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domingo, 7 de febrero de 2016

DOMINGO 5º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera Lectura: Is 6, 1-2a.3-8
Salmo Responsorial: Salmo 137
Segunda Lectura: 1 Cor 15, 1-11
Evangelio: Lc 5, 1-11

Pedro y Andrés están lavando las redes, cansados después de una noche infructuosa. En la orilla está el Nazareno hablando a una pequeña aglomeración de personas que se ha juntado para escuchar sus palabras. Se trata de un joven enfervorizado que habla de Dios, un iluso, un exaltado charlatán, como tantos de la época. El humor de Pedro y Andrés es fatal: una pesca insignificante, un año horrible, con el fondo de desempleo y el fantasma del despido en el horizonte. La crisis, dicen; las reglas del mercado, según parece.
Y, encima, sólo faltaba este carpintero que se ha vuelto loco y hace de profeta. Una pérdida de tiempo que no sirve para nada.
Pero Jesús, de repente, solicita la barca de Pedro que, lleno de sorpresa, acepta. Lo hace por educación, porque tiene miedo de parecer descortés y maleducado. Lo hace porque, en el fondo, Pedro es un cacho de pan.

El Rabino Jesús
Es también un hombre rudo, cabal, acostumbrado a olfatear el lago para saber cómo cambiará el tiempo, con las manos callosas y ásperas, desgastadas por las cuerdas y la madera de la pequeña barca familiar.
Pedro, ahora, escucha y sonríe dentro de sí. Está oyendo las habituales historias de los rabinos devotos y de los creyentes exaltados, palabras bonitas e inútiles, flores entre las cadenas de la cotidianidad. Las habituales prédicas que hay que aguantar para no ser tachado por los otros de ser un bruto. Cortinas de humo, como siempre.
Luego ocurre lo imprevisto: Jesús se vuelve y le sugiere hacerse a la mar.
“¡Esto ya es demasiado!”, piensa Pedro. En el fondo, tiene razón: ¿qué sabe un carpintero de la pesca? ¡Qué haga su trabajo sin estorbar a los demás! Pero acepta y se hace a la mar casi desafiando a aquel arrogante carpintero: ¡vas a ver que hoy los peces se han ido de vacaciones!

Dios
Dios siempre nos alcanza al final de una noche infructuosa, en el momento menos místico que podamos imaginar. Nos alcanza al final de nuestras noches oscuras y de nuestras pesadillas; nos alcanza cuando estamos cansados y deprimidos. Sólo nos pide un gesto de confianza, en apariencia inútil, nos pide echar las redes en la parte débil de nuestra vida, nos pide no contar con nuestras fuerzas, con nuestras capacidades, sino tener confianza en él.

Pedro lo hace y sucede lo inaudito. Las redes se llenan, los peces abundan, y la barca casi se hunde. Esto es imposible, No puede ser ¿Estaremos soñando?

Milagros
El milagro es siempre es un acontecimiento ambiguo, interpretable de modos muy diferentes, incluso contradictorios. Simón podría haber dicho al ver aquello: “¡Vaya suerte que ha tenido el principiante!”, o bien: “¡Estos peces modernos… Yo echaba la red a la derecha del barco mientras estos corrían a la izquierda!”,  o cualquier otro razonamiento lógico y juicioso. El milagro consiste en el hecho que Pedro ve en aquella pesca una señal extraordinaria. El milagro siempre está en nuestra mirada. Dios sigue llenando de milagros nuestra vida, lo que pasa es que no los vemos.
Pedro, el pescador, está aturdido. ¿Qué está pasando? Se pone de rodillas, antes de rendirse a Jesús: “No soy capaz, no soy digno.”

¿Pecadores?
Es la excusa principal usada por todos los que, por un instante, palpan a Dios: no estoy a la altura, soy un pecador. Siempre estamos ahí, hundidos en nuestro vulgar y rancio moralismo: ¡dejemos hacer a Dios!
Pensamos que Dios quiere hacernos superar un examen, que nos pone condiciones. ¡No!, estamos equivocados: somos nosotros los que ponemos condiciones, no Dios. Él jamás pone condiciones: sólo nos ama.
Jesús, ante la reacción de Pedro, sonríe: es un tu problema, Pedro, para mí estás bien así. Yo he venido para los enfermos, no para los sanos.
También a nosotros nos pasa: cuanto más nos estrellamos con nuestros límites y fatigas, menos excusas necesitamos respecto del Señor. La buena noticia del evangelio es que Dios no necesita de buena gente, de los primeros de la clase, de gigantes de la fe: me necesita a mí, tal como soy.
Pedro, Isaías, Pablo experimentan esta inmensa verdad: Dios nos viene al  encuentro, necesita de nosotros, de nuestro tiempo, de nuestras energías, de nuestros recursos. Poco importa si somos dignos de ello, poco importa si somos poco devotos o nos sentimos alejados de Él. Dios nos quiere hacer pescadores de humanidad.

Pescadores de humanidad
¡Precioso! Pescadores de humanidad, es decir ser capaces de sacar toda la  humanidad que habita en nosotros y en el corazón de las muchas personas que encontremos por el camino. Pescadores de humanidad, capaces de reunir alrededor del Maestro a discípulos que, viviendo el Evangelio, se vayan haciendo más hombres.
No tengas miedo, Simón, el Señor te hace ser pescador de humanidad. Deja las redes, todo lo que te ata, los miedos, los límites, las vueltas a la cabeza, déjalo, no te entretengas en arreglarlas todos los días, hazte libre para seguirme.
Pescadores, no campesinos. ¿Por qué eligió el Señor a los pescadores? El campesino tiene que desbastar el terreno y sembrarlo, regarlo y cuidarlo, cierto. Pero el terreno está inmóvil, parado. Los peces en cambio no; es el pescador el que tiene que moverse. Quizás el Señor quiso decirnos que la Iglesia, comunidad de los que se han fiado, no se puede detener, no se puede empantanar, no puede llegar a ser cada vez más estática.
Soñemos una Iglesia que no ponga límites, que dé confianza a los pecadores, que siendo maestra de humanidad, saque fuera toda la humanidad que habita en el corazón de cada uno con franqueza y misericordia.
Pedro llegó a ser el gran pescador precisamente porque fue auténtico, porque dejó hacer a Dios, después de haber experimentado su fracaso.

¡Ánimo pues, hermanos, volvámonos un poco locos por una vez, dejemos de calcular, de pensar, de planear, de valorar; hagámonos a la mar, echemos las redes y entreguemos nuestro corazón y nuestra vida al Reino de Dios! Que así sea.