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domingo, 31 de enero de 2016

DOMINGO 4º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)




Primera Lectura: Jer 1, 4-5.17-19
Salmo Responsorial: Salmo 70
Segunda Lectura: 1 Cor 12,31–13,13
Evangelio: Lc 4, 21-30


Encontrar Dios es como enamorarse y participar en una espléndida fiesta. En cambio para conocerlo y convertirnos en discípulos del Nazareno tenemos que hacer como Lucas: tomar en serio el evangelio, que no es una colección de piadosas exhortaciones ni un manual de moral.
Jesús no está perdido en las aproximaciones de las fábulas, sino que está firmemente anclado en la historia. La fe tiene que ver con las emociones, ciertamente, pero se nutre de la verdad.

Jesús inicia el ministerio en su casa, en la sinagoga de Nazaret. El domingo pasado escuchamos la narración de Lucas sobre la lectura del profeta Isaías que Jesús hace durante el culto del “shabbat”, una lectura sobre los tiempos mesiánicos. En ella, Isaías profetiza esperanza, consuelo, vuelta del destierro, conversión, paz, luz, en fin una bendición infinita sobre el pueblo de Israel.
Jesús concluye diciendo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura.” Es él quien lleva aquella buena noticia. Él mismo es la buena noticia.
¿Estupendo, no? En este punto un bueno guión cinematográfico introduciría, con una música intensa, un primerísimo plano de Jesús que se va extendiendo sobre una muchedumbre estupefacta que se alegra y llora y a la que Jesús abraza.
Pero la vida no es casi nunca una película. Jesús termina la lectura, cierra el rollo del profeta Isaías y la gente comienza a murmurar cada con voz más alta.
“¿Pero no es el hijo de José, el carpintero? ¡Sí, es él! ¡También yo tengo una bonita cómoda que me ha hecho a su padre! ¿Pero qué le pasa? ¿Ha perdido la cabeza?"”
Jesús reacciona, cita la Escritura, explica lo difícil que resulta ser profeta en su propia casa, cómo sólo los extranjeros como la viuda de Sarepta o Naaman el sirio, han sabido reconocer a grandes profetas como Elías y Eliseo. Y se monta el gran follón.
Al inicial desconcierto sucede la ofensa y la suspicacia: ¿Pero cómo se permite? ¿Pero quién se cree ser este joven pretencioso? ¡Nosotros sabríamos reconocer a Elías o a Eliseo! ¡Sabríamos acoger al Mesías si Adonai – el Señor - lo enviara!

Verdades incómodas
Hoy tenemos que hablar de los profetas a los que no escuchamos. Hoy tenemos que hablar de cómo Dios ha venido a hablar de sí mismo y cómo nosotros nos negamos a escucharlo.
Las razones del rechazo son evidentes: Jesús es un Mesías insignificante, poco espectacular, que no corresponde a los criterios mínimos de seriedad del profeta estándar de toda la vida.
Así sucede también en nuestro mundo desencantado y cínico: estamos tan empapados de lo que pensamos que es el cristianismo, que no reconocemos el verdadero rostro de Dios.

domingo, 24 de enero de 2016

DOMINGO 3º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera Lectura: Neh 8, 2-6.8-10
Salmo Responsorial: Salmo 18
Segunda Lectura: 1 Cor 12, 12-30


El domingo pasado veíamos cómo el agua de la cotidianidad, el cansancio de la costumbre y el suplicio del dolor pueden ser transformados en el vino de la fiesta: Jesús es el novio de la humanidad que nos desvela cómo el encuentro con Dios es una brillante fiesta de bodas.
En estos días, en los que las dramáticas imágenes de guerras y refugiados, de atentados y violaciones, de políticas personalistas y mezquinas invaden nuestras casas, necesitamos repetirnos la noticia de creer que existe un sentido, un lugar de esperanza, una luz más allá de cualquier tiniebla. Además frecuentemente nos topamos con  catástrofes naturales que nos desconciertan. Todos estos acontecimientos, por más trágicos que sean, nos recuerdan que formamos parte de un universo en evolución, de una creación que vive los dolores del parto, que nosotros somos sus huéspedes a los que sólo Dios llena de dignidad. Y en esta situación…

