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domingo, 4 de diciembre de 2016

DOMINGO 2º DE ADVIENTO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 11, 1-10
Salmo Responsorial: Salmo 71
Segunda Lectura: Rom 15, 4-9
Evangelio: Mt 3, 1-12


Profetas y profecías
Todavía tenemos necesidad de profetas, y numerosos profetas habitan en nuestras ciudades grises. Personas con apariencia normal y que hasta saben hablar en nombre de Dios, saben leer el presente a la luz de la fe. Porque el profeta no predice el futuro (ese es el adivino) sino que nos ayuda a entender el presente. ¡Y sólo Dios sabe cuántos profetas necesitamos para lograr descubrir un recorrido de fe en la pesada vida cotidiana!
En las lecturas de hoy nos encontramos con dos profetas. Dos gigantes de la fe, dos pilares de la espiritualidad, dos servidores de la Palabra. Juan, el rudo, e Isaías, el seductor. Así de diferentes son en su modo de profetizar, así son de auténticos y actuales.
- Isaías habla a un pueblo que tiene que vérselas con sus agresivos vecinos:  egipcios, asirios y, muy pronto, aparecerán los babilonios en la escena internacional del momento. Un pueblo asustado por lo que está ocurriendo, por los grandes proyectos de los poderosos, un pueblo pequeño que se siente como tiestos de barro entre macetas de hierro.
En esa situación Isaías canta, sueña y diseña un mundo sin armas. Un mundo en el que el violento juega con el recién nacido. Un juego en el que los instintos más malvados se hacen servidores de la vida y de la verdad.
¡Qué Isaías más iluso!
- El otro es Juan. Un Juan al que el evangelista Mateo dibuja seco, incisivo e invasivo como el desierto que lo ha consumido. Eficaz y cáustico como sólo los profetas saben ser.
Juan pide conversión, exige acción y solicita decidirse por opciones concretas. Porque el cambio lo debemos realizar aquí y ahora, sin acomodarnos a nuestras pequeñas o grandes convicciones. Tenemos que apurarnos para no ser arrollados, barridos y destrozados.
Pero Dios no sólo está con quien simplemente espera, sino también con quien colabora en la construcción de su Reino. Porque, como dice san Agustín, Dios quiere que lo que es un regalo suyo se convierta en conquista nuestra.

Dos estilos
Son dos estilos de vivir la fe, dos modos de articularla, que sólo son antípodas en apariencia. Isaías espera el Reino de Dios desde lo alto. Juan Bautista se afana en realizarlo desde abajo.
Así de diferentes son los modos de vivir la fe, de construir la Iglesia y de experimentar la vida interior. Así de diferentes son las sensibilidades de cada uno de nosotros. Hay quien mira para arriba y quien, primero, mira para abajo. Son modos de ser que no se contraponen, sino que se complementan.
Así son muchos de los modos de leer la realidad que estamos viviendo. Algunos confían en el milagro divino, otros invocan fuego y llamas desde el cielo, acciones y pronunciamientos.
Así es la profecía, dulce y amarga, tierna y decidida, de ensueño esperanzado y de perentoria irrupción. Así es nuestra fe.

Del mismo modo, son muchos los modos de esperar la Navidad. Está esa forma edulcorada, simple, de quien se deja mecer en la emoción de los sentimientos sin convertir su corazón; de quien desea la atmósfera navideña sin dejarse realmente impactar por la Navidad.
Luego está la de aquéllos que en Navidad vuelcan su vida en busca de los pobres, socorriendo a los últimos de la sociedad.
Y entre tanta profecía, llega el regalo de Dios, que es él mismo en persona, el esposo deseado, la esposa deseada. Este Dios que lo descoloca todo.

En medio de todo
Dice Isaías: Vendrá el Mesías esperado y  nos hablará de la conversión y de la paz del corazón. Él sabrá transformar a los lobos en corderos.
Pero los áspides lo morderán, creyendo que lo harán morir. Serpientes venenosas lo morderán intentando derrumbarlo.
Vendrá el Mesías no para suprimir la guerra y la violencia, sino para redimir y cambiar al pueblo. Vendrá, aunque será mirado con odio por muchos y será tomado por un iluso.
Dice el Bautista: Vendrá el Mesías esperado. Pero será tan inesperado que igualmente nos descolocará, haciéndonos vacilar.
Señalará con el hacha. No cortará el árbol, pero lo cavará alrededor y lo abonará, esperando que dé frutos.

El fuego de Dios
El Dios que anuncia el Bautista, el Dios que esperamos es el Dios que quema por dentro, que barre con fuerza nuestros temores, un Dios fuerte e impetuoso.
Un fuego que arde abrasando las lentitudes y perezas, devorando toda objeción, cualquier oscuridad y todos los miedos. Juan proclama:  no basta con ampararse detrás de la tradición (“tenemos por padre a Abraham”) o con una fe exterior, de fachada, con una conciencia tibia (“dad el fruto que pide la conversión”).
El Mesías que viene pide un cambio real, una elección de vida, una toma de posición. Dios hecho hombre separa la luz de las tinieblas, y nos obliga a acogerlo… o a rechazarlo.
De modo que un Dios sobre las nubes, una divinidad huraña a la que invocar para arrancarle un milagro o a la que insultar porque el milagro no ha ocurrido, es un cuento; es un ídolo pagano. ¡Hermanos: aquí estamos hablando de un Dios recién nacido!
Un Dios indefenso que destroza nuestras teorías aproximativas sobre la naturaleza divina, un Dios humilde y frágil, que pide hospitalidad, como un refugiado más, y no una vana devoción. Un Dios entregado, ostensible, evidente y mendigo. Un Dios que te mira a los ojos…
Ante esta irrupción de un Dios inesperado, Isaías queda confundido y Juan inquieto y conmovido.
Siempre tan diferente, siempre tan fuera de sitio, siempre tan loco este nuestro Dios.

 Hermanos: Éste es el anuncio; está hecho. Éste es el tiempo verdadero para preparar el camino al Señor que viene, éste es el tiempo verdadero para posicionarnos y acoger a este Dios siempre inesperado, siempre diferente. Ahora, a nosotros, nos toca acogerlo. Hagámoslo.