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domingo, 29 de mayo de 2016

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI (Ciclo C)


Primera Lectura: Gen 14, 18-20
Salmo Responsorial: Salmo 109
Segunda Lectura: 1 Cor 11, 23-26
Evangelio: Lc 9, 11-17


El Espíritu nos sostiene para convertirnos en discípulos que anuncian el Evangelio, para entender quién es realmente Dios, para entender qué es la Iglesia.
En este trabajo de re-comprensión de lo que somos y hacemos, hoy celebramos la solemnidad del Corpus Christi y ponemos a la Eucaristía en el centro de nuestra reflexión para tratar de encauzar nuestros hábitos y costumbres, para remover y despertar nuestras estancadas y adormecidas comunidades, para preguntarnos, en fin, qué hemos hecho de este magnífico regalo que el Resucitado nos ha dado a los creyentes.
Todavía hoy la participación en la Misa dominical señala la barrera de separación entre los que son “practicantes” y no; entre quien cree y confía, y quien, porque cree, se reúne sencillamente por obediencia al Señor.
Por desgracia, la misa dominical tiene el riesgo de quedarse en la única y frágil señal de pertenencia a la Iglesia, en una obligación que cumplir, en una insípida pertenencia sociológica que no convierte nuestro corazón.
Cuando los curas se encuentran por ahí hay tres preguntas obligadas: ¿cuántas parroquias tienes? ¿Cuánto habitantes son? ¿Qué porcentaje de asistencia tienes a la misa festiva?
Aunque tuviéramos el 100% de la población que asistiese a misa, ¿significaría eso que el Reino de Dios avanzaría más?
No importa tanto cuánta gente va a misa. Importa mucho más cuántas personas salen de ella convertidas y consoladas, como discípulos capaces de conectar la vida diaria con el misterio que acaban de celebrar.

Melquisedec
Abraham había salido de Ur de los Caldeos. Lo hizo por escuchar una intuición, una voz interior que le decía: “leck lecká”, que se ha traducido apresuradamente como “sal de tu tierra”, pero que, en realidad, significa “sal al encuentro de ti mismo, vete hacia tu felicidad”. Todos lo tomaron por loco, empezando por su padre, Teraj, que según la tradición rabínica era constructor de ídolos, y siguiendo por sus conciudadanos.
Abraham está en la plenitud de la vida, en esa edad en que se recogen los frutos, ¿por qué habría ahora que salir hacia lo desconocido? Sin embargo, él parte, sale, se va, deja todo para buscar lo Absoluto. Él aún no lo sabe, pero este gesto le hará encontrarse con Dios. Este gesto lo va a convertir en el padre de una multitud: la multitud de los que buscamos a Dios.
En su difícil camino Abraham dejó a su sobrino, Lot, las mejores tierras, afrontó la hostilidad de los reyes del lugar y, por fin, se cruzó con Melquisedec que ofrece por él un sacrificio y lo bendice. Melquisedec era el rey de Salem, el rey de la futura Jerusalén, rey de shalom, rey de la paz, como interpreta la carta a los Hebreos (Heb 6, 20).
Los Padres cristianos han visto en él una prefiguración de Cristo, en aquel pan ofrecido a imagen de la eucaristía, el pan para el camino.
En el itinerario interior también nosotros, como Abraham o como Elías (1 Re 19, 5 -6) encontramos un pan para el camino que nos acompaña en el descubrimiento del verdadero rostro de Dios, a cuya luz descubrimos nuestro verdadero rostro. La eucaristía es como el maná dado por Dios al pueblo que huía de Egipto; es una comida que nos permite ir caminando hacia la plenitud, hacia otro lugar.

domingo, 22 de mayo de 2016

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Ciclo C)

La Trinidad Misericordiosa

Primera Lectura: Pro 8,22-31
Salmo Responsorial: Salmo 8
Segunda Lectura: Rom 5,1-5
Evangelio: Jn 16, 12-15

Nos cuesta mucho entender quiénes somos nosotros, qué es la vida, cómo funciona el mundo: ¿por qué no deberíamos esforzarnos también en entender quién es Dios?
Más aún, ¿por qué sádica razón tendríamos que esforzarnos de entender la extravagante idea de la Iglesia de creer en un Dios que, aun siendo uno, también es Trino?
Yo creo que en la vida tenemos que afrontar temas mucho más serios que no andar detrás de complicados razonamientos teológicos que usan palabras gastadas y, muchas veces incompresibles, como persona, engendrado y no creado, sustancia.  Seamos honestos: hay un verdadero riesgo de ser atropellados por un inútil y rebosante ejercicio de retórica clerical.