Aparece Lucas
Lucas se parece a nosotros: como nosotros proviene y vive en un entorno alejado de la espiritualidad; como nosotros está solicitado por mil estímulos, por novedades religiosas de moda; como nosotros nunca vio a Jesús en su vida, como nosotros – ¡esperemos! – quedó intensamente implicado por la predicación de un judío llamado a Pablo, que había llegado a Antioquía para hablar de un tal Jesús muerto y resucitado; como nosotros fue creciendo en la conciencia de que Dios es ternura y misericordia infinita.
Leyendo a Lucas podemos seguir su evolución interior, su recorrido, su carácter, tal como logramos conocer a las personas cuando iniciamos con ellas una intensa correspondencia.
Lucas fue educado en la religión de sus padres, un cúmulo de divinidades caprichosas y extrañas, arbitrarias y pasionales, que imitaban en su Panteón los defectos y las limitaciones humanas. Divinidades lejanas, incomprensibles y hurañas, puestas en ridículo por la predicación de Pablo.
Dios es diferente - dice el judío de Tarso - es un padre lleno de ternura, que busca y quiere a cada uno de sus hijos. Y Lucas tiene experiencia de ello.
Empujado por Pablo, después de algunos años de discipulado, Lucas acepta escribir un informe ordenado de las cosas ocurridas entre las primeras comunidades.
Historiador concienzudo y apasionado, Lucas dedica mucho tiempo a escuchar a los testigos directos y a redactar un espléndido evangelio, el evangelio de la mansedumbre y misericordia de Cristo.

miércoles, 20 de enero de 2016

Anuario S.J. 2016 - LOS BANCOS DE CEREALES... UNA LUCHA SIN FIN

Anuario
El autor habla de la ardua lucha para proteger
la federación de los bancos de cereales,
nacidos entre muchas dificultades y que ahora
corren el riesgo de caer en manos
de hombres sin escrúpulos.

Nuestra región con capital en Mongo, Chad, está situada en el Sahel y por lo tanto padece crisis alimenticias endémicas debidas a la escasez de lluvias, a los ataques de los pájaros granívoros, de los saltamontes y de las cantáridas.
Óptimo terreno, pues, para los usureros, todos ellos magnates locales o grandes ganaderos, que han ido tomando lentamente como rehén a la masa de los campesinos. Para devolver los préstamos recibidos en momentos de sequía, los campesinos tienen que entregar prácticamente la totalidad de sus futuras cosechas. De este modo, ya no cultivan más para sí mismos sino para los usureros. Es sabido, de paso, que explotados y explotadores son musulmanes en un 97 por ciento y no se ve nada extraño que, cada viernes, se encuentren todos ellos para rezar en la misma mezquita. Sólo las comunidades cristianas, en la fiesta de las primeras espigas, intentaron esbozar un gesto para compartir con los menos dichosos.
En la añada agrícola de 1993-94 la Iglesia católica de la región del Guerà tuvo que intervenir contundentemente para afrontar una nueva penuria. No obstante, conscientes de que la distribución de ayuda no habría sido más que un paliativo, se pensó en una solución más radical para pasar de la eterna dependencia de las ayudas externas a una autogestión responsable. Se decidió así no dar nada gratis sino conceder préstamos de mijo, sólo mijo, reembolsables en la cosecha siguiente con un pequeño tipo de interés y así renovar las existencias en las aldeas mismas. El reembolso, en efecto, es en su totalidad para la aldea con la posibilidad de incrementarlo durante los cinco años siguientes. Sólo entonces se retirará la cantidad recibida para fundar un nuevo banco en una aldea vecina. Esto fue una novedad absoluta y la cosa empezó a funcionar aunque con muchas dificultades y no sin la oposición de los “sabios” musulmanes que blandían la prohibición de la ley islámica respecto de los préstamos con interés. ¿Y los usureros, entonces?
Gracias a un fuerte trabajo de sensibilización y a la intervención de las autoridades locales, tanto civiles como religiosas, la máquina se puso por fin en marcha y poco a poco se llegaron a crear bancos en todas las aldeas de la región, agrupadas en federación, y a hacer desaparecer la mayor parte de los usureros. Ahora, los campesinos cultivan tranquilamente sus campos disfrutando la cosecha y recurriendo al banco de cereales en caso de sequía. Ha sido una verdadera revolución cultural y social para toda la región que ha puesto a la Iglesia en la primera fila entre todos los organismos operantes en materia de autosuficiencia alimenticia. Sin entrar en más detalles, vamos a la cuestión que nos interesa ahora.

Anuario S.J. 2016 - DESCENDIMIENTO

Anuario
Ha sido colocado un nuevo retablo
en una  capilla lateral de la Iglesia del Gesù
de Roma, con ocasión del segundo centenario
de la Restauración de la Compañía.
Es obra de Safet Zec, un artista de Bosnia.

