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domingo, 21 de febrero de 2016

DOMINGO 2º DE CUARESMA (Ciclo C)

... y se transfiguró ante ellos.

Primera Lectura: Gn 15, 5-12.17-18
Salmo Responsorial: Salmo 26
Segunda Lectura: Flp 3,17–4,1
Evangelio: Lc 9, 28b-36


Jesús entra en el desierto de la vida, solidario con nosotros, con toda la humanidad, y es tentado por el diablo.
La tentación, palabra que significa “pasar por la prueba”, es la dimensión habitual en la que vivimos y que nos golpea precisamente porque somos creyentes y llenos de Espíritu Santo. Paradójicamente, es una buena señal ser tentados, porque significa que estamos en el camino lógico de la conversión.
En un día de niebla, no se ven las sombras, hace falta claridad, sólo a la luz de la Palabra se recortan nuestras tinieblas.
Jesús logra superar la tentación de un mesianismo espectacular, intrigante, mágico: Jesús será un Mesías discreto porque quiere que Dios sea amado por lo que es, no por lo que nos dé.
Nosotros, cada año, nos damos un tiempo para encauzar las tentaciones que estamos llamados a superar continuamente. La tentación del pan, que reduce la vida a cosas, metas y objetivos, creyendo que la felicidad consiste en conseguir resultados. La tentación de poseer a los otros, de ejercer un poder sobre ellos. La tentación de manipular Dios, que ha de hacer en nuestro beneficio lo que nosotros pensamos que es esencial e ineludible.
Sólo con la Palabra de Dios podemos superar la tentación y presentarnos en el desierto. El objetivo de la Cuaresma no es pulir nuestra bella imagen espiritual, sino subir al Tabor.

En el Tabor
Hemos entrad0 en el desierto de la Cuaresma para llegar hasta allí, hasta aquella pequeña colina de Galilea, quemada por el sol, diseminada de árboles frondosos, y golpeada por el viento del mar.
Queremos redescubrir y elegir qué personas queremos ser - de la misma manera que Jesús eligió qué tipo de Mesías quería ser -, para poder subir, como los apóstoles, aquel montículo en el que todo creyente encuentra la belleza de Dios.

El Tabor evoca el momento en que Jesús, gran Rabí y carismático profeta, desvela su verdadera identidad, supera los límites y se ofrece a la vista pasmada y asombrada de los apóstoles. El Tabor nos habla de lo absolutamente otro que es Dios, de su inmensa gloria, de su indescriptible belleza.
El Tabor es la meta de la Cuaresma. Y esto es preciso decirlo y repetirlo a nosotros católicos, tan inclinados a las autolesiones, a nosotros que asociamos la fe al dolor, que representamos siempre a Jesús como el crucificado, olvidándonos del resucitado, y que pensamos en la cuaresma como un tiempo de renuncia, y no como el tiempo de una nueva oportunidad y de conversión, de combate y de lucha interior para ganar la carrera.
El tiempo del dolor llegará, por supuesto, pero será sobre otro monte, una pequeña cantera de piedra en desuso llamado Gólgota, allí lo veremos colgado y podremos dirigiremos la mirada al que han traspasado.

Lo más bello
Pero antes es imprescindible acordarse de la belleza de Dios, de su embriagante presencia. La liturgia, provocativamente, pone la transfiguración del Señor al principio del camino penitencial, para indicarnos el lugar al que tenemos que llegar. Si hago gestos de conversión y solidaridad, de renuncia y de ayuno, de oración y de autenticidad es sólo para poder ser libre y ver la gloria del Maestro y Señor.
En la experiencia de cada uno de nosotros, ¿hemos subido ya al monte Tabor? Dios, a veces, nos hace el regalo de poder asistir a su gloria. Fugazmente, como decía san Agustín, pero nos lo concede.
Un momento de oración que nos ha implicado, una misa en la que hemos sido tocados por dentro, un día entre la belleza de la naturaleza, en el mar o en la montaña, que se convierte en sinfonía y nos trunca el aliento. Un instante, una iluminación vislumbrada, en la que sentimos que lo inmenso nos habita.
Y el sentimiento se nos vuelve ambiguo, porque la experiencia es tan grande que tenemos miedo de ella, tan infinita que nos sentimos aplastados, tan inmensa que nos quedamos arrollados por ella.
Es el miedo que coge a Pedro y sus compañeros, es el temor que habita a Abraham antes de encontrarse con su Dios. El sentimiento de la belleza de Dios, la percepción de su majestad nos motiva y nos impulsa. Pedro lo sabe y exclama: “Es bonito para nosotros permanecer aquí.
Hasta que no lleguemos a creer gracias a la belleza que nos envuelve, siempre nos faltará una pieza para encajar en el gran puzzle de la fe cristiana.
Ser cristiano es darse cuenta de que uno no puede encontrarse con nada más hermoso que Cristo. Quizás tendríamos que recobrar este aspecto en nuestra vida cristiana: recomenzar desde la belleza.
Nuestras periferias son horrorosas, horrorosas las ciudades, horribles la simulación de vacaciones que se nos proponen entre falsos paisajes inmaculados. Horribles el lenguaje y los personajes que nos llegan del mundo de la política y el espectáculo. Horrible la vida caótica y tensa que se nos obliga a vivir, siempre espoleados por la competitividad, por la lucha y el desafío. Horrible el dolor que nace cuando el amor se hace añicos, cuando nos arrolla el dolor que nosotros mismos creamos y mantenemos.
Necesitamos urgentemente la belleza, la belleza de Dios que es verdad, bien y bondad.

Misión imposible
¿No es ésta la fragilidad de nuestra fe contemporánea?
¿No es quizás ésta la razón de mucha tibieza en nuestras comunidades cristianas?
¿No hemos perdido tal vez la belleza a la hora de narrar la fe? ¿Al celebrar al resucitado?

¡Qué aburrido es creer! – dice mucha gente -. Así es; inmensamente aburrido. En cambio, el evangelio de hoy nos dice que creer puede ser espléndido. Merecería la pena recobrar el sentido del estupor y la belleza, la escucha de la interioridad que nos lleva a lo alto, sobre el monte, para a fijar la mirada en Cristo.
Hagamos de nuestras misas lugares de belleza: el silencio, la música, el canto, la fe, el sitio en que rezamos, pueden reportarnos una pizca de belleza en nuestra cotidianidad.
Hagamos de nuestras vidas profecías de bien y de armonía, listos a dar, a sonreír, a perdonar con una conciencia sufrida y madura. Saquemos fuera todo lo bonito que hay en nosotros.
Soñemos y luchemos por la revolución de la belleza, por la conversión al amor como discípulos que somos de este hermoso Dios, al que estamos buscando.

Dios, el espléndido, nos hace espléndidos, si le dejamos. Dejémonos hacer.