El Dios demoníaco
Todos llevamos en el corazón una imagen de Dios. Y si somos sinceros, resulta que no siempre es tan bonita: es una idea espontánea, inconsciente, cultural, atada a la educación recibida y, a veces, nutrida por una la escucha distraída de alguna prédica no adecuada, o de las píldoras del catecismo.
Es verdad, Dios existe, pero nos parece incomprensible, excéntrico e inaccesible.
Dios me ama, decimos, pero luego encontramos a aquella mujer que, tres días antes de casarse, descubre que tiene un tumor en fase avanzada, con treinta años.
Es omnipotente, pero no defiende al niño que es vendido para prostituirse.
Dios, obviamente, tiene mucho que hacer, pero casi nunca hace lo que le pido para mi bien. No obstante, es mejor halagarlo… porque nunca se sabe… Es mejor tratarlo bien, esperando que no te caiga una desgracia encima.
Y claro, para decirlo todo, quizás yo sería capaz de hacer las cosas mejor que él y de solucionar algunos de los problemillas mundiales, que despachamos en tertulias de café.
Seamos honestos, la idea de Dios que llevamos en el corazón es, como poco, horrible.

El Dios de Jesús
Hasta que llegó un profeta poderoso en palabras y obras, uno que no había estudiado para cura, ni tampoco era un beato, uno que - ya adulto - se metió a rabino; un cierto Jesús, carpintero de Nazaret, hijo de José.

domingo, 15 de mayo de 2016

DOMINGO DE PENTECOSTÉS (Ciclo C)


Primera Lectura: Hch 2, 1-11
Salmo Responsorial: Salmo 103
Segunda Lectura: 1 Cor 12, 3-7.12-13
Secuencia: “Ven Espíritu divino
Evangelio: Jn 20, 19-23


No somos capaces. Nadie que tenga un poco de sano realismo puede realmente hacerlo. No somos capaces de anunciar el Reino de Dios con suficiente transparencia, con una mínima coherencia, con la pasión necesaria.
En un mundo en que todos se echan la culpa unos a otros, incluso en la Iglesia, Pedro nos recuerda que el enemigo está dentro, no fuera. El pecado es el enemigo a combatir.
Esta historia de confiar a la Iglesia las riendas del Reino, a esta Iglesia concreta con todas sus miserias, ha sido una broma, o un engaño, o una locura. Y no es cosa para bromear.
El Señor parece ausente. Lo sabemos, lo vemos y lo experimentamos mil veces. Pero tiene que haber una solución.

Reunidos
Es lo que se decían una  y otra vez los Doce reunido al cenáculo. Jesús se ha ido de verdad y ellos tienen que saber lo que han de hacer.
Anunciar el Reino, de acuerdo. Pero ¿dónde, cómo, a partir de cuándo, diciendo qué? Fuera todavía sopla un aire malo para los discípulos del Nazareno, ¿por qué masoquista razón deberían ellos salir y ser detenidos de nuevo?
Pedro y los otros lo saben muy bien, ya lo han vivido en su propia carne: no estuvieron a la altura. ¡Si sólo un mes antes habían huido todos precipitadamente! ¿Cómo esperarse, ahora, una reacción diferente, un comportamiento a la altura de las circunstancias?
Los Doce piensan y discuten. Por momentos se hacen a la idea, pero se sienten incapaces y no pueden levantar la vista. No son capaces de ellos, ni solos ni ahora.
En esa situación se empieza a levantar el viento. Es extraño, porque eso casi nunca sucede en primavera, en Jerusalén.
  