Para recordar el segundo centenario de la Restauración de la Compañía de Jesús en la Iglesia universal, que tuvo lugar por obra y gracia de Pío VII, el 7 de agosto de 1814, se ha colocado un retablo sobre el altar de la Capilla de la Pasión en la Iglesia del Gesù de Roma. De este modo, dicha capilla recobra la integridad temática del ciclo pictórico de José Valeriani y Gaspar Celio, menoscabada por la desaparición del retablo original, obra de Escipión Pulzone, robada a principios del 1800 y ahora expuesta en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York.
Para la realización del nuevo retablo se ha recorrido un camino largo y no fácil;  en efecto, se trataba de superar las reservas existentes respecto a la oportunidad de poner una obra de arte contemporánea en un contexto histórico y después localizar a un artista que pudiera y quisiera aceptar el inevitable desafío de la comparación con lo antiguo, y que respondiese a los rigurosos criterios de los departamentos competentes en la obtención de los necesarios permisos.
La larga historia de la Iglesia del Gesù Jesús ha visto una armoniosa estratificación de obras y de estilos diferentes en una secuencia casi incesante, al menos hasta las últimas masivas intervenciones - en gran parte de restauración - de la primera mitad del siglo XIX. Y no sólo. En el magnífico ciclo pictórico de Juan Bautista Gaulli, se realizó un raro acuerdo entre la propiedad y el artista: el complejo y articulado programa iconográfico pensado por los Padres jesuitas fue magníficamente interpretado por Gaulli y de ello nació una obra maestra del barroco, junto con el arte de ilustrar y comunicar la fe católica.
Con la asistencia de la Superintendencia para los Bienes histórico- artísticos y etno-antropológicos de Roma y la Comisión diocesana de arte sacro, se persiguió el intento de revigorizar el diálogo no fácil entre la Iglesia y los artistas.
El desafío fue laborioso, en muchos aspectos arriesgado, pero también estimulante. Un encargo, en efecto, comporta para el artista el trabajo de medirse con un espacio - el definido por las exigencias del propio encargo y, otro menos laborioso, representado por el espacio físico al que está destinada la obra - en el que su creatividad puede sentirse constreñida.
El artista tuvo que interpretar el proyecto propuesto aceptando las muchas ataduras impuestas a una obra destinada a una Iglesia importante como el “Gesù” de Roma. La obra no tenía que responder a un objetivo principalmente conmemorativo, sino más bien expresar el espíritu que anima a la Compañía de Jesús y la voluntad de servicio que ella quiere realizar dondequiera que sea enviada para llevar el Evangelio. Los personajes representados fueron protagonistas en los tiempos difíciles de la Restauración de la orden y, respecto al P. Arrupe, de la renovación postconciliar. Ellos, en la acción de descender de la cruz el cuerpo del Señor, debían recordar la vocación de la Compañía, es decir servir sólo a Dios y la Iglesia bajo el estandarte de la cruz.
Visitando la vasta obra de Safet Zec pareció que él podría ser el intérprete apropiado para la empresa. La sensibilidad de este artista bosnio, hecha más aguda y vibrante por la terrible experiencia del conflicto fratricida que devastó los Balcanes y que le afectó directamente y con dureza, ha ido dando vida a obras de rara intensidad: la íntima participación en el dolor y la compasión traslucida en los abrazos, en los ojos llenos de lágrimas y de dignidad, en la mirada intensa y compartida sobre las pobres cosas de la vida cotidiana, marcadas por el tiempo. El pan partido puesto sobre un mantel blanco, aparece como memoria del calor de un comedor turbado por una tragedia temida y repentina, como invitación y promesa de una comunión reencontrada y de amistad...
Hay en la obra de Zec un silencio ansioso que hincha el alma, una pasión que crece hasta el infinito, pero que no cede a la tentación del grito liberador;  permanece más bien encerrada en el corazón y se transmite a quien acepta posar la mirada sobre un alma, que se trasluce tímida en las imágenes de una tragedia detenida sobre el lienzo o sobre el silencio de viejas fachadas de casas venecianas, magníficas y moribundas, o en bodegones que custodian la nostalgia de una casa abandonada. Una pintura, la de Zec, de alta maestría técnica y material, fuerte y vehemente y, siempre, fuera y por encima de cualquiera retórica.
En la Capilla de la Pasión se veneran los restos de S. José Pignatelli (1737 -1811), que fue un indiscutido protagonista de la Restauración de la Compañía, así como los del Siervo de Dios P. Juan Felipe Roothaan (1785-1853), segundo General de la renacida Compañía de Jesús. En la misma capilla descansa también el P. Pedro Arrupe (1907-1991), que fue Prepósito General y figura decisiva en la puesta al día de la Compañía después del Concilio Vaticano II.

