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domingo, 22 de mayo de 2016

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Ciclo C)

La Trinidad Misericordiosa

Primera Lectura: Pro 8,22-31
Salmo Responsorial: Salmo 8
Segunda Lectura: Rom 5,1-5
Evangelio: Jn 16, 12-15

Nos cuesta mucho entender quiénes somos nosotros, qué es la vida, cómo funciona el mundo: ¿por qué no deberíamos esforzarnos también en entender quién es Dios?
Más aún, ¿por qué sádica razón tendríamos que esforzarnos de entender la extravagante idea de la Iglesia de creer en un Dios que, aun siendo uno, también es Trino?
Yo creo que en la vida tenemos que afrontar temas mucho más serios que no andar detrás de complicados razonamientos teológicos que usan palabras gastadas y, muchas veces incompresibles, como persona, engendrado y no creado, sustancia.  Seamos honestos: hay un verdadero riesgo de ser atropellados por un inútil y rebosante ejercicio de retórica clerical.

El Dios demoníaco
Todos llevamos en el corazón una imagen de Dios. Y si somos sinceros, resulta que no siempre es tan bonita: es una idea espontánea, inconsciente, cultural, atada a la educación recibida y, a veces, nutrida por una la escucha distraída de alguna prédica no adecuada, o de las píldoras del catecismo.
Es verdad, Dios existe, pero nos parece incomprensible, excéntrico e inaccesible.
Dios me ama, decimos, pero luego encontramos a aquella mujer que, tres días antes de casarse, descubre que tiene un tumor en fase avanzada, con treinta años.
Es omnipotente, pero no defiende al niño que es vendido para prostituirse.
Dios, obviamente, tiene mucho que hacer, pero casi nunca hace lo que le pido para mi bien. No obstante, es mejor halagarlo… porque nunca se sabe… Es mejor tratarlo bien, esperando que no te caiga una desgracia encima.
Y claro, para decirlo todo, quizás yo sería capaz de hacer las cosas mejor que él y de solucionar algunos de los problemillas mundiales, que despachamos en tertulias de café.
Seamos honestos, la idea de Dios que llevamos en el corazón es, como poco, horrible.

El Dios de Jesús
Hasta que llegó un profeta poderoso en palabras y obras, uno que no había estudiado para cura, ni tampoco era un beato, uno que - ya adulto - se metió a rabino; un cierto Jesús, carpintero de Nazaret, hijo de José.

Vivió tres años de vida intensa y loca, mostrando señales y viviendo apasionadamente, con fatigas y gratuidad. Tres años provocando un estupor creciente por sus palabras, por su autenticidad, por su amor devorador como el fuego. Tres años de entrega de sí y de predicación.
Luego el rabino Jesús, obviamente, acabó muerto. Obvio. ¿No acaban así todos los ilusos? Desde Gandhi a nuestros días, quién contradice el sistema, incluso el religioso, es quitado de en medio.
Pero algunos de los suyos proclaman que ha resucitado, que no ha muerto para siempre, que está vivo y que es accesible. Qué no solamente nos ha hablado de Dios de una forma nueva y poderosa, sino que Él es el mismo Dios.
Y que nos cuenta algo que parece de locos.

Dios es fiesta
Jesús nos desvela que Dios es Trinidad, es decir comunión. Nos dice que, si miramos desde afuera, desde la apariencia, vemos que Dios es único, pero en realidad esta unidad es fruto de la comunión del Padre con el Hijo en el Espíritu Santo. Tan unidos que son uno, tan orientados, uno al otro, que están unidos totalmente.
Dios no es soledad, no es una inmutable y aséptica perfección, sino comunión, fiesta, familia, amor, tensión de uno hacia el otro.
Sólo Jesús pudo hacernos entrar en la morada interior de Dios, sólo Jesús pudo desvelarnos la íntima alegría, el íntimo tormento de Dios: la comunión. “Que todos sean uno.” Una comunión plena, un diálogo tan armónico, un don de sí tan plenamente realizado, que nosotros, desde fuera, vemos un Dios único.
Dios es Trinidad, relación, danza, fiesta, armonía, pasión, regalo, corazón.
Ahora podemos entender la inútil lección de catecismo de cuando, siendo niños, veíamos que nuestros buenos “curas matemáticos” se equivocaban de operación aritmética al trazar en la pizarra la suma: 1+1+1=1 y dibujar un triángulo equilátero. Enternecedor… pero con la operación equivocada. La correcta habría de ser 1x1x1=1.  Porque el Padre quiere al Hijo y éste que quiere al Padre, y ese amor es el Espíritu Santo, que nosotros, desde fuera, vemos como una unidad absoluta.

Y nosotros, ¿qué?
Porque Dios es comunión, fuimos bautizados en él y hemos sido creados a su imagen; la comunión de Dios nos habita y a imagen de esta imagen hemos sido creados. La bonita parábola del Génesis nos recuerda cómo Dios se ha mirado en el espejo, sonriendo, para planificar al hombre.
Si esto es verdad, las consecuencias son enormes.
La soledad nos es insoportable porque es inconcebible en una lógica de comunión, porque estamos creados a imagen de la danza y de la fiesta. Si vivimos nuestra vida como solitarios no lograremos encontrar nunca la luz interior, porque nos alejamos del proyecto.
Si Sartre decía: “El infierno son los otros”, Jesús nos remacha: “Sed perfectos en la unidad.”
Hacer comunión es difícil, pero nos es indispensable y vital. Cuanto más tendamos a la unión y cuanto más vayamos realizando nuestra historia, más nos meteremos en la escuela divina de comunión, y más plenamente nos realizaremos como personas e hijos de Dios.
Recordemos que el gran sueño de Dios, la Iglesia, está construida a imagen de la Trinidad. Nuestra comunidad cristiana toma inspiración del Dios-Trinidad, se fija en ella para entretejer relaciones, para respetar las diversidades, para superar las dificultades. Fijándose en nuestro modo de ser cristianos, de relacionarnos, de respetarnos, de ser auténticos, quien esté a nuestro alrededor podrá comprender quién es Dios y, mediante nosotros, la idea de un Dios que es Trinidad se convertirá en luz.
Éste es el Dios que Jesús nos ha venido a contar. ¿Queréis todavía manteneros con vuestro horrible y viejo Dios?