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domingo, 27 de septiembre de 2015

DOMINGO 26º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)

"No son de los nuestros"
Primera lectura: Num 11, 25-29
Salmo Responsorial: Salmo 18
Segunda lectura: Sant 5, 1-6


Entre vosotros no será así”: el domingo pasado el Señor nos recordaba cómo deben ser las relaciones entre los hermanos cristianos, unas relaciones que son diferentes de la lógica del mundo.
Si entre nosotros es normal ambicionar éxitos y descollar en el trabajo, en el deporte, en política, incluso en detrimento de los otros, esta violencia que nace de nuestro interior - como diría Santiago -  ha de estar exiliada entre nosotros, cristianos.
Es normal ambicionar éxitos y gratificaciones, incluso en detrimento de los otros. Es evangélico querer poner por delante la relación entre las personas que cualquier otra cosa.
Es normal que, incluso en la Iglesia, se defiendan pequeños privilegios. Es evangélico preferir servir a los demás hermanos con verdad y humildad.
Es normal huir del sufrimiento y de la cruz. Es evangélico ver cómo, a veces, el sufrimiento se convierte en instrumento inevitable para testimoniar la medida del amor.

Diferentes
No es de los nuestros”: cuántas veces se oye decir esto en el ámbito político, o acerca de la espinosa cuestión de la inmigración o de los refugiados, tan candente últimamente... y, desgraciadamente, cuántas veces se oye también decirlo en las comunidades de los discípulos del Señor Jesús.
¡Cuánto sufrimiento provoca el remarcar las diferencias sociales, o no querer superar las propias costumbres, ver a mujeres de tradiciones diferentes que son mal aceptadas por los nuevos familiares; amigos extranjeros mirados como sospechosos por el mero hecho de ser de fuera; vecinos ignorados porque son partidarios de ideas políticas distintas o alejadas de las mías.
No es de los nuestros”: tenemos necesidad de hacernos notar, de distinguirnos de los otros, de ser de algún modo reconocibles e identificables. En el maremágnum del mundo globalizado sentimos que no valemos nada, que contamos poco, que somos un número, una coma, tenemos necesidad de sobresalir, aunque sea incluso haciendo el imbécil en un reality show televisivo.
Esta legítima necesidad, que puede existir en las comunidades, y que se convierte en un legítimo sentido de orgullo y de pertenencia, en la historia de una parroquia o comunidad y sus vicisitudes, en el sentido de familiaridad que nos da la alegría de ser acogidos y reconocidos en un ámbito fraterno, puede degenerar en un tipo de sectarismo que contradice el evangelio, en un sectarismo “ad intra” de la comunidad cristiana.

domingo, 20 de septiembre de 2015

DOMINGO 25º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)


 Primera Lectura: Sab 2, 12.17-20
Salmo Responsorial: Salmo 53
Segunda lectura: Sant 3, 16 - 4, 3
Evangelio: Mc 9, 30-37

