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domingo, 26 de junio de 2016

DOMINGO 13º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)



Primera Lectura: 1 Re 19, 16.19-21
Salmo Responsorial: Salmo 15
Segunda Lectura: Gal 5, 1.13-18
Evangelio: Lc 9, 51-62

¿Qué tipo de discipulado?
En la opinión de muchísima gente el papa Francisco ha entrado en el corazón de muchas personas, incluso de gente escéptica y lejana de la Iglesia. En realidad todos los que van más allá de las apariencias saben bien que Francisco dice lo mismo que Benedicto y Juan Pablo dijeron. Obviamente el evangelio es el mismo siempre.
Pero quizás lo que faltaba era un discípulo de Jesús que tuviera el don de volver a lo esencial. De ser creíble. De ser él mismo. De dejar las cosas segundas y terceras en el segundo y tercer lugar. Con Francisco nos ha visitado el Espíritu.
Hoy el evangelio habla del discipulado. Y fijaros bien que no es ésta precisamente una ligera lectura veraniega.
Llegar a ser discípulos del Dios de Jesús es un empeño que dura toda la vida, que pide mucha energía y mucha verdad con nosotros mismos. La apuesta es alta. Implica el sentido de la propia vida, descubrir la razón de nuestro existir y el designio escondido tras los acontecimientos de la Historia.
Jesús no es un rabino deseoso de discípulos, ni pone el listón bajo con tal de ganarse a la gente, ni cede a compromisos y apaños para suscitar consensos. Diversamente a los gurús de ayer y de hoy no desea ser famoso, ni tener a su alrededor palmeros alocados.
Él sólo quiere anunciar el Reino, mostrarnos el espléndido e inesperado rostro del Padre. Incluso cuando eso cuesta sufrimiento y sangre.
Contrariamente a cuánto sucedía con los rabinos de su tiempo, Jesús no se hace elegir, sino que él elige a los discípulos y les pone condiciones inesperadas.

Un Maestro audaz
Las condiciones para convertirse en discípulos de Jesús están en relación con el nivel de riesgo que se quiera correr, porque él quiere discípulos dispuestos a ponerse absolutamente en juego, en todo momento y no solamente en los momentos místicos de la vida.
La página evangélica de hoy está introducida decididamente por el hecho de que Jesús se encamina hacia Jerusalén, el lugar dónde el anuncio del Evangelio va a ser puesto a prueba.
Jesús endurece el rostro y asume plenamente el desafío: se encamina sin demora hacia aquella ciudad que mata a los profetas, que destroza cualquier opinión, que destruye toda novedad que parezca peligrosa.
Jesús está dispuesto a morir con tal de describir el verdadero rostro de Dios y pretende que sus discípulos tengan esa misma convicción.

Atención a los misticismos
Una convicción que no puede convertirse jamás en violencia, aunque sólo sea verbal, aunque sea por una buena causa. El papelón que juega el apóstol Juan en el evangelio de hoy, es desalentador; él, el místico que exhorta a los hermanos en el recorrido de fe, y que por él han tenido la alegría de experimentar la dulzura de la oración y la meditación, del silencio y de la contemplación, alcanzando cumbres espirituales no habituales, resulta deprimente.
Porque el haber recibido enormes gracias no nos preserva de clamorosos errores, tanto más peores cuanto motivados por presuntas revelaciones interiores.
El discípulo de Jesús es un amante de la paz, un pacifista apaciguado, alguien que sabe que elegir el Evangelio es, precisamente, una opción libre; alguien que sabe valorar, dentro de la paciente lógica del Evangelio, el fracaso de su propio anuncio, sin querer abrasar por ello al que libremente no lo haya elegido.

domingo, 19 de junio de 2016

DOMINGO 12º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera Lectura: Zac 12, 10-11; 13,1
Salmo Responsorial: Salmo 62
Segunda Lectura: Gal 3, 26-29
Evangelio: Lc 9, 18-24


¿Quién eres tú, Jesús de Nazaret? ¿Quién eres tú, para mí?
¿Quién eres tú, sin el rebozo de respuestas automáticas, estudiadas o fingidas; sólo tú y yo, mirándonos a los ojos. ¿Quién eres, Jesús de Nazaret?
No quién eras hace diez años, o cuándo éramos jóvenes y entusiastas, o cuándo sentimos fuertemente tu presencia en alguna celebración, sino ¿quién eres tú hoy para mí?
Durante el fin de semana, millones de personas se reunirán en el mundo para escuchar tu Palabra, para celebrar, obedeciendo el mandato del Señor, la cena que lo hace presente en los signos del pan y del vino.
Eso no ocurre con el emperador Constantino, o con Napoleón o con alguno de los grandes personajes de la historia. Nadie se va a reunir para escuchar sus palabras e invocar su presencia viva.  
Sí ocurre, en cambio, con un oscuro carpintero de Nazaret, un judío marginal, perdido en los recovecos de la historia, cuya presencia aún es profesada por unos 2.100 millones de personas diversas, pero fascinadas y convertidas en discípulas por el testimonio de quienes dicen haberlo encontrado.
¿Quién eres tú realmente Jesús de Nazaret?

