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domingo, 10 de abril de 2016

DOMINGO 3º DE PASCUA (Ciclo C)


Primera Lectura: Hch 5, 27.32-41
Salmo Responsorial: Salmo 29
Segunda Lectura: Ap 5, 11-14
Evangelio: Jn 21, 1-19


Jesús ha resucitado, proclamamos. Pues muy bien. Vivas y aplausos…  
Sin embargo, todavía muchos siguen en el sepulcro. Rígidos como cadáveres. Trastocados de dolor, como si el alma se les hubiera endurecido, sin emociones, sin deseos, sin sobresaltos. Como si la resurrección concerniese a otras personas, como si no fuera de veras conmigo.
Hay muchas personas que, aun diciéndose creyentes, viven así la Pascua. Una pena. Gente que sufre pacientemente, arrollada por los acontecimientos;  personas que por sus propios límites, o por dolor físico o espiritual, viven la Pascua sólo como una creencia, con un voluntarismo obstinado de puro esfuerzo y con el alma vacilante. Trastocadas como si la resurrección, en la que creen firmemente, no haya sido por ellas.
Exactamente como le pasó a Pedro. El último de los apóstoles  en convertirse.

El delito
Pedro llega a la resurrección con el corazón en puño. Su historia, la conocemos todos: Simón el pescador, llamado a convertirse en discípulo del carpintero de Nazaret; los tres años de seguimiento entusiasta con un crecido aumento de fama y popularidad; la promesa hecha a Simón - a él - de ser el referente del grupo de seguidores, el guardián de la fe; las meteduras de pata de Pedro que no logra moderar su carácter demasiado impulsivo y sanguíneo y, finalmente, la catástrofe de la cruz que todo lo desbarata.
Pedro, en el patio del Sanedrín, había negado conocer al hombre que creía amar y servir fielmente, sin fisuras; el hombre y el Mesías por el que – decía- hubiera dado la vida. Bastó la pregunta de una criada cotilla, para que se derrumbasen las frágiles certezas de quien llegaría a ser el príncipe de los apóstoles. Luego la detención, el proceso sumario, la ejecución. Después, también Pedro, como todos, huyó.
Sólo vagamente logramos entender cuánto dolor, cuánta desolación y cuánto suplicio sacudió la vida de los apóstoles. Pedro, sufriendo por la muerte del Maestro y por su misma muerte como discípulo, quedó desquiciado por su pecado. Y ahí permaneció.


Pero no
Jesús ahora ha resucitado y se ha aparecido a los discípulos. Pedro y Juan fueron los primeros en correr hasta la tumba y, por la tarde de Pascua, Pedro está presente en el Cenáculo, de una manera muy distinta a la de Tomás;  Lucas señala incluso una aparición privada a Pedro, de la que no tenemos ningún rastro. Probablemente no llegó a ser gran cosa.
Pedro fue el que estuvo más presente en las apariciones del Resucitado. Pero en él no pasó nada; su corazón seguía duro y seco. Jesús está verdaderamente vivo, pero Pedro no.
Jesús ha resucitado y está vivo y glorioso, pero Pedro, se ha quedado atrapado en el patio del Sanedrín. Pedro cree, ciertamente, pero su fe no logra superar su fallo. Como nos pasa a muchos de nosotros.
El principio del evangelio que hemos escuchado, describe uno de los momentos más tristes del cristianismo: cuando Pedro vuelve a pescar. La última vez que lo había hecho, tres años antes, se había encontrado en la orilla con aquel vagabundo que hablaba del Reino de Dios.
Ahora, Pedro vuelve a pescar;  es como decir: todo se acabó, fin de la aventura, fin de aquel paréntesis místico vivido: hay que volver a la dura realidad. Los otros apóstoles – compasivos e ilusos ellos - lo acompañan esperando levantarle el ánimo.
Pero nada, la pesca es infructuosa: el sordo dolor que siente Pedro espanta hasta los peces.
Jesús, como a menudo ocurre, espera a Pedro al final de la noche. Jesús siempre nos espera al final de la noche. De cada noche. De todas las noches, por oscuras que sean, de nuestra vida.

Acampados
El ambiente es denso. Nadie rechista mientras ordenan las redes. El silencio es roto sólo por aquel pelmazo que se acerca para tocar las narices preguntando por la pesca. Nadie tiene ganas de hablar con la espalda curvada, la cabeza inclinada, el corazón seco y sangrante.
- “Volved a la mar y echad las redes”. Todos se paran. Andrés mira a Juan, que mira a Tomás, que mira a Pedro.
- Perdón ¿qué dice? ¿Qué ha dicho? ¿Qué…?
Nadie rechista, vuelven a la mar, echan las redes y ocurre lo asombroso.
- Es él. “Es el Señor”.

Ámame, Pedro
El silencio, ahora, está cargado. Jesús se comporta con espontaneidad, bromea, ríe, come con ellos. Luego va intentar el todo por todo y coge aparte a Pedro. La última vez que se vieron fue en el Sanedrín.
- “¿Me amas, Simón?”, le dice.
- “¿Cómo hago para quererte, Maestro, como puedo osar aún decírtelo, cómo hago?”, piensa Pedro. Y contesta: “Sí, te amo”.
- Por segunda vez: “¿Me amas, Simón?”
- Pedro piensa: “¡Basta ya, Señor, sabes que no soy capaz, déjalo estar!”. Y contesta: “Sí, te amo”.
- Y por tercera vez: “¿Me amas, Simón?”.
Ahora Pedro calla. Una vez más se siente sacudido. Y ahora es Jesús el que baja el tiro, es él quien se adapta a nuestras exigencias. Pedro tiene un nudo en garganta.
A Jesús no le importa para nada la fragilidad de Pedro, ni su traición; no le importa si no estuvo a la altura, no le importa si no fue capaz de hacer bien las cosas.
Sólo le pide que lo ame como pueda, pero que lo ame.
- “¿Qué quieres que te diga, Maestro? Tú lo sabes todo, tú me conoces y sabes cuánto te quiero”.  Ahora el Señor sonríe.
Pedro ya está preparado; ahora sabrá ayudar a sus hermanos pobres ya que ha sido capaz de  aceptar su propia pobreza. Ahora Pedro podrá ser un buen Papa.
El Señor sonríe y le dice: “¡Sígueme!”

También hoy el Señor nos dice a cada uno de nosotros: Si me amas, sígueme en mi labor de dar la vida para que otros vivan; no quieras controlar el camino, que yo te guiaré. Tú sólo ámame, como puedas, pero ámame.