Por el camino corremos el riesgo de desorientarnos y de perder la dirección correcta. Es comprensible: hay pocas indicaciones, mucho tráfico interior, obstáculos visibles… Y, sobre todo, apuro en pedir información. Además, muchos responden al azar, indicando sitios en los que nunca han estado. Y lo hacen con tal descaro y convicción que parecen creíbles.
Démonos, si no, una vuelta por la red, o leamos en algún periódico sobre un tema del que conozcamos bien los matices. Descubriremos que todos los participantes y tertulianos facilitan claves de lectura que desorientan y desconciertan, sin ir a lo esencial, y muchas veces con claro desconocimiento de la materia.
Así pasa en la vida: si preguntamos a alguien dónde se encuentra la felicidad, corremos el riesgo de acabar en un vertedero. Siempre ha existido gente confusa que quiere arrastrar a los demás a la confusión; es obvio.
Ya lo decía el libro de la Sabiduría, que fue escrito en griego en la pagana Alejandría, para reforzar la fe de la numerosa comunidad judía allí presente. Mirados con suficiencia por las nuevas modas, burlados por los judíos que abrazaron el paganismo, los que permanecían fieles se sentían inquietos por las cosas que oían. El autor del libro sagrado lo tenía muy claro: creer es una elección libre, es andar en una dirección, es algo que cuesta trabajo pero que merece la pena.
Hoy Santiago nos dice que combatiendo la parte oscura, el ansia, la violencia que está en nosotros, es como podemos encontrar la verdad. ¿De dónde esas guerras y de dónde esas luchas entre vosotros? ¿No será precisamente de esos apetitos agresivos que lleváis en el  cuerpo? Deseáis y no obtenéis, sentís envidia y despecho y no conseguís nada; lucháis y os hacéis la guerra, y no obtenéis, porque no pedís; o sí pedís, no recibís, porque pedís mal, para satisfacer estos apetitos.
Es lo que nos ocurre, a cada uno de nosotros, en estos tiempos difíciles y el riesgo es aflojar. O, peor, hacer caso a los muchos pesimistas que, desencantados de la vida, parecen gozar haciendo prosélitos de la nada.
Como los discípulos del evangelio de hoy.

El camino
Por segunda vez Jesús nos habla de cruz, de muerte y de resurrección.
Su voluntad de entrega es total. Dios se entrega sin límites y desea más que ninguna otra cosa desvelar su rostro a las personas, aunque éstas lo rechacen. Jesús está motivado y decidido: no está dispuesto a ceder a compromisos y apaños, no está dispuesto a comerciar con el verdadero Dios, aunque eso le lleve a la muerte.
Los discípulos están atónitos, como ya le había ocurrido a Pedro, aunque lo había proclamado Mesías. No entienden absolutamente nada de lo que está hablando el Señor.
La razón de esta incomprensión es evidente: están todos concentrados en establecer sus papeles, en apañarse una poltrona, en conseguir los máximos beneficios. Están demasiado plegados sobre ellos mismos para darse cuenta del Señor.

domingo, 13 de septiembre de 2015

DOMINGO 24º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)

Y vosotros ¿quién decís que soy yo?
Primera Lectura: Is 50, 5-9a
Salmo Responsorial: Salmo 114
Segunda Lectura: Sant 2, 14-18
Evangelio: Mc 8, 27-35
  
Cada año, puntualmente, al principio del año pastoral, nos encontramos con este evangelio oportuno, insistente, y desestabilizador.
No podemos ser discípulos por costumbre, cansinamente, dejando pasar las cosas año tras año, viviendo en nuestras consolidadas y pequeñas prácticas de vida cristiana. Nuestro Maestro no tiene dónde reposar la cabeza, no quiere cristianos a remolque, y no agradece falsas devociones.
Por eso, nos hace las preguntas de forma directa.

Cafarnaúm
Los Doce, complacidos, ven que tienen entre las manos el futuro de una gran carrera política y religiosa: parece que Jesús gusta a la gente, es creíble, tiene éxito, es gratificante. Ellos discuten alrededor del fuego, se animan, interaccionan. Jesús, apartado, los escucha… y sonríe. Luego, como si no pasase nada, les plantea la pregunta. ¿Qué dice la gente que soy yo?
Se habla mucho de Jesús, tanto ayer como hoy. En los periódicos, en los debates, entre amigos, Jesús es un misterio no resuelto, inquietante, difícil de descifrar. ¿Quién es, realmente, Jesús de Nazaret?
Las respuestas las conocemos de sobra: un gran hombre, un hombre apacible, un mensajero de paz, uno de tantos asesinados por el poder.
Todo esto es verdad, pero aquí se queda todo; difícilmente se acepta el testimonio de la comunidad de sus discípulos: Jesús es el Cristo, Jesús es el mismo Dios.
Es mejor mantenerse en la vaga y tranquilizadora convicción de que Jesús sea una personalidad de la historia a la que admirar, pero que nada tiene a que ver con nuestra vida; es mejor controlar la relación con Jesús reduciéndolo a un recuerdo histórico, en vez de admitir su inquietante presencia.
Es mejor hacer caso a la teoría de moda para responder y repetir siempre, desde hace dos mil años, la misma cosa: el verdadero Jesús no es ese maravilloso que nos han contado...