Anuario S.J. 2016 - PRESENTACIÓN

Anuario

            El año 1980 los titulares de todo el mundo hablaron de una crisis de refugiados. El pueblo vietnamita escapaba de su propio país en cualquier artilugio que se mantuviera a flote. Las imágenes de aquel “boat people” quedaron impresas en muchos corazones. También en el del P. Pedro Arrupe, por entonces Superior General de la Compañía de Jesús. Él, en una carta del 14 noviembre 1980, exhortaba a los jesuitas de todo el mundo a responder a la catástrofe con estas palabras: “Esta situación es un desafío a la Compañía que no podemos ignorar si queremos seguir siendo fieles a los criterios fijados por San Ignacio, a nuestro celo apostólico y a la llamada de las recientes Congregaciones Generales 31 y 32”. Y así nació el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS). El JRS se distingue de cualquier otra agencia de ayuda a refugiados por su lema: acompañar, servir y defender. Sobre esta base se ha intentado dar respuesta a otras crisis de refugiados en el mundo.
Muy significativa es la declaración que hicieron los directores del JRS en Chiang Mai (Tailandia) en 1985. “Mientras estamos siempre listos” -  leemos allí - “a ayudar a los refugiados en sus necesidades materiales y espirituales y también en preparar proyectos para una vida mejor y más independiente, buscamos sin embargo poner una particular atención en el estar con antes que en el hacer por. Queremos que nuestra presencia entre los refugiados sea un compartir, un acompañamiento, un caminar juntos en la misma senda.”
Con ocasión de los 30 años de vida del JRS, el Padre General Adolfo Nicolás ha reiterado su necesidad e importancia, subrayando en particular el valor de la hospitalidad. “La hospitalidad es un valor profundamente humano y cristiano que reconoce el clamor del otro, no porque él o ella sea un miembro de mi familia, de mi comunidad, de mi raza o de mi fe, sino simplemente porque él o ella es un ser humano que merece ser bienvenido y respetado. Es la virtud del buen samaritano, que vio en el hombre del camino, no al miembro de otra raza sino al hermano necesitado… El JRS, sirviendo a los refugiados, es la hospitalidad del Evangelio en acción” (14 noviembre 2010).
Desde que el Padre Arrupe llamó la atención de la Compañía de Jesús, el problema de los refugiados, el fenómeno de las migraciones forzadas, ha aumentado dramáticamente y se ha extendido a otras partes del planeta. Si ayer eran los frágiles barcos en el Mar de China los que llamaban la atención del mundo, hoy son las balsas o las pateras, tan frágiles, que atraviesan el Mediterráneo y que a menudo acaban en el fondo del mar con su carga humana. Y también lo son las matanzas perpetradas por grupos extremistas que provocan nuevas oleadas de refugiados.
El Anuario de este año ha querido dedicar una parte muy amplia al mundo de los refugiados, de los desplazados y de todos los que tienen que abandonar forzadamente su país a causa de la guerra, del hambre, de la persecución. Y el JRS tiene naturalmente una parte muy importante en la asistencia a estas personas que lo han perdido todo, a veces también la dignidad humana. Hoy el JRS trabaja en más que 50 países.
Pero con el JRS también hay otras realidades y organismos, siempre bajo la égida de los jesuitas, que se ocupan de los mismos problemas. En el anuario se hace referencia a algunos, como por ejemplo la Red Jesuita con Migrantes, que se ha convertido en una organización interprovincial e intersectorial extendida por 18 países de América Latina y del Caribe. Y también el Servicio Jesuita a Migrantes de España, que es de notable relevancia por su atención a los inmigrantes y por su reflexión sobre las migraciones y la sociedad.
El servicio de la Compañía a los refugiados y desplazados ha hecho, pues, un largo camino en los últimos treinta y cinco años y podemos decir con el P. Nicolás que “queríamos ser de ayuda, pero al final nos dimos cuenta de que aquellos a los que servimos nos han enseñado mucho más, transformándonos profundamente.”
El resto del Anuario es una mirada al mundo de los jesuitas y su obra en los diversos continentes. Después de una mirada a algunos aniversarios, se examinan una serie de actividades en el campo de la espiritualidad, de la educación y del compromiso social. Sólo son unos ejemplos que muestran lo diversificada que está la actividad apostólica de la Compañía de Jesús, en el intento de llegar a todos, para llevarles la buena noticia del Evangelio y dar sobre todo una señal de esperanza a los más pobres y olvidados.
Giuseppe Bellucci, S.J.
Traducción de Juan Ignacio García Velasco, S.J.

