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domingo, 6 de marzo de 2016

DOMINGO 4º DE CUARESMA (Ciclo C)


Primera Lectura: Jos 5, 9.10.12
Salmo Responsorial: Salmo 33
Segunda Lectura: 2 Cor 5, 17-21
Evangelio: Lc 15, 3.11-32


En el desierto de la Cuaresma somos capaces de acoger la novedad absoluta del evangelio, la novedad del rostro de Dios que emerge de la revelación de Jesús.
Un Dios hermoso que nos espera en el Tabor, siempre que logremos dejar la estepa de la cotidianidad y de la mediocridad. Un Dios que no manda las desgracias, pero al que sólo tenemos por bueno cuando nos machaca la desgracia. Un Dios que es un padre cariñoso que nos quiere y nos respeta.
Lucas construye su evangelio alrededor de tres parábolas. Concentra en estas tres obras maestras la síntesis de su anuncio, la lógica urgente de su vida. Una de estas parábolas, quizás la más conocida del evangelio, es la llamada, erróneamente, del “Hijo Pródigo.”

Máscaras
Los dos hijos protagonistas de la parábola tienen una pésima idea de Dios. Ambos. El primer hijo, disoluto, piensa que Dios es un competidor, un adversario: si hay Dios yo no puedo realizarme. Porque Dios es un censor, un rector severo, alguien que no me ayuda. Yo le pido lo mío, lo que me corresponde, lo que me debe,  - ¿desde cuándo un padre “debe” la herencia?-. Pedir la herencia a alguien significa desear su muerte. El hijo se va a un país lejano, quiere poner una gran distancia entre él y su padre, y se dedica a conocer y darse la gran vida. Tiene a muchos amigos y despilfarra todo el patrimonio, pero cuando se acaba el dinero los amigos desaparecen. Obviamente.
¿Es eso la vida? En pocos meses ya conoció todo y ha quemado todo. Y tiene que ponerse a cuidar cerdos. Los cerdos, que eran los animales impuros por excelencia. Y siente hambre.
El hambre le da una cura de realismo que le hace volver sobre sí mismo y razonar: “Soy un idiota. ¡En casa de mi padre hasta el más humilde de los siervos tiene pan en abundancia! Ahora vuelvo y busco una excusa.” Sí, una excusa, habéis oído bien. No es la interpretación bondadosa de una conversión en el origen. El hijo pródigo no está para nada arrepentido, simplemente tiene hambre y todavía piensa que el padre es un tonto al que se puede manipular.
El otro hijo vuelve del trabajo cansado y se ofende por la fiesta que el padre ha hecho en honor del hijo menor. ¿Cómo decirle que está equivocado?

Su corazón es pequeño aunque su justicia sea grande: sí, es verdad, el Padre se comporta injustamente para él. Porque él está trabajando desde hace años y no ha osado nunca pedir nada. El hijo mayor piensa que Dios es alguien al que hay que tener contento, para el cual ahora trabajamos y al que obedecemos pero que, al final, tendremos el premio: se nos reconocerá todas las fatigas y sacrificios que hemos vivido y las misas que nos hemos tragado como un jarabe.
Él es un mortificado, sin grillos en la cabeza, él es el buen hijo que todos quisieran. Entonces, ¿por qué el padre se comporta de ese modo?

¿Un final feliz?
Fijaros bien ahora. No hay nada de un bonito desenlace en esta historia. Lucas se detiene aquí. No nos dice si el primer hijo apreció el gesto del padre y, finalmente, cambió de idea. Tampoco nos dice si el hermano, enterneciéndose, entró a la fiesta.
No. La parábola acaba abierta, sin supuestas soluciones, sin moralismos fáciles ni finales de Príncipe Azul.
Podemos estar con el Padre sin verlo, podemos trabajar con él sin alegrarnos por ello, podemos dejar que nuestra fe se convierte en una obsequiosidad respetuosa sin que nos haga estallar el corazón de alegría.
El evangelio nos dice que Dios, una vez más, nos considera como adultos, que confía en nuestras manos las decisiones y no sustituye las elecciones que nosotros debemos tomar.

El despilfarrador
Y ahora, por favor, dejemos de mirar a esos dos estúpidos hermanos, tan parecidos a nosotros. Pequeños y mezquinos, como nosotros. Fijémonos en el Padre, por favor.
Vemos un Padre que deja marchar al hijo aunque sabe que se va a hacer daño, (¿vosotros lo habríais dejado marchar?). Vemos un Padre que cada día otea el horizonte. Vemos un Padre que corre y abraza, actitud muy poco conveniente para alguien al que se le debe respeto. Vemos un Padre que no echa en cara ni pide cuentas del dinero gastado (“¡ya te lo dije yo!"), un Padre que no acusa, que abraza, que amortigua las excusas, que no las quiere, que devuelve la dignidad, y que hace una fiesta.
Vemos también un Padre exageradamente “injusto”, que quiere a un hijo que le deseaba la muerte al exigirle la herencia, que ama a un hijo delirante en sus exigencias, un Padre que sabe que aquel hijo aún no está curado por dentro, pero él tiene paciencia y hace ya la fiesta.
Vemos un Padre que sale al encuentro del enfadado hermano mayor para rogarle que intente justificarse y explicar sus buenas razones. Vemos a este Padre que acepta la libertad de sus hijos, que tiene paciencia, que orienta, que estimula. Es para quedar completamente descolocado.
Entonces, ¿es así Dios? ¿Hasta tal punto llega? ¿Tanto? Sí, amigos. Éste es Dios y no otro. Así es Dios y no de otra manera.
En definitiva ¿es éste el dios en quien yo creo?
Jesús está a punto de morir por afirmar esta verdad, está dispuesto a hacerse degollar por no renegar de esta inesperada revelación.

Dios es el pródigo, manirroto, despilfarrador, no el hijo. Porque lo único que hay de exagerado y de excesivo, en esta historia, es sólo el amor de Dios.