. Recordáis cuando éramos críos los curas de entonces intentaban explicarnos la Trinidad dibujando un triángulo equilátero y usando la imposible suma: 1+1+1=1 ¡creando un conflicto incurable entre ciencia y fe! Si a ello añadimos la connatural simpatía de los niños por las matemáticas, imaginaros el resultado...
Para afrontar el misterio de la Trinidad nos ayuda más la poesía que las matemáticas, más la música y la emoción que la teología.
¿Qué os parece imaginar esta fiesta como una zambullida en el agua, como un espectacular salto en picado en mar profundo y sereno?

Splash
Así, hoy, nos zambullimos en el misterio de Dios. Ahora y sólo ahora, después de haber recibido el Espíritu en Pentecostés, podemos hablar de Dios.
Pero ojo, no del dios que tenemos en nuestra cabeza sino del Dios que ha nos ha venido a contar Jesús; no del dios razonable e inocuo de nuestras reflexiones – modernas o antiguas -, o del de las modas sincretistas, tan difundidas hoy, sino del Dios escandaloso e inimaginable de Jesús;  no del dios tranquilizador y conservador de quien reduce la fe al culto y las devociones, sino del Dios sorprendente que la Iglesia ha acogido y anuncia.

domingo, 24 de mayo de 2015

DOMINGO DE PENTECOSTÉS (Ciclo B)


 Primera lectura: Hch 2, 1-11
Salmo Responsorial: Salmo 103
Segunda lectura: Gal 5, 16-25


El Señor nos ha dicho y nos ha dado todo: nos ha desvelado el verdadero rostro del Padre, él nos alienta y está para siempre con nosotros, hasta al final.
Ha comenzado el fatigoso tiempo de la Iglesia, servidora del evangelio, incoherente y frágil porque está hecha de hombres y mujeres incoherentes y frágiles. Y no pensemos en los otros, sino en nosotros mismos. Incoherentes y frágiles transfigurados porque somos discípulos, buscadores del Señor, hambrientos de su luz y su verdad.
Leyendo la historia con una mirada profunda, auténtica, espiritual, reconocemos que esta indisoluble alianza entre Dios y nosotros no se ha debilitado jamás. A pesar de nosotros los cristianos, a pesar de nuestras debilidades e incoherencias, el Señor sigue siendo anunciado por la Iglesia desde hace dos mil años.
Es verdad que todos tenemos de qué lamentarnos y también razones para empezar la habitual letanía de cosas que no van bien en la Iglesia, de la misma manera que podemos quejarnos del entrenador de fútbol o, como hoy día de elecciones, nos quejamos del político de turno. La diferencia es que ningún campeonato ni ningún superpresidente nos pueden dar la salvación.
Además no creo que sea necesario que nadie reniegue de su madre porque lleva un vestido que no nos gusta...
Además, cuantos más cristianos han tratado de manipular el evangelio, de trastocarlo, de renegarlo, mucho más el Espíritu ha suscitado escuadras de santos para mantener a flote la barca.
Es el Espíritu el que construye la Iglesia, el que la mantiene anclada a su Señor, el que la espabila, el que la dirige, el que la envía, el que la anima y reanima constantemente. El Espíritu, es el primer regalo que el Señor hace a los  creyentes.
  
Discípulos
El camino interior que vamos haciendo como discípulos nos dice una sencilla verdad: que la fe es un acontecimiento dinámico, no estático; que nos hace falta toda la vida para aprender a creer. Los mismos apóstoles, muy convencidos de haber entendido todo, después de tres años de enseñanzas quemadas al pie de la cruz, demuestran, unos instantes antes de la ascensión de Jesús al cielo, que no entendieron nada.
Sueñan con un reino terrenal, dirigido personalmente por Jesús.  Jesús, en cambio, les pide que sean ellos los que hagan presente y actual el Reino de Dios en esta tierra. Que lo hagan presente y actual, amándose.
La fe está en continua evolución, Jesús nos ha dicho y dado todo, y nosotros nos cansamos, y mucho, en seguirle.
La Iglesia vive en una continua tensión entre la conservación del mensaje de Jesús y la fuerza detonante de su interpretación y actualización continua.
Hoy el propio Jesús nos impacta: “Tengo que deciros todavía muchas cosas, pero de momento no sois capaces de llevar todo su peso.”
No lo sabemos todo, no hemos llegado al final, somos discípulos para siempre, alumnos permanentes en la fe, como niños que crecen captando la inmensa grandeza y complejidad la Revelación.
¿Estamos aún dispuestos a crecer? ¿A cambiar nuestras opiniones? ¿A convertirnos?