domingo, 17 de enero de 2016

DOMINGO 2º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera Lectura: Is 62, 1-5
Salmo Responsorial: Salmo 95
Segunda Lectura: 1Cor 12, 4-11
Evangelio: Jn 2, 1-11


El domingo pasado veíamos cómo somos queridos mucho y bien por el Señor. Él está verdaderamente contento con cada uno de nosotros. Y es difícil querer bien, dejando libre a la persona que se ama, ayudándola a crecer, valorándola, queriendo sin poseer, queriendo dar alas, amando sin chantajes. Sin embargo, esto lo consigue Dios.
En este año C del Tiempo Ordinario, que va a estar dedicado al evangelista Lucas, intérprete de la mansedumbre y misericordia de Cristo, iniciamos el tiempo ordinario con una injerencia de Juan: la narración de las bodas de Caná. Iniciamos el nuevo año repitiéndonos que encontrar a Dios es como participar en una espléndida fiesta de bodas. Una fiesta en que sentimos cómo la alegría se extiende y llena cada una de las fibras de nuestro cuerpo, porque estamos rodeados por nuestros amigos, porque estamos enamorados, porque todo nos sonríe.
Pero también existe una visión oscura de la fe y Dios, que reemplaza la alegría por el deber, que se escurre hacia la obligación de la regla, que no quita ojo al sentido de culpa y hace del pecado la medida con qué juzgar toda la vida.
Por eso Juan inicia la narración de sus siete milagros con una boda; por eso dice que aquélla fue el primer signo de Jesús, el principal; por eso leemos esta página al principio del año: para volver a descubrir que creer es alegrarse.

Borracheras
La historia de Caná corre el riesgo de ser leída con superficialidad, fijándose sólo en el insólito y agradable milagro, y en la colosal borrachera  colectiva consiguiente; la conclusión, conocida por todos, es que Jesús es un hombre prodigioso que transforma el agua en vino, ¡quién pudiera!
Sin embargo, debemos ir más allá de la pura letra. Habéis leído bien: es una boda bastante extraña. Se echa absolutamente de menos a la novia, el novio sólo aparece para recibir las felicitaciones por algo que, en teoría, no le concierne y por lo que él no ha hecho absolutamente nada! ¡Qué boda más rara!
Aparte notamos la descortesía de Jesús hacia su madre y, para poner la guinda, la absurda presencia de unos cántaros de piedra de cien litros para la purificación en la casa de la celebración. ¿Qué hacían ahí? Aquellas tinajas de piedra existían, sí, ¡pero en el patio del Templo de Jerusalén! Ciertamente, no en Caná.
En fin, que son muchas las cosas que no van; intentemos comprenderlo mejor.

Matrimonio fracasado
El matrimonio entre Israel y su Dios languidecía, era como aquellos cántaros: petrificados e imperfectos. Eran, seis las tinajas, cuando el número de la perfección es siete: falta algo. La religiosidad de Israel estaba cansada y aguada, ya no daba alegría, ya no había fiesta. El pueblo estaba viviendo una fe muy parecida a nuestra religiosidad contemporánea, cansada y despistada, arrollada por las contradicciones y por la rutina de cada día.

domingo, 10 de enero de 2016

BAUTISMO DEL SEÑOR (Ciclo C)


Primera Lectura: Is 42, 1-4.6-7
Salmo Responsorial: Salmo 28
Segunda Lectura: Hech 10, 34-38
Evangelio: Lc 3, 15-16.21-22


El sol del desierto cae a plomo. Un accidentado paisaje lunar va desapareciendo entre las cañas cercanas a la orilla del Jordán. Juan levanta la vista y ve centenares de personas esperando su turno. Algunos rezan, otros hablan en voz baja, y otros lloran en silencio. Estaban expectantes, nos dice Lucas.
Juan está cansado, agotado, por el desierto y el sol, por el fino viento del norte y por la luz deslumbrante, por los ayunos y privaciones. Su trabajo está llegando a su fin.
Los profetas llevaban ya tres siglos en silencio y la fe se había oscurecido, se había hecho rígida, llena de reglas y de intransigencia. La gente venía desde lejos, de la capital. Huía del templo para encontrar un testigo creíble. Como tantas veces sucede hoy en día.
Y mientras contempla la fila que espera para meterse en el agua, Juan ve a Jesús que se acerca y siente un pálpito en su interior.

