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domingo, 16 de octubre de 2016

DOMINGO 29º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)



Primera lectura: Ex 17,8-13a
Salmo Responsorial: Salmo 120
Segunda lectura: 2 Tim 3,14 - 4,2
Evangelio: Lc 18, 1-8
 
Los textos de hoy nos hablan de oración. A los cristianos nos gusta la oración, hablamos de ella, necesitamos de ella.    
Sentimos una fuerza extraordinaria que proviene de la meditación orante de la Palabra. Pero muchas veces rezamos mal y despistados, igual que hacemos en otras muchas cosas. No siempre logramos levantarnos pronto por la mañana para recortar al día diez minutos para la oración y, por la tarde, a menudo el cansancio se impone a los buenos deseos que tenemos de un momento de pausa al anochecer.
 Yo tengo la suerte inmensa de estar cada día en contacto con la Palabra como sacerdote y ese contacto frecuente con ella me ensancha el corazón.  
A veces, es pesado rezar. Monjas de clausura, amigas mías, que se pasan muchas horas al día en oración por los demás, me comentan con humor que, a veces, se cansan de rezar. ¡Parece un chiste!
Convencer a alguien de la necesidad y la importancia de la oración es imposible. Y, por otra parte, es igualmente imposible que quien haya descubierto el rostro de Dios en la oración, llegue alguna vez a abandonarla.  
La oración es una experiencia única y personal, que se aprende a medida que se practica: me parece a mí que los libros para enseñar a orar sólo sirven al que los escribe.
 
Confidencias 
La oración es  el santuario donde descubrimos el verdadero rostro de Dios, el lugar dónde el alma encuentra nuestra vida fragmentada e incoherente. Por eso, os confieso que conservar y cultivar una vida interior en este tiempo feroz, en un mundo occidental que ha perdido el alma, tiene algo de heroico, 
La experiencia de los orantes nos dice que, a pesar de haber rezado tanto, Dios nunca les dio lo que pedían, sino todo aquello que deseaban, sin saber cómo, y mucho más de lo que pedían. Ellos mismos descubrieron el sentido profundo de aquello de aquel consejo “llamad y se os abrirá”, sólo que la puerta que se abrió no era a la que estaban llamando.
La puerta de la interioridad, la del verdadero rostro de Dios, la del descubrimiento de uno mismo, sólo lograremos abrirla si insistimos, si no nos desanimamos, si aceptamos sentirnos a veces cansados, casi sin fe, y logramos sentarnos desalentados, dejando que alguien nos sostenga los brazos extendidos, como Moisés en la primera lectura. Es esta una espléndida imagen de Iglesia en la que nos ayudamos y soportamos mutuamente. 
 
Juez injusto 
Aun cuando percibiéramos a Dios como un juez incomprensible - dice Jesús - que no interviene en la vida de los débiles, que nos agobia con normas incomprensibles, que imaginamos ajeno a nuestras inquietudes y a nuestras tragedias, aun cuando Dios fuera ese monstruo que a veces dibuja nuestro inconsciente y que ciertos cristianos insisten en profesar hasta el hartazgo, estamos llamados a insistir en la oración. 

Insistir no para convencer a Dios, sino para convertir nuestro corazón.  Insistir para purificar nuestro corazón y descubrir que Dios no es un juez, ni justo ni injusto, sino un Padre tierno.   Insistir no para cambiar radicalmente las cosas, ni siquiera a nosotros mismos, sino para ver y sentir en el mundo los latidos del corazón de Dios. Insistir en la batalla que tenemos que afrontar cada día, como Moisés que reza para vencer. Insistir.
Pero lo inquietante no es la oración, sino la última e indigesta pregunta de Jesús que martillea en nuestras sienes: “Cuándo vuelva, ¿encontraré todavía fe sobre la tierra?” 

¿Fe? 
Jesús ha venido como resplandor del Padre, nos ha descrito y dado a Dios porque él mismo es Dios. Ha persuadido al mundo sobre Dios, llenándolo de su Espíritu, aunque el mundo, la Iglesia y nosotros mismos, corremos continuamente el peligro de olvidarnos del rostro del Padre para reemplazarlo por ese que se adecúa más a nuestros esquemas. 
En un derroche de locura Jesús confió el Reino a la Iglesia, a esta Iglesia nuestra, para que fuese testigo del Padre. A esta Iglesia débil hecha de personas débiles, aunque transfiguradas por el Espíritu. Pero estamos llamados a una única cosa: a tener fe-confianza y a transmitirla. 
Jesús volverá, lo sabemos, en la plenitud de los tiempos, cuando todas las gentes hayan oído anunciar el Evangelio de Cristo. Vendrá para completar el trabajo que nosotros hayamos hecho, si no nos estancamos por la incompetencia de los operarios, por la polémica sobre los recursos, por un particularismo egoísta o por la pelea entre los obreros. 
La pregunta será: ¿Todavía habrá fe?  Jesús no nos dice: ¿Habrá todavía una organización eclesial? ¿Habrá todavía una vida ética, consecuente con el cristianismo? ¿Quedarán todavía bonitas y buenas obras sociales? No nos preguntará si la gente irá a Misa o no, si los cristianos serán todavía visibles y significativos, si todavía se profesarán los valores del evangelio en el mundo. 
¿Habrá todavía fe? Porque la fe busca al Señor, en quien confía. No busca la eficacia, ni la organización, ni la coherencia, ni las estructuras. Todas estas cosas son esenciales si llevan a la fe y la cultivan; si nos llevan a Dios.  Pero son inútiles y peligrosas, si se convierten en autorreferenciales, si sólo se quedan en celebraciones huecas, en usos y ritos cerrados en sí mismos.
Si no buscamos al Señor corremos el riesgo de confundir los planes, de dejar que las cosas penúltimas y antepenúltimas tomen el sitio de las cosas últimas y verdaderas. 
 
Sacudidas 
Sano reproche, el que Jesús nos hace hoy, sano realismo y desconcertante provocación. Jesús pide a sus discípulos conservar la fe en la adversidad, no ceder, no aflojar, seguir con la desarmada y desarmante batalla del Reino. 
Es tiempo de fidelidad, tiempo de no aflojar, de no ceder… justo en estos tiempos brumosos y confusos. 

Hoy, en esta eucaristía, con nuestra presencia, con nuestra vida y nuestro deseo, digamos: sí, Señor, Maestro, si hoy vinieras, si fuese ahora la plenitud de los tiempos, todavía encontrarías una fe ardiente: por lo menos la de cada uno de nosotros.