Traducir

Buscar este blog

domingo, 24 de enero de 2016

DOMINGO 3º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera Lectura: Neh 8, 2-6.8-10
Salmo Responsorial: Salmo 18
Segunda Lectura: 1 Cor 12, 12-30


El domingo pasado veíamos cómo el agua de la cotidianidad, el cansancio de la costumbre y el suplicio del dolor pueden ser transformados en el vino de la fiesta: Jesús es el novio de la humanidad que nos desvela cómo el encuentro con Dios es una brillante fiesta de bodas.
En estos días, en los que las dramáticas imágenes de guerras y refugiados, de atentados y violaciones, de políticas personalistas y mezquinas invaden nuestras casas, necesitamos repetirnos la noticia de creer que existe un sentido, un lugar de esperanza, una luz más allá de cualquier tiniebla. Además frecuentemente nos topamos con  catástrofes naturales que nos desconciertan. Todos estos acontecimientos, por más trágicos que sean, nos recuerdan que formamos parte de un universo en evolución, de una creación que vive los dolores del parto, que nosotros somos sus huéspedes a los que sólo Dios llena de dignidad. Y en esta situación…

Aparece Lucas
Lucas se parece a nosotros: como nosotros proviene y vive en un entorno alejado de la espiritualidad; como nosotros está solicitado por mil estímulos, por novedades religiosas de moda; como nosotros nunca vio a Jesús en su vida, como nosotros – ¡esperemos! – quedó intensamente implicado por la predicación de un judío llamado a Pablo, que había llegado a Antioquía para hablar de un tal Jesús muerto y resucitado; como nosotros fue creciendo en la conciencia de que Dios es ternura y misericordia infinita.
Leyendo a Lucas podemos seguir su evolución interior, su recorrido, su carácter, tal como logramos conocer a las personas cuando iniciamos con ellas una intensa correspondencia.
Lucas fue educado en la religión de sus padres, un cúmulo de divinidades caprichosas y extrañas, arbitrarias y pasionales, que imitaban en su Panteón los defectos y las limitaciones humanas. Divinidades lejanas, incomprensibles y hurañas, puestas en ridículo por la predicación de Pablo.
Dios es diferente - dice el judío de Tarso - es un padre lleno de ternura, que busca y quiere a cada uno de sus hijos. Y Lucas tiene experiencia de ello.
Empujado por Pablo, después de algunos años de discipulado, Lucas acepta escribir un informe ordenado de las cosas ocurridas entre las primeras comunidades.
Historiador concienzudo y apasionado, Lucas dedica mucho tiempo a escuchar a los testigos directos y a redactar un espléndido evangelio, el evangelio de la mansedumbre y misericordia de Cristo.


Seriedad
Lucas se preocupa de mantener su seriedad de historiador, está dispuesto a confirmar la fe en la que está implicado: aquello en lo que cree no son cuentos, ni tampoco piadosas elucubraciones. Lucas ha dedicado tiempo a esta búsqueda y se preocupa por precisarlo.
¡Gran Lucas! Hace bien en decir que lo ha comprobado todo, porque tampoco él se hubiera imaginado que, a una distancia de dos mil años, aún estamos aquí jugando a ser intelectuales avispados, a mirar con suficiencia las pretensiones de historicidad de los evangelios, a escudriñar con arrogancia el cristianismo, y a dejarnos perturbar por las fascinantes teorías de algún novelista oportunista.
Estamos socialmente convencidos de que la religión es algo útil, sí: “mal no hace”, enseña el bien, pero en el fondo, todo se reduce a una piadosa exhortación que ciertamente puede pasar por el filtro de la historia o de la ciencia. El evangelio es y queda reducido a un espléndido ejemplo de libro religioso, Jesús es una figura admirable, pero todo se mezcla: la moral, la fábula, la doctrina.
Lucas menearía la cabeza, invitándonos a tomar más en serio nuestra fe, a dedicar tiempo a nuestra preparación, a darnos cuenta de que la fe tiene que ser alimentada, informada, comprendida e investigada. Y en cambio no sucede así: las cuatro nociones aprendidas de mala gana en el catecismo son, a menudo, el único acercamiento al cristianismo que muchas personas han conocido.
Y con todo esto… estamos convencidos de saber mucho sobre la fe. ¡Cuántas veces podemos encontrarnos durante una comida o una tertulia, por ejemplo, con disquisiciones sobre religión de gente que se empantana lastimosamente en la ignorancia al afrontar temas como la ética, la historicidad de los evangelios y otra perlas por el estilo!
Seamos serios: el problema está en nuestra pereza, el problema es la negligencia y la omisión. Nos importa poco nuestra interioridad y no invertimos en ella porque en el fondo no creemos. Dejemos de jugar a hacer de ateos, no escondamos nuestra mediocridad tras una pretensión cultural poco seria y documentada, respetemos a quienes, como Lucas, han buscado, estudiado e investigado de verdad a lo largo de la historia.
Torpe mundo el nuestro, que confía a otros los análisis de la realidad para luego aprender de memoria un resumen de conclusiones masticadas por los tertulianos de turno.
¿Quieres verdaderamente buscar la fe? Investiga. ¿De veras buscas a Dios? Infórmate. ¿Quieres de veras dar sentido a tu vida? Fíate.
Así es porque Lucas nos recuerda que la fe nace del testimonio de quien ha visto y creído.

Buenas noticias
Jesús inicia su ministerio en la sinagoga de Nazaret leyendo la espléndida profecía de Isaías que ve a un pueblo de esclavos volver del destierro. Jesús es el Mesías que proclama oficialmente el principio del Reino, evangelizando a los pobres; proclamando a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; poniendo en libertad a los oprimidos; proclamando el año de gracia del Señor.
No será escuchado, lo sabemos muy bien, tanto entonces como hoy.

Pero para los que tienen el valor de fiarse de Lucas y de los otros testigos, para los que en serio buscan respuestas, las indicaciones de Jesús son de verdad una espléndida buena noticia. A pesar de todo. ¡Que también lo sean para nosotros!