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miércoles, 1 de marzo de 2017

MIÉRCOLES DE CENIZA


Primera Lectura: Joel 2, 12-18
Salmo Responsorial: Salmo 50
Segunda Lectura: 2 Cor 5, 20 – 6,2
Evangelio: Mt. 6, 1-6.16-18

Ceniza
Tras la celebración de los carnavales, días de fiesta, colorido y buen humor, y sin apenas tiempo de recuperarnos, nos encontramos inmersos en el Miércoles de Ceniza. Hoy la Iglesia católica latina inicia el recorrido de la Cuaresma que nos llevará a celebrar la Pascua después de un intenso camino de verdad y purificación interior. ¡Tomemos en serio este tiempo de salvación! Tomar en serio no significa poner el rostro adusto y triste, cara de vinagre… sino tomar la vida en nuestras manos y revisarla junto con el Señor y a través de su mirada tierna y amorosa.
Qué bueno sería que este principio cuaresmal fuera mayormente conocido y concurrido, sobre todo en el fuerte momento litúrgico de la imposición de la Ceniza. Es un gesto simbólico y no cómodo, una desgarrada llamada a la verdad y a los hechos de la vida. Sólo somos polvo, sólo somos ceniza y todos nuestros desvelos y preocupaciones, nuestros éxitos, nuestros resultados volverán a ser polvo.
Lo esencial está en otro lugar, lo urgente en nuestra vida es otra cosa: la interioridad, la espiritualidad, la paz del corazón. Eso es lo que nos satisface de verdad, lo que nos marca, lo que deja una huella de nuestro paso sobre esta tierra.
La señal de la imposición de la ceniza recoloca el orden en nuestra vida y sería maravilloso que también pusiera orden en la sociedad. ¡Pensad cómo funcionarían mejor las discusiones parlamentarias o las reuniones de vecinos si, antes, se impusieran todos la ceniza! Ánimo, entonces, los que buscáis a Dios: la liturgia nos regala cuarenta días de verdad, de oportunidad, de desierto, de entrenamiento para redescubrir lo que de verdad es esencial en nuestra vida, lo que es importante, en lo que merece la pena invertir. Un tiempo para dejar que nuestra alma, por fin, aflore en medio del caos de cada día.

  
Interioridad
En el Evangelio de hoy, Jesús, después de haber afrontado algunos temas sensibles de la tradición oral de la Torah, apunta alto y polemiza contra la manifestación de la fe de los que eran considerados como los devotos de su tiempo. Y tiene para todos, enseñando la necedad de algunas actitudes que, desafortunadamente, todavía encontramos hoy entre quienes se dicen cristianos. ¡Sobre todo la limosna ostentosa, la caridad que acaba en los periódicos y ante las televisiones, las listas de bienhechores expuestas a la puerta de las iglesias y en orden decreciente! Todas éstas son actitudes que ofenden al evangelio. La caridad tiene que ser discreta, humilde, nunca llamativa: “que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”.
Jesús, además, se opone a la costumbre de la oración que se convierte en una manifestación devocional excesiva, en una ritualidad encerrada en sí misma, reducida a pura exterioridad y que no conduce a nada. Porque la verdadera oración es diálogo que nos lleva a la intimidad con Dios. Si alguna oración debe prevalecer es la oración personal, íntima, escondida, “porque tu Padre ve en lo secreto”, nos dice el evangelio.
Finalmente, Jesús la toma contra quien práctica la ascesis y la mortificación, sobre todo haciéndosela sufrir a los demás; presumiendo de estar haciendo un sacrificio para aplacar la ira de un dios justiciero, que no tiene nada que ver con el Padre misericordioso de nuestro Señor Jesucristo.
En resumen, leer esta página evangélica con seriedad nos ha de servir para hacer una revisión de nuestra vida que nos lleve a encontrarnos con nosotros mismos, tal como somos, con honestidad; a encontrarnos fraternalmente con los demás, y todos juntos con Dios como hijos queridos del Padre.

Que el Señor nos conceda la gracia de llegar a ser hombres y mujeres de oración íntima y personal. Que la ceniza que hoy recibimos sea una señal de la conversión del corazón, de un camino hacia la fe profunda e interior que alimente nuestro amor y servicio a los demás. Que así sea.