Traducir

Buscar este blog

domingo, 11 de septiembre de 2016

DOMINGO 24º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera lectura: Ex 32, 7-11.13-14
Salmo Responsorial: Salmo 50
Segunda lectura: 1 Tim 1, 12-17
Evangelio: Lc 15, 1-32
 
            Amigos, el domingo pasado veíamos el buen negocio cristiano que tenemos entre manos: con el Señor lo tenemos todo; sin el Señor no tenemos nada. Jesús afirma ser más grande que la alegría mayor y más intensa que humanamente podamos experimentar. Así, para el discípulo que, sintiendo la inmensa sed de infinito que late en el corazón y la aguda nostalgia de absoluto, Jesús propone un camino hacia un descubrimiento inesperado: el verdadero rostro de Dios.
           
            Nuestro pequeño dios
“Despacio, Padre, - dirá alguien - que yo conozco a Dios y lo sirvo desde niño”. Está bien, muy bien, pero lo que el Señor pide a los discípulos, para no caer en una ensoñación, es confrontarse constantemente con la Palabra. No con cualquier palabra, sino con La Palabra, la única, la de Dios.
Todos tenemos una idea de Dios, para creer en Él o rechazarlo. Tenemos una idea espontánea, innata, inconsciente de Dios, una especie de religiosidad innata en nuestra impronta. Pero eso no es suficiente.
Muchas veces, la idea que tenemos de Dios es aproximada y, muchas veces, no demasiado agradable. Dios existe, por supuesto, faltaría más, y además es poderoso, pero también incomprensible en sus discutibles decisiones. Venga, amigos, seamos sinceros: ¿no habéis pensado nunca frente a la estupidez humana, que vosotros habríais gobernado el mundo mucho mejor; que Dios, al menos, debería detener las guerras; que esa madre de familia devorada por el cáncer es un gran despropósito divino?
Esta idea falsa de Dios tiene que ser iluminada por la revelación de Jesucristo. Jesús y el Padre son uno; Jesús no es sólo un hombre con una inmensa sensibilidad espiritual, no. Creemos, yo creo firmemente, que es la misma presencia de Dios.
  
            El Dios de Lucas
            De entre los cuatro evangelistas, Lucas es el que más tuvo que dar este salto. Él, un griego de Antioquía, estaba acostumbrado a una religiosidad vinculada a dioses y a hombres caprichosos como nosotros en todas las cosas. ¡Qué sobresalto debió haber sentido en su corazón al escuchar a aquel tipo de Tarso, hablar de Dios de un modo absolutamente innovador! Dios, decía Pablo, es un Padre lleno de ternura, lejano en años luz de nuestras fobias y de nuestros temores.

Lucas había creído en el Dios de Pablo, había recibido el bautismo y la nueva vida siguiendo al Maestro Jesús, el judío. Luego, después de muchos viajes, después de un montón de alegrías, después de una vida de conocimiento, nos da, como en tres perlas, la síntesis del rostro de Dios en las extraordinarias parábolas que hoy hemos escuchado.

            El Dios de Jesús
            Lucas dice que Dios es misericordia; Dios es la misericordia, nos anticipa su maestro Pablo en la segunda lectura que hemos escuchado. Pero entonces, ¿por qué seguimos pensando en Dios como un policía, un juez, un jefe severo? ¿Por qué insistimos en mantenerlo lejos de nuestras vidas relegándolo a las iglesias y al tiempo libre que dedicamos a la religión?
Con demasiada frecuencia nuestra triste fe piensa que la vida en Cristo es como una promesa que hay que pagar a la omnipotencia de Dios, no como un encuentro de plenitud y de fiesta. Tenemos que convertirnos a la ternura de Dios, tenemos que atrevemos a pensar lo que Él vino a testimoniarnos.
Las parábolas que acabamos de escuchar sacuden la visión mediocre que tenemos de Dios para que abramos nuestra fe a la dimensión de su corazón misericordioso. Convertirse significa pasar de nuestra raquítica perspectiva a la perspectiva inaudita de Dios, y eso significa actuar como él. Nosotros decimos: “Te quiero porque eres dulce, porque te lo mereces, porque eres bueno”. Dios dice: “Yo te amo con obstinación y sin desaliento, porque sé que mi amor te hará bien”. ¡Hay una gran diferencia entre estas dos perspectivas!
En el fondo está que queremos y podemos construir una vida de fe orientada en torno a nuestros méritos, y ahí nos sentimos más o menos cómodos. Pero nadie se merece el amor de Dios. El amor de Dios es absolutamente gratuito, libre y completo. Dios no nos ama porque seamos buenos, sino que amándonos sin medida nos hace buenos y nos abre a la esperanza.

“Feliz culpa”
La solicitud con la que el pastor persigue a las ovejas alejadas es el signo del amor de Dios para los que se sienten “perdidos”. La experiencia del pecado, que es este “perderse”, se convierte en la ocasión para un encuentro más duradero y auténtico con este Dios que nos persigue con su amor. Lejos de tener una visión poética o aproximada del pecado, Lucas sabe muy bien que ese dolor interior que es el pecado, la pérdida, la separación de Dios y de uno mismo, puede convertirse en un encuentro que salva, que nos ayuda a retomar el camino con más autenticidad y ánimo.
Porque nuestra fe no se basa en nuestras propias fuerzas, en nuestras devociones, en nuestros esfuerzos, sino en la obstinación de un Dios que nos busca para amarnos. Tomar conciencia de esto es estar abiertos a la fiesta, a participar, como la mujer que busca la moneda perdida, en la fiesta que Dios hace para los que se dejan encontrar por Él. Los justos, los que se sienten en su sitio, con su “buena nota” gracias a sus méritos, nunca, por desgracia, podrán experimentar la alegría de ser cargados sobre los hombros del pastor. Esos, como el hijo mayor de la parábola del Hijo Pródigo “no entran” en esta perspectiva, en esta mentalidad, no entran a la fiesta. Encerrados en sus pocas certezas, no pueden ensanchar su corazón con la alegría que el Padre siente con el regreso del hijo.
Cuando, por fin, nuestras comunidades entiendan el Evangelio de la misericordia y, con sencillez y simplicidad, lo lleguen a hacer punto de referencia de sus acciones, entonces la Iglesia volverá a ser un faro que ilumina el camino de la humanidad.

¡Que el Dios de la misericordia nos ayude a ello! Así sea.