Pecadores
Camina con los pecadores, penitente con penitentes. No tiene que pedir perdón, no hay ninguna sombra en su corazón, pero no hace un privilegio de ello. Él, sin zonas oscuras, acepta compartir nuestra oscuridad para iluminarla con su presencia.
El Jordán no lavará sus pecados – no los tiene - , pero su presencia santificará sus aguas.
Jesús no será fuego, ni castigará como es la predicación del Bautista. Será, al contrario, solidario con los pecadores y buscará la oveja perdida.
Isaías, en la primera lectura, deportado en Babilonia con otros muchos judíos después de la derrota de Jerusalén, anima a un pueblo perdido y frágil hablando de la venida de Dios. La gloria de Dios, como dice Jeremías en otra parte, ha abandonado el templo destruido y parte encadenado para estar con su pueblo. Jesús es el Dios-con-nosotros, sin reservas y sin apaños.
Hace pocos días lo dejábamos en brazos de su madre, adorado por los magos. Hoy lo encontramos adulto, determinado, solidario. Hoy comienza la vida pública de Dios.

En oración
Después de su bautismo Jesús se pone en oración. Solamente en la interioridad podemos tomar conciencia de lo que sucede en los sacramentos. Y es en la oración donde Jesús experimenta al Padre. El cielo cerrado se abre, la paloma, una animal apacible, desciende sobre él. Son imágenes, signos espirituales, que indican la realidad de lo que ha sucedido.
Jesús descubre que es amado, descubre que agrada al Padre, que Dios se complace en Él.
Igualmente nosotros: solamente en una interioridad cultivada con determinación, podemos experimentar cuánto somos amados por Dios y cómo Él se complace en nosotros.
Sólo en la oración nos encontramos con que la presencia de Dios es un fuego que consume, que ilumina y que consume. El Espíritu es fuego, eso es lo que nos habita, no el aburrimiento, ni la mediocridad, ni el miedo, ni el pecado.
¡El Espíritu es el fuego que nos debería devorar al comienzo de este nuevo año, la llama de la presencia de Dios en nuestros corazones!

Renacer
La mayoría de nosotros hemos sido bautizados de niños: nuestros padres (consciente o inconscientemente) quisieron darnos todo su corazón y su pasión por Dios, apenas nacidos.
Desgraciadamente, sin embargo, la experiencia física sensible (no teológica) permaneció enterrada en el pasado y no somos conscientes de lo que sucedió en la profundidad de nuestro ser.
El bautismo nos ha convertido en hijos de Dios, en conciudadanos de los santos, en libres para amar.
Hijos de Dios. Tal vez podamos esperar llegar a ser algo grande, una gran estrella, o un premio Nobel, pero nunca podremos ser algo más grande que hijos de Dios… ¡y ya lo somos!
Conciudadanos de los santos, pertenecientes al gran sueño de Dios que es la Iglesia; hecha no sólo de nosotros pecadores, sino también de los grandes testigos. Y estamos orgullosos de contar con los grandes santos, pidiendo la fe de Pedro o el discernimiento espiritual de Ignacio de Loyola, el espíritu misionero de Francisco Javier o el espíritu de paz, de Francisco de Asís… y así de tantos otros.
Libres para amar. Liberados de la trampa del pecado, de la oscuridad, de la gran decepción de los orígenes, salvados por Cristo, podemos, con la ayuda de su amor y de su gracia, aprender a amar como él ama.


En esta semana continúa nuestra vida habitual, las actividades, los colegios, el trabajo. Hagámoslo con el convencimiento de llevar en el corazón la semilla de la presencia de Dios, semilla para hacerla crecer en frutos de santidad, de justicia, de amor y de paz. Que así sea.

miércoles, 6 de enero de 2016

EPIFANÍA DEL SEÑOR (6 de enero)


Primera Lectura: Is 60, 1-6
Salmo Responsorial: Salmo 71
Segunda Lectura: Ef 3, 2-3a.5-6
Evangelio: Mt 2,1-12

