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domingo, 5 de junio de 2016

DOMINGO 10º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera Lectura: 1 Re 17, 17-24
Salmo Responsorial: Salmo 29
Segunda Lectura: Gal 1, 11-19
Evangelio: Lc 7, 11-17


Cerramos el largo paréntesis iniciado con el Cuaresma y seguido con el tiempo pascual.
Hemos meditado sobre el misterio de Dios y sobre el regalo de la Eucaristía. Ahora retomamos con alegría interior el camino del tiempo ordinario interrumpido en el mes de febrero. Nos acompaña Lucas, el evangelista que escribe sobre la mansedumbre de Cristo. ¡Fantástico! si no fuera por el evangelio que nos espera…

Naín
Iban llevando a la tumba a un muerto, único hijo de una madre viuda.
El principio del episodio ya nos deja helados, nos fuerza a bajar la mirada. Todavía con la sonrisa en los labios por la buena noticia de la Pascua, nos estrellamos con la dramática e insostenible escena de un funeral... de un hijo único de una madre viuda. Parece el principio de una película horror.
Naín, en hebreo, significa la deliciosa. Jesús entra y la muchedumbre sale. Sale de la delicia; sale de la fiesta. Y se estrella con la realidad insoportable.
Como la viuda de Sarepta de Sidón, en la primera lectura, que acogió al profeta Elías y con el que compartió sus pobres recursos. Pero que ahora se las está jugando con el demonio de la muerte y, lo que es peor, con su sentido de culpa: tal vez es Dios quien la está castigando a causa de algún pecado de juventud. Y Dios, aprovechando a aquel santo profeta, guarda las distancias y le mata a su hijo. Eso es lo que piensa aquella madre destrozada.
Cuántos, todavía hoy, piensan que la muerte es un castigo divino.
Pero Elías no puede aceptar aquel suplicio, y prácticamente obliga a intervenir a Dios. Porque la muerte no puede ser jamás un castigo, seamos serios.

Señor
Lucas nos dice lo que Jesús hace. Jesús tiene compasión, toca el cadáver (contaminándose, por tanto, según la tradición judía), e invita al chico a levantarse. Es decir, a resucitar.
Por primera vez en su evangelio Lucas se refiere a Jesús con el título de Señor, Kyrios, el título que remite al mismo Dios. Jesús manifiesta su identidad dando la vida plena, la vida verdadera. Y su sentimiento en ese momento, se expresa en griego por un verbo que Lucas reserva para Jesús: esplangnisze. Jesús, el Señor, sintió una compasión visceral. ὁ κύριος ἐσπλαγχνίσθη.

No, hermanos, Dios no es un ser indiferente, es el de entrañas de misericordia, el compasivo. ¿Por qué, entonces, la muerte?
Lucas no nos lo dice, ni la Biblia tampoco. Pero nos anuncia una noticia desconcertante: no sólo el chico es reanimado y entregado como regalo a su madre por unos años, sino que es resucitado. El muchacho vivirá para siempre, como nosotros nos convertimos en discípulos del Señor cuando acogemos la vida eterna, es decir,  la vida de Dios, el Eterno, que hay en nosotros.
Las lecturas de hoy están impregnadas de fe y de confianza. Las viudas de Sarepta y de Naín, con toda su humanidad dolorida, ven vivir a sus hijos.
Y es que, hermanos, somos inmortales.
Ciertamente, esto no alivia para nada el suplicio de quien pierde a un hijo. Pero ofrece un horizonte infinito y da un sentido a la vida y a la muerte, a la vida de Dios, la vida eterna, que ya corre por nuestras venas.

La muerte de un hijo.
No podemos imaginar un dolor más grande que el de una madre viuda que entierra a su único hijo. Frente a él, Lucas presenta a Jesús como lo único que devuelve la vida a nuestra cotidianidad.
Ante el milagro de la resurrección del hijo de la madre viuda de Naín, ante el rostro de un Dios que no castiga sino que se conmueve y salva, el gentío expresa este sentimiento entusiasta: “Dios visita su pueblo”. Sí, de verdad, el Señor ha venido a visitar a su pueblo.
No entendemos la razón última de la muerte, mucho menos la muerte de un joven que, a nuestros ojos, parece injusta y horrible. Pero el evangelio nos invita a superar el desconcierto. A pesar de que hay cosas que no entendemos, Dios es bueno y misericordioso, y da la vida a quien confía en él.
Cada vez que realizamos un gesto que devuelve vida, la gente se da cuenta de que Dios visita a su pueblo. Cada vez que, como creyentes, realizamos gestos proféticos de luz y vida, damos testimonio de la acción salvadora de Dios.
Dar vida en las cosas pequeñas cosas, en el hacer de cada día, en la acogida y atención de los pequeños, en la oración alegre y llena de fe, en el afrontar la vida con honestidad y transparencia, con confianza cristalina... todo eso nos lleva a testimoniar que estamos llenos de vida porque Dios nos ha devuelto la vida en Jesucristo, el Kyrios, el Señor.
Ojalá qué nuestras comunidades, que se reúnen hoy a proclamar una misma fe, sean siempre capaces de dar vida a quienes encuentren por el camino!

Ojalá qué el niño que hay en nosotros, el joven que sabe soñar y creer, y que demasiado a menudo dejamos morir, se alce y resucite en nosotros la confianza en el Señor de la Vida.