Él os conducirá
Consciente de la fragilidad y torpeza de los suyos – y de nosotros - Jesús nos regala su Espíritu, el que nos va a conducir al conocimiento de toda la verdad; porque corremos el riesgo tantas veces de pararnos en la verdad parcial, en nuestras pequeñas verdades, también en la fe. A través de un creciente camino de iluminación interior y de conciencia, invocando con fuerza al Espíritu y dejándonos guiar, podremos pasar a través de una mayor conciencia de la verdad hasta a llegar, a la verdad completa: que no es otra que Dios es amor, ternura continua, compasión, bien absoluto, Maestro de humanidad, perdón y luz, paz y fidelidad completas.

domingo, 17 de mayo de 2015

ASCENSIÓN DEL SEÑOR (Ciclo B) - Domingo 7º de Pascua


Primera lectura: Hch 1,1-11
Salmo Responsorial: Salmo 46
Segunda lectura: Ef 4, 1-13
Evangelio: Mc 16, 15-20

El punto álgido que señala la diferencia no está entre el Jesús resucitado y el Jesús ascendido, sino entre Jesús antes y Jesús después de la resurrección.
El Jesús “antes”, el que ha paseado a lo largo de las verdes colinas de Galilea, el que ha predicado en Jerusalén, el que ha muerto, es el mismo Cristo resucitado con el que sus discípulos se han encontrado y que siempre han proclamado y proclaman resucitado.
Desde este punto de vista, el tiempo litúrgico pascual pone juntas las fiestas de Resurrección, Ascensión y Pentecostés como el tiempo del resucitado, el tiempo en el que  reconocemos a Jesús como el Señor de nuestras vidas, el tiempo en el que podemos acceder a Dios de un modo diferente, porque ahora Dios está en el cuerpo transfigurado de un hombre. Pero el tiempo pascual es también el frágil tiempo de la Iglesia, el tiempo de nosotros, discípulos de Cristo que profesamos nuestra fe, esperando la vuelta del Señor en la gloria.
Todo esto es lo que hoy celebramos, con la alegría de saber que Jesús está presente para siempre. Está presente en nuestra indisimulada e infantil nostalgia de su presencia física. Está presente en nuestro temor de tener en nuestras manos el ser testigos del Evangelio.

Presencia
Marcos, el primer evangelista en haber escrito un evangelio, sintetiza la Ascensión con solemnidad, para indicar que, ahora, podemos encontrar la presencia del Señor ante todo en la experiencia de la Iglesia, en la experiencia de la comunidad cristiana.
A esta Iglesia, aquí y ahora, Jesús le confía una tarea importante: id a todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura.
No solamente a los seres humanos, sino a toda criatura, como si la creación entera necesitara la buena noticia. A toda criatura, también a quien parece haber perdido la humanidad que debería caracterizarnos como personas. Estamos llamados a anunciar el Evangelio, la buena noticia de que Cristo es la imagen del Padre, que nos ha revelado quién es realmente Dios y quiénes somos nosotros. ¡De cuántas “buenas noticias” tenemos necesidad, especialmente en estos tiempos!
Nosotros como Iglesia estamos llamados a levantar la mirada a lo alto y además, a fijar nuestra atención en la esperanza de un mundo renovado en Cristo.
No como un Reino terrenal, como ingenuamente algunos discípulos esperan todavía, tanto entonces como hoy, sino con la conciencia de que en este mundo estamos llamados a hacer presente al Señor en nuestra comunidad como avanzadilla de la plenitud del Reino de Dios. A nosotros el Señor nos confía el Evangelio, como un tesoro custodiado en frágiles macetas de barro, a nosotros el Señor nos pide hacerlo presente, más allá y dentro de nuestras contradicciones.

Señales
A Jesús resucitado se le reconoce por medio de las señales de su presencia en la vida cotidiana: en la voz para María Magdalena, en las vendas para Pedro y Juan, en el pan partido para dos de Emaús, en los peces para los discípulos a Cafarnaúm.
Jesús resucitado es reconocido en el trabajo de sus discípulos mediante signos. Son señales concretas, ciertamente, pero también y sobre todo son signos que hay que leer en clave espiritual.

domingo, 10 de mayo de 2015

DOMINGO 6º DE PASCUA (Ciclo B)


Primera lectura: Hch 10, 25 -27.34-35.44-48
Salmo Responsorial: Salmo 97
Segunda lectura: 1 Jn 4, 7-10
Evangelio:  Jn 15, 9-17

Jesús Resucitado continúa su catequesis pascual, después de haber utilizado la imagen de la vid y de los sarmientos del domingo pasado.
Y la reflexión de hoy es de altos vuelos: Jesús nos habla de amor, de alegría, de plenitud. Si no estuviéramos anestesiados por la rutina estas palabras nos harían vibrar hasta el infinito ¡Cuánta fuerza nos darían!
A lo largo de la vida me he encontrado con muchas personas, he escuchado infinidad de historias, he dado consejos, he orado con ellas y por ellas. Y de todo ello saco la certeza de que el corazón humano desea solamente una cosa: amar y ser amado.
Incluso en la persona más dura y más fría, más herida y más desesperada, más pesimista y más frágil, el deseo de dar y recibir amor subyace en cada opción que hacemos, en cada dolor que sufrimos.
Deseamos amar y ser amados y sufrimos porque no logramos amar y ser amados como quisiéramos. O como pensamos de deberíamos ser amados. Todos buscamos la felicidad, todos deseamos, quién más, quién menos, ser queridos.
Bueno, pues hoy la Palabra de Dios nos habla de amor.