El miedo llamó a la puerta de nuestra vida. La fe fue a abrir… y no había nadie. Y cuanta fe hace falta en este comienzo de año para permanecer firmes en lo esencial, para no dejarse arrollar por la locura colectiva de un mundo occidental insatisfecho y en decadencia.
Nunca como en estos tiempos estamos llamados a ponernos en camino, a seguir el deseo de plenitud que nos habita, el ansia de felicidad que nos atormenta. El deseo mueve el corazón de los hombres.
Hoy es la fiesta del deseo que no se rinde, la fiesta que ve como protagonistas a los buscadores que dedican su tiempo a descubrir nuevas teorías y a verificarlas. Hoy es la fiesta de la esencia del ser humano que, en el fondo, desnudo de cualquier condicionamiento, se redescubre, sencillamente, como un buscador.
Esta fiesta es una invitación a superar nuestras certezas, para asumir la mirada de Dios, que no nos juzga por los resultados, por la devoción, por la coherencia, por el deseo de superación. La Palabra hecha carne en la Navidad insiste y exagera en el amor, nos descoloca, desconcierta, nos ilumina e interroga, pero no nos juzga.
A pesar del estrago que hemos hecho de la Navidad, reduciéndola a una feroz hiperglucemia de buenos sentimientos, el misterio de la infinita pequeñez de Dios, que se encoge en el regazo fértil de una adolescente, nos llena de un maravilloso asombro que todavía hace brotar cálidas lágrimas de auténtica consolación en los corazones heridos.
Dios es diferente, amigos.
Una virgen pare, un joven sencillo y generoso renuncia a sus sueños para cuidar de una esposa y de un hijo que no es suyo, Dios nace transeúnte, acogido en una gruta, y sólo unos personajes sin perfil como los pastores, se dan cuenta de su nacimiento; sólo dos ancianos devotos y desmoralizados, Simeón y Ana, reconocen en el Templo la luz de las naciones y, en la fiesta de hoy, son los paganos o los de fe diferente los primeros en reconocer en aquel niño el absoluto de Dios.

Magos
Como dice el dicho: los Reyes Magos ni eran magos eran ni eran reyes. Los Magos, más bien tenían que ver con el mundo persa, iraní y con la fe de Zoroastro. También ellos esperaban un salvador, también ellos experimentaban la división entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, también ellos, como tantos otros en la antigüedad, unían los acontecimientos astrales a los acontecimientos históricos.
Y deseaban entender que tenía que ver una señal en el cielo con sus vecinos los judíos, más conocidos en Oriente desde el tiempo del rey Ciro, cuando fueron protegidos benévolamente por él en Babilonia.

domingo, 3 de enero de 2016

SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS Titular de la Compañía de Jesús


Primera Lectura: Eclo 51, 8-14
Salmo Responsorial: Salmo 8
Segunda Lectura: Flp 2, 1-11
Evangelio: Lc 2, 21-24


 Hoy la Compañía de Jesús celebra su fiesta titular: la imposición del Nombre de Jesús. Nosotros jesuitas estamos orgullosos de llevar tan cerca de nosotros el nombre de Jesús, de tener a la Virgen como Madre de la Compañía y de servir la Misión de Cristo en la Iglesia bajo la guía del romano Pontífice. Y así, en la pasada 35ª Congregación General de la Compañía, el Santo Padre Benedicto XVI nos recalcaba como jesuitas el encargo de ir hasta las fronteras entre la fe y el compromiso por la justicia, y nos animaba a continuar y a renovar nuestra misión entre los pobres y con los pobres. No faltan desaforadamente -nos decía entonces el Papa- nuevas causas de pobreza y marginación en un mundo marcado por graves desequilibrios económicos y ambientales, por procesos de globalización conducidos por el egoísmo más que por la solidaridad, por conflictos armados desoladores y absurdos. La opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica... Es por lo tanto natural que quien quiera de verdad ser compañero de Jesús, comparta realmente el amor por los pobres. Para nosotros la opción por los pobres no es ideológica, sino que nace del Evangelio.
Para los cristianos que alimentamos nuestra fe en torno a la Compañía de Jesús y a la espiritualidad ignaciana resuenan con fuerza estas palabras del Papa emérito. Pero también el Papa Francisco, desde su propia espiritualidad ignaciana como jesuita, nos recuerda la necesidad de que los seguidores de Jesús tengan la misma sensibilidad de Cristo. Esto significa pensar como Él, querer como Él, ver como Él, caminar como Él. Significa hacer lo que Él hizo con los mismos sentimientos de su Corazón. Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor, como acabamos de escuchar en la carta de san Pablo.
Los que seguimos a Jesús deberíamos estar dispuestos a vaciarnos de nosotros mismos y rellenarnos de sus sentimientos, teniéndole a Él como centro de la vida y de la historia. El cristiano tendría que ser alguien de pensamiento abierto, sin las ataduras que nos esclavizan al pasado, a la tradición, a la rutina. Porque los sentimientos de Cristo apuntan a un horizonte que es la gloria de Dios y el amor de los hermanos: ésta es la pasión que mueve la vida de Jesús. Esta pasión que le hace de corazón abierto y entregado a los demás. Si seguimos al Señor, también nosotros quedaremos sorprendidos por la libertad que Él nos da y la entrega en el amor a que nos impulsa.
Cristo nos da la libertad, Cristo nos da la salvación, Cristo nos la esperanza, Cristo nos da el amor, como recita la canción.
Sin embargo, al ser pecadores, podemos preguntarnos si nuestro corazón sigue buscando al Señor o si, al contrario, se ha atrofiado; preguntémonos si nuestro corazón sigue en tensión, sin adaptarse a las circunstancias, sin cerrarse en sí mismo. Para encontrar a Dios hay que buscarlo, y una vez encontrado seguir buscándolo en todo momento. Solo esta inquietud dará paz a nuestro corazón. Mi corazón está inquieto y no reposará hasta que descanse en ti, decía S. Agustín.
Es sin duda un desafío laborioso, pero los que hemos sido llamados por Dios al seguimiento de Jesús, aceptamos con confianza que el Señor, que nos ha llamado a la fe y a su servicio, y ha comenzado en nosotros su buena obra, Él mismo nos dará la fuerza para cumplirla para mayor gloria de su nombre, que hoy celebramos.