Huracán
No es un viento cualquiera; es un huracán. Un huracán que los arranca de sus certezas, que los devasta, que los descoloca y desmelena, que los convierte, por fin. El fuego baja a su corazón y los consume.

domingo, 8 de mayo de 2016

ASCENSIÓN DEL SEÑOR (Ciclo C) - Domingo 7º de Pascua



Primera Lectura: Hch 1, 1-11
Salmo Responsorial: Salmo 46
Segunda Lectura: Ef 1, 17-23
Evangelio: Lc 24, 46-53


Un cambio a peor
Jesús se va y nos deja la Iglesia a cambio. ¡Qué cambiazo! ¿Un cambio a peor, no? ¿No estamos todos como los apóstoles, un poco decepcionados por esta decisión? Ellos están asombrados y apenados. El Maestro se va precisamente ahora que, por fin, estaban entendiendo el gran designio de Dios sobre Jesús, ahora que, por fin, estaban superando el dolor y se iban convirtiendo a la alegría. Justo ahora el Señor se va. Ahora que, como en el desenlace en una bonita comedia americana, todo parecía claro y nítido: el Reino por fin había comenzado y Jesús reinaría con sus fieles apóstoles para siempre.
Pero ¿cómo es que, justo ahora que las cosas estaban funcionando, Jesús nos deja? Él  vuelve al Padre y nosotros aquí, a sufrir?
El camino de esperanza y de conversión a la alegría, que hemos llevado adelante en estas semanas de Pascua, sufre un parón, un estruendo repentino.
Seamos francos: no nos gusta nada que Jesús resucitado haya regresado al Padre y no encontramos nada bueno que celebrar. En lugar de encontrarnos con el rostro radiante y sereno del Maestro, nos encontramos ante el rostro arrugado y oscuro de los cristianos.
Pero no, los discípulos vuelven a estar descolocados. Jesús vuelve al Padre, y les confía a ellos el anuncio del Reino. ¡Qué historia! ¡Cuántas preguntas hace Palabra a quien busca a Dios!
¿Galileos, qué hacéis ahí plantados, mirando al cielo?
¿Por qué lloras, alma mía, por qué estás triste? ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?
Dios nos cuestiona, nos mueve, nos invita a ir siempre más allá, nos invita a crecer, nos invita a creer, a confiar.
No, no tenemos que buscar en cielo el rostro de un Dios que ha pisado la tierra. Podemos buscarlo allí donde ha decidido habitar, para siempre: en los hermanos más pobres, en medio de la comunidad de los que creen en el Nazareno.
Es la incomprensible paradoja del cristianismo. Primero se nos pide creer que el Dios invisible se ha hecho hombre. Ahora se nos pide creer que el Dios accesible se entrega en las frágiles manos de personas pecadoras e incoherentes.
Es un cambio desfavorable: en lugar de encontrar el rostro radiante y sereno del Maestro, nos encontramos el rostro arrugado y oscuro de los cristianos.

¿Y si sí…?
Y si, por el contrario, Jesús quisiera decirnos algo nuevo e inesperado. Si de veras en los proyectos de Dios estuviéramos nosotros. Y si, poned por caso, Jesús hubiera confiado de verdad el anuncio del Reino a la Iglesia, aún peor: ¿a esta Iglesia? ¡Figúrate!

Nuestro Dios no es un manager administrador de una multinacional de lo sagrado que difunde las normas, y un número 112 para las emergencias, con gentiles ángeles que no dan nunca una respuesta útil. No, no es así.
El Dios presente, el Dios en quien creemos es el Dios que nos acompaña, cierto, pero es también el que confía el camino del evangelio a la fragilidad de su Iglesia. El Reino esperado por los apóstoles hay que construirlo; la nueva dimensión querida por el Señor para quedar en el mundo, no es una solución mágica, sino una dimensión pacientemente entrelazada por cada uno de nosotros.
A pesar de todo, nosotros somos el rostro de Jesús para las personas con las que nos encontramos por la calle. Cada uno de vosotros, que me escucháis, sois la mirada de Dios para las personas que encontrareis a lo largo de cada día.
Así es como nuestro Dios, original y desestabilizador, lo ha decidido. Y así es como sucede.