Vivir en lo concreto
El primer mensaje del evangelio de hoy es sencillo: dejémonos amar.
Todo el evangelio conduce a esta única y desarmante verdad: somos amados por Dios que nos ha querido, pensado, y por eso mismo somos preciosos a sus ojos.
No es fácil creer esto, ya lo sé: muchas personas están viviendo experiencias de mediocridad, de dolor y de soledad. El mundo sólo nos quiere si tenemos que algo dar, y muchas veces se muestra muy mezquino. Sin embargo Dios nos quiere no porque seamos majos y amables, sino porque nos ha creado por amor. De modo que toda nuestra existencia no consiste más que en descubrirnos queridos, porque Dios no puede más que en darnos su amor.
Y cuando hemos descubierto que somos queridos, Jesús nos insiste: vivid en este amor, permaneced en mi amor.

Mandamiento nuevo
Después de haber buscado Dios, tal vez fascinados por algún cristiano significativo y atrayente, después de haber descubierto que, en Jesús, también nosotros somos hijos suyos, toda nuestra vida se convierte en espera de plenitud, en espera de la manifestación del amor de Dios. Y sólo podemos permanecer en él si guardamos los mandamientos.
Muchas veces nos chirria esta demanda de Jesús, porque – equivocadamente -   la palabra “mandamiento” nos remite a la regla, a la norma, a los tribunales. No hay nada más falso, porque el “mandamiento” que Jesús nos ha dado es NUEVO.
No tiene nada que ver con la ley antigua. Lo que Jesús nos dice es: ama a Dios sobre todo y a los demás ámalos como a ti mismo te ama Dios. Este es el nuevo mandamiento de Jesús, en el que nos pide que permanezcamos.

domingo, 3 de mayo de 2015

DOMINGO 5º DE PASCUA (Ciclo B)



Primera lectura: Hch 9, 26-31
Salmo Responsorial: Salmo 21
Segunda lectura: 1 Jn 3, 18-24
Evangelio: Jn 15, 1-8

Jesús quiere con toda su alma desvelarnos el verdadero rostro del Padre. No funda una religión hecha de misterios, ni hace de las cosas de Dios un privilegio para unos pocos iniciados: habla de peces con los pescadores, de ovejas con los pastores, de viñas con a los viñadores.
Y lo hace con palabras sencillas, iluminadoras, con ejemplos tomados de los hechos cotidianos y explicar con ello lo absoluto de Dios. Lo entienden los pobres, los humildes, los ignorantes; todos aquellos que tienen un corazón transparente o angustiado, un corazón que siente la necesidad de ser colmado, querido y consolado. También en su modo de hablar, Jesús aparece apasionado, respetuoso con nuestros límites y atento a nuestra sensibilidad. Así ocurre también hoy, amigos: Dios nos habla por medio de las cosas cotidianas.
Jesús es el buen pastor que nos conduce a prados de buena hierba, le importamos mucho, no como los pastores mercenarios que en cuanto ven el peligro escapan de prisa.
Y hoy en la espléndida parábola de la viña, precisamente porque nos ama, nos sugiere tres actitudes.

Podar
Para que la vid tenga fruto hace falta podarla. El sarmiento, cortado en su punto justo, concentra toda su energía en el futuro racimo de uva. El sarmiento no entiende lo que está pasando cuando la cuchilla lo corta, haciéndolo sufrir.
A nosotros, la vida nos poda en abundancia: desilusiones, fatigas, enfermedades, períodos de bajón; es algo bastante inevitable y lo sabemos, aunque nos rebelamos, nos entristecemos, huimos del dolor.  
El ser humano no acepta la fatiga y el fracaso inevitable a nuestro ser finitos, limitados, es señal de su dignidad, de su naturaleza inmortal que lo empuja a ir siempre más allá en busca de la trascendencia.
¿Cómo vivimos las podas de nuestra vida? El Señor nos invita a vivirle en lo positivo como una nueva oportunidad, como una nueva posibilidad.
Pero para ello, tenemos que dejar de lado mucho amor propio,  ejercitar mucha paciencia, practicar tanto equilibrio para no desanimarnos y deprimirnos, para no ofendernos y empezar a emprenderla contra Dios.
Sin embargo, no hay otro camino que la aceptación serena - nunca resignada - de las contradicciones de la vida, una aceptación que concentra la energía de nuestra vida en lugares y situaciones inesperadas y con resultados de verdad sorprendentes. Como el sarmiento podado que concentra su savia en el racimo produciendo una exuberante cantidad de uvas.
Ánimo, pues, las podas son necesarias, como lo fue la gran y dolorosa poda de los apóstoles que, puestos del revés como un guante, machacados por la cruz de su Señor, los hizo apóstoles de verdad, maduros y reflexivos, capaces de anunciar la Resurrección y de sufrir el martirio, y no sólo unos entusiastas e inmaduros seguidores de no sé qué fulgurante experiencia mística.

Sin él, nada
La savia que alimenta nuestra vida es la presencia del Señor Jesús que hemos elegido como pastor. Ningún otro puede darnos fuerza, serenidad, luz, alegría y paz del corazón. Sólo permaneciendo anclados en él podremos dar fruto, crecer, florecer. Sin él, nada.