viernes, 1 de enero de 2016

SANTA MARÍA MADRE DE DIOS (1 de enero)

Primera Lectura: Num 6, 22-27
Salmo Responsorial: Salmo 66
Segunda Lectura: Gal 4, 4-7
Evangelio: Lc 2, 16 -21

      La Navidad puede cumplir nuestras esperanzas más profundas o puede ser una agradable borrachera de un momento pero que al final nos deja decepcionados. Todo depende de cómo respondamos a la ocasión. Dios nos da una oportunidad excepcional con el regalo de su Hijo, ¿qué hacemos con este don? Hoy encontramos tres grupos en el evangelio, cada uno de ellos contesta de manera diferente al don de Dios.
            Los pastores escuchan la palabra de los ángeles, averiguan de qué va el tema, y reconocen a su Señor. Ellos aprecian el don de Dios como nosotros, reunidos hoy para celebrar la Eucaristía en esta mañana de Año Nuevo.  Sabemos que el Salvador ha llegado y que tenemos que ponernos a su servicio. Nosotros también lo haremos, pero por algún tiempo, pero no mucho, porque pronto caeremos en la tentación de maldecir al abuelo que conduce muy lentamente su coche por la calle, o bien a la joven madre que - presurosa - va demasiado aprisa del trabajo a casa.
            El segundo grupo que encontramos en la lectura es el de las personas que, como los pastores, cuentan lo que han visto y oído. Ellos quedan maravillados, pero tampoco esto es muy significativo. En el evangelio hay muchos que quedan maravillados por los milagros de Jesús, pero no todos lo siguen. Su fe no tiene mucha raíz como la gente que celebra las fiestas de modo superficial. Reconocen el regalo del tiempo que Dios nos concede para celebrar los acontecimientos, pero se olvidan del objetivo que es conocer, amar y servirá a Dios, como Ignacio de Loyola nos recuerda en el Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales.
            En el tercer grupo sólo una persona comprende plenamente: María la Madre de Dios. Ella conservaba todas las cosas en su corazón. Es la perfecta cristiana que no solamente escucha la Palabra, sino reflexiona para llevarla a la práctica. Ella nos da un modelo para vivir nuestras propias vidas. En la encarnación facilitada por María, Dios, haciéndose hombre, llena de santidad cada fragmento de vida, desde el trapo para lavar el suelo, a la mano grasienta de un mecánico, al esfuerzo repetitivo de un obrero en la fábrica. Desde la maternidad divina de María ya no existen lugares y tiempos sagrados. Existe un lugar y un tiempo santo que es la vida de cada uno, en la que Dios elige habitar. Para darnos cuenta de esta transfiguración tenemos necesidad de silencio y oración, como hace María, la bonita, guardando en el corazón todos los acontecimientos, poniendo juntos, ante el Señor, los trozos de la vida: el alboroto de la noche del parto, la visita inesperada y llena de estupor de los pastores, la fatiga de tener un recién nacido que, incluso siendo la presencia misma de Dios, hay que amamantarlo y cambiarle los pañales o a cualquier recién nacido del mundo.