El tiempo de la Iglesia
La ascensión señala el final de la presencia física de Dios, el final del anuncio del verdadero rostro del Padre por parte de Jesús, al que profesamos Dios y Señor. Ahora es el tiempo de construir relaciones a partir del sueño de Dios que es la Iglesia: una comunidad de hombres y mujeres, hermanos reunidos en torno a la ternura y a la sinceridad en el Evangelio.
Acojamos pues la invitación que los ángeles hacen a los apóstoles: dejemos ya de mirar entre las nubes buscando el resplandor de la gloria de Dios, y veamos esa gloria diseminada en la cotidianidad de lo que somos y vivimos.
Quedemos en la ciudad, no huyamos de la desesperante banalidad del hoy, porque es ahí donde Jesús elige de habitar: en el hoy y en el confuso delirio de la ciudad.
Busquemos a Dios, ahora, en la gloria del templo que es el hombre, el templo del Dios viviente. Si Dios está en el rostro pobre y tenso del hermano con quien me cruzo, dejemos ya de mirar a las nubes.
El Señor nos está diciendo que es posible que es posible construir su Reino aquí y ahora. La ascensión señala el principio de la Iglesia, el inicio de una nueva aventura de la que nosotros somos protagonistas.
Y si la Iglesia, alguna vez  nos ha machacado, ofendido o probado, combatamos con más fuerza, imitemos a los santos que convirtieron a la Iglesia a partir de ellos mismos.
¿Seguiremos aún con la nariz levantada mirando las estrellas, implorando una intervención divina? ¿No será mejor ver la presencia de Dios entre sus discípulos, una presencia mostrada por el empeño de la acogida, por la vida de fe, por el deseo de un mundo más solidario que construir día a día?
Ascendamos, hermanos: dejemos de ser niños devotos. El Señor ahora necesita discípulos adultos, capaces de hacer vibrar el Evangelio en la vida, capaces de proclamar la fe de un modo nuevo en un mundo nuevo.

domingo, 1 de mayo de 2016

DOMINGO 6º DE PASCUA (Ciclo C)


Primera Lectura: Hch 15, 1-2.22-29
Salmo Responsorial: Salmo 66
Segunda Lectura: Ap 21, 10-14.22-23
Evangelio: Jn 14, 23-29


¿Cómo podemos darnos cuenta de la gloria del Maestro Jesús en nosotros? ¿Cómo reconocerla en los acontecimientos no siempre edificantes de la historia? ¿Cómo verlo en la experiencia de la Iglesia?
Jesús durante la última cena afirma querer salvar a Judas y Pedro. Es en la salvación donde se manifiesta la gloria de Dios, el deseo inmenso que él tiene de llenar el corazón de todas y cada una de las personas.
Concretamente, hoy, el Señor nos indica tres actitudes para manifestar la vida del resucitado en nuestra vida. En este renovado tiempo de Iglesia, en este dolorido tiempo de crisis económica, humanitaria y política, tiempo agresivo y amargo, desesperante y desalentador necesitamos urgentemente volver a ser discípulos y dejar que sea el evangelio quien juzgue los acontecimientos.

Vivir, permanecer
Jesús nos pide observar su Palabra, cumplirla, encarnarla en nuestras opciones concretas. Si la fe se reduce a un acontecimiento que sacamos a relucir una hora a la semana, o en los momentos de dificultad, no tenemos la experiencia de estar habitados por el Padre y el Hijo.
Jesús nos lo dice explícitamente: vivir la Palabra, frecuentarla, conocerla, orarla, meditarla produce el efecto de un morada divina en nosotros.
Nada de extrañas apariciones, sino la conciencia creciente de estar orientados hacia Dios, la experiencia de que darse cuenta de su presencia es posible. Entonces la fe no se reduce a una elección intelectual, a un esfuerzo de la voluntad sino que es la dimensión permanente en que habitamos.
Vivir es quedarse, no huir, no separarse. Vivir es habitar, conocer, entender, frecuentar.
A esto estamos llamados para experimentar la gloria que anhelamos. Conozcamos y meditemos la Palabra que nos permite de acceder a Dios.

Recordar
No lo entendemos todo - faltaría más -, tampoco la Iglesia tiene la plena posesión de Dios, sino que está poseída por Él.
Jesús nos ha dicho y nos ha dado todo; la Revelación está concluida, terminada, en él. No necesitamos adivinos que nos expliquen lo que tenemos que hacer. ¿Todavía no lo entendemos o es que nos hemos olvidado de ello?
El Espíritu viene en nuestra ayuda y nos ilumina. Ilumina a la Iglesia en la comprensión de las palabras del Maestro. Ilumina nuestra conciencia y nos permite entender cuánto tiene que ver la fe con nuestra vida y con nuestras opciones cotidianas. Nos lo recuerda cuando nos olvidamos, como por ejemplo, en un pasado no muy lejano, los cristianos se olvidaron de la radicalidad del evangelio respecto de la no violencia, razonando sobre la “guerra justa”, bendiciéndola y justificándola, a veces, desaforadamente.