Deja en paz a los demás
Jesús no nos encaja bien y hoy, a quemarropa, nos pone a cada uno de nosotros la pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Y para mí, ¿quién es? Para mí solo, dentro de mí, sin la obsesión de tener que dar respuestas sensatas o que estén de moda, sin fachadas ni imágenes que mantener. ¿A mí, desnudo en mi interior, Jesús qué me dice?

domingo, 6 de septiembre de 2015

DOMINGO 23º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)


Primera lectura: Is 35, 4-7
Salmo Responsorial: Salmo 145
Segunda lectura: Sant 2, 1-5
Evangelio:Mc 7, 31-37


Ser sordo, en el Biblia, significa no acoger el mensaje de salvación de Dios. Israel frecuentemente manifiesta esa sordera, como nos recuerda la primera lectura de Isaías.
También nosotros, atropellados por las mil cosas que hacer, rodeados de ruidos, de charlas, de opiniones, tenemos, tantas veces, dificultad en escuchar el deseo profundo de sentido que llevamos en el corazón, tenemos dificultad de buscar Dios.
Es lo mismo que le pasa al protagonista del evangelio de hoy, un sordomudo. O mejor, en el griego del evangelio de Marcos, un sordo balbuciente – apenas podía hablar -, que no logra hacerse entender, que intenta relacionarse y no lo logra del todo, quedando condenado a un aislamiento del mundo exterior.
Es la imagen del hombre contemporáneo, aislado y narcisista, perdido y en busca de una notoriedad, siempre centrado en la propia realización, por otra parte tan improbable y cada vez más inaccesible. La insatisfacción es la principal característica de la persona post-moderna. Y, no nos engañemos, también de la nuestra.

Fuera del recinto
En tiempo de Jesús, se creía que la santidad era inversamente proporcional a la distancia de Jerusalén. Judea todavía podía salvarse, pero la Galilea y la Decápolis, junto con Samaria, que eran zonas de frontera, con población mixta, estaban decididamente perdidas.
La Decápolis eran diez ciudades de mayoría pagana, a las que Roma quería que fuesen autónomas de la administración hebrea, aplicando la infame política del “divide y vencerás”. Los israelitas devotos, para bajar a Jerusalén, pasaban más allá del Jordán, por el camino que atravesaba los territorios paganos, pero sin entrar nunca en las ciudades consideradas perdidas.
Jesús, en cambio, no. Él inicia su predicación precisamente allí, en la zona de las tribus de Zabulón y Neftalíi, las primeras en caer bajo los asirios, seiscientos años antes. Porque él ha venido para los enfermos, no para los justos.
Él no huye de los impuros ni los condena, como hacían los fariseos. No. Él los salva.
La curación del Evangelio de hoy, hace exclamar a la muchedumbre: ¡todo lo ha hecho bien, hace oír los sordos y ver a los ciegos! Sólo quién no espera la salvación sabe alegrarse tanto por lo que no espera.

Curaciones
El sordo/balbuciente es llevado por los amigos. Siempre son otros los que nos conducen a Cristo, los que nos hablan de él, los que nos lo señalan.
La Iglesia, a veces incoherente y frágil, es la asociación de los que conducen a Cristo. Es este la función de la Iglesia, para esto es para lo que sirve la Iglesia:  para dar testimonio del Maestro.
Pero, bien lo sabemos, nos hace falta humildad para dejarnos conducir. Nuestro mundo ha hecho de la arrogancia un estilo de vida. Cuántas personas hay que lo saben todo, que pontifican, que juzgan sin rebozo, especialmente las cosas concernientes a la fe, pero que no saben ponerse de verdad en tela de juicio.