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domingo, 13 de noviembre de 2016

DOMINGO 33º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)



Primera lectura: Mal 3, 19-20
Salmo responsorial: Salmo 97
Segunda lectura: 2 Tes 3, 7-12
Evangelio: Lc 21, 5-19

La finalidad de la Palabra de Dios que acabamos de escuchar no es describir el futuro, sino darnos como creyentes fuerza y coraje para que podamos vivir con autenticidad el seguimiento de Jesús, en medio de las pruebas y dificultades, reconociendo el valor del tiempo presente.
Está claro que las cosas no van bien, lo sabemos de sobra. Los acontecimientos del mundo nos inquietan. La tragedia diaria e imparable de los emigrantes en todo el Mediterráneo (ya van 4.000 muertos en este año); la situación en Siria que es una catástrofe; la violencia fanática del Califato de Isis;  las olvidadas guerras en África que se eternizan, mientras Europa mira para otra parte; la economía que no termina de activarse; la mala política que hace huir de su entorno a las personas normales y honradas; los terremotos en los Apeninos, el hambre de Venezuela; un mundo occidental que se jacta de haber rescatado, en nombre de la libertad, cualquier forma de suicidio u homicidio: la muerte dulce, el suicidio asistido, la supresión de enfermos mentales.
Y no hablemos de las situaciones personales. Cada día, en el acompañamiento personal, en el confesonario, o por correo, me llegan muchas de ellas dolorosas, a las que a veces no sé cómo responder, pero que siempre llevo a mi oración de creyente. Confío al Señor a quien ha perdido a sus hijos o hermanos en la flor de la vida, o todavía creciendo; a quien sufre la ansiedad por un hijo con una enfermedad que nadie logra diagnosticar; el desaliento de quien estando perdidamente enamorado ve que ese amor se le escurre entre los dedos hasta dar al traste con su matrimonio, sin poder hacer nada… Vosotros mismo podéis ir añadiendo a la lista otras tantas situaciones.

Se acabó el tiempo
En este penúltimo domingo del año litúrgico, el evangelista Lucas se dirige a su comunidad y a nosotros hablando de los últimos tiempos, que ya han comenzado con la resurrección de Jesucristo. No nos habla del final del mundo sino de la meta. No nos habla de una explosión destructora del cosmos sino de del sentido último de la historia.

Lucas evangelizaba a una comunidad perseguida e impresionada por la destrucción de Jerusalén y del Templo, asustada por la oleada de odio azuzada por Nerón en todo el Imperio.
Con pánico se preguntaban ellos y nos preguntamos nosotros: ¿estamos perdidos?, ¿es ya el final? Desde un nivel más profundo nos puede incluso surgir la pregunta maliciosa: ¿y si nos hubiéramos equivocado? ¿Y si Dios se hubiera equivocado? ¿Y si la vida fuera un cúmulo inextricable de luz y tinieblas que lamina y machaca toda emoción y cada sueño que tenemos? ¿Y si Dios hubiera exagerado con la idea de la libertad humana y el hecho de que el hombre puede arreglárselas solo?
¿O es que, tal vez, Dios no sea tan bueno como nos han contado durante tanto tiempo? ¿O tal vez haya que desempolvar la vieja imagen de un Dios iracundo que, al final, saca el látigo y nos arrasa a todos?

Levantad la mirada
Sería legítimo pensarlo. Y tal vez hasta preciso.
Pero no, responde Jesús: estad serenos.
Las situaciones catastróficas que vivimos no son las señales del fin del mundo, como algún predicador de mal agüero puede decir insistentemente; no son las señales de un mundo que se precipita en el caos.
El Señor ya tuvo que enfrentarse con esta locura en su mundo, mucho más agresivo que el nuestro.
Y hoy, sonriendo, nos dice: cambia tu mirada.
Mira las cosas positivas: el mucho amor que la humanidad logra producir a pesar de todo; el estupor que suscita la Creación y que redimensiona todo para quien se pone sin defensas ante ella; el Reino de Dios que avanza y crece en los corazones, tímido, discreto, pacífico, desarmado, pero imparable. Fíjate en ti mismo, en todo lo que ha logrado Dios en ti, a pesar de todo, a lo largo de todos los años de tu vida. En todo el amor que has dado y has recibido, a pesar de todo. Fíjate en ti y en la obra espléndida de Dios, en su brillante manifestación, en lo bueno y lo bello que ha creado en ti. ¡Míralo y no te desanimes!
Aún más: el cansancio y el desánimo pueden ser una ocasión de crecer y de creer. La fe se afina en la prueba, te hace más transparente; tu mirada se hace más límpida para ver el mundo con los ojos de Dios; te convierte en testigo del Señor cuando te juzgan y te cuestionan; te convierte en un santo de verdad (no de esos almibarados de nuestra devoción enferma) y sin darte cuenta te descubres como creyente.
Si el mundo nos crítica y nos juzga, si nos ataca, no nos pongamos a la defensiva, no razonemos con la lógica de este mundo: confiémonos al Espíritu.
Cuando el mundo habla demasiado de la Iglesia, la Iglesia tiene que hablar principalmente de Cristo; no de poder, ni de estrategias, sino de amor y de servicio.

¡Qué agobio!
Pero esto de alzar la mirada confiada en el momento de la prueba y la adversidad no nos gusta para nada. ¡Reconozcámoslo!
Preferimos cocernos en nuestras verdaderas o presuntas desgracias, preferimos lamentarnos de todo y de todos, vivir en una rabia crónica. Preferimos lamentarnos mil veces del mundo feo, sucio y malo que nos rodea y, si cuadra, construirnos una pequeña secta católica, muy devota, en la que nos encontremos bien, al menos al principio; porque luego nos hacemos mal entre nosotros como todo el mundo.
¡Vaya!, que preferimos resistir el mal a nuestro modo y manera porque nos cansa la simple idea de tener que cambiarnos a nosotros mismos, de cambiar nuestra mirada y nuestro corazón.
Pero si, en cambio, deseamos hacerlo como tú quieres, Señor, entonces libera nuestro corazón del peso del pecado, de la profunda incoherencia que vivimos, de la tendencia a la auto-flagelación que nos caracteriza y haznos libres, mientras llega tu Reino.

En las horas oscuras y difíciles, nos ponemos en tus manos porque confiamos en ti, Señor, en la paz y ternura de tu regazo, y en el poder de vida que llevas contigo. Amén.