Sondeos
Se habla, a menudo, de Jesús y de sus discípulos.
Apenas baja la atención, aparece algún acontecimiento que lo recoloca en primera fila: algún descubrimiento arqueológico que confirma o desmiente la versión oficial de la vida de Jesús (esto reaparece periódicamente, chorradas incluidas); algún acontecimiento dramático que nos acerca al agotamiento del testimonio de muchos que han pagado con su vida; alguna audaz obra propagandística, siempre en búsqueda del Jesús “alternativo” que la Iglesia oculta.
Jesús provoca discusiones y alineaciones, enciende los ánimos, y parece que todos, aunque sea un poco, parecen defenderlo, protegerlo, entenderlo e interpretarlo. Este hombre que paga con la vida su coherencia y su no-violencia,  todavía hoy sacude y cuestiona tanto a creyentes como a no creyentes. ¿Quién eres, de verdad, Jesús Nazareno?
¿Un gran personaje de la historia divinizado por sus mismos discípulos? ¿Un profeta sobrestimado, un anarquista recuperado para la historiografía oficial?
Nadie podrá nunca poseerte en plenitud, nadie podrá atraparte de verdad, nadie podrá dar de ti una visión definitiva.
Ni siquiera la comunidad de tus discípulos, que conserva fielmente tu Palabra y que, siempre, abre su corazón a la comprensión del Misterio de tu presencia, viviendo el Evangelio a lo largo de la Historia, a la espera de tu retorno.

Sí, de acuerdo, pero tú ¿qué dices?
Al final, se nos presenta una pregunta directa, sin escapismos: “Tú deja lo que piense la gente y dime ¿Quién soy yo para ti? 

domingo, 12 de junio de 2016

DOMINGO 11º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera Lectura: 2 Sam 12, 7-10.13
Salmo Responsorial: Salmo 31
Segunda Lectura: Gal 2,16.19-21
Evangelio: Lc 7, 36-50


Simón el fariseo creyó que había hecho un noble gesto al invitar al controvertido Maestro de Nazaret a su mesa. No lo miraba con desprecio, como hacían muchos de su movimiento, todo lo contrario. Estaba muy interesado por la predicación de aquel carpintero del norte de Palestina, convertido en profeta.
Después de los saludos protocolarios todos se tumbaron alrededor de la estera que hacía de mesa, colmada de todos los bienes de Dios. Era normal, con ocasión de los banquetes, dejar las puertas de casa abiertas, para que los transeúntes pudiesen entrar y admirar la suntuosa hospitalidad del dueño de casa.
Pero cuando Simón y los demás invitados ven entrar a “aquella furcia”, todos se callan de golpe.
La incomodidad va creciendo, la mujer se acerca a Jesús, se arrodilla y se echa a llorar mojándole los pies. Se desata el pelo, un gesto ambiguo, un gesto de seducción, que era suficiente en una pareja para pedir el divorcio, y con la melena seca los pies de Jesús. En ese momento la incomodidad ya es estratosférica.
En su corazón, Simón intenta defender a Jesús. Éste no puede ser un profeta, de lo contrario sabría qué tipo de mujer era aquélla y no se dejaría tocar, para no contraer la impureza ritual.
Jesús sonríe, porque tiene frente a si a dos prostitutas: La mujer y el fariseo.

Prostituciones
La mujer es una prostituta, es una furcia señalada, una pecadora, una condenada de antemano. A nadie importa por qué ha llegado hasta aquel punto de abyección, a la respetabilidad hipócrita no le importan las razones de una elección, que tuvo que ser dolorosa, sino que ya está condenada desde siempre y para siempre. En nombre de la religión y la moralidad que yergue los muros para no ponerse en tela de juicio, se juzga que esta mujer tiene su papel, ejerce su profesión. Y ya…
No encuentra ninguna comprensión, ninguna posibilidad, sólo desprecio, incluso cuando es deseada y usada.
Ahora llora. Llora sin desesperación, llora sintiéndose querida por un hombre verdadero, sintiéndose comprendida y acogida por Dios. Sin ningún juicio, sin ningún peso, sin ambigüedad ninguna.
Llora todo su dolor, toda su oscuridad y toda su rabia. La niña que hay en ella descubre el rostro de la misericordia más absoluta.
Simón, el fariseo, también es una prostituta. Se vende a Dios, y se vende bien. Conoce bien la religión, vive hasta el final las reglas de Israel, no como esa gentuza ignorante que se condena porque no conoce la Ley. Él, en cambio, paga el diezmo sobre la ruda y la menta, reza con fervor y estudia la Torah día y noche. Está en una posición ventajosa en la clasificación de los méritos. Es devoto, pero frío. Cumplidor pero sin misericordia.
Simón puede permitirse juzgar a los otros, porque la ley está de su parte; puede mantener las distancias... para no contaminarse.
Pero, mira por dónde, Jesús convierte a ambos.

Maestro
A la mujer le enseña que la medida del juicio de Dios es el amor y el perdón. La mujer ha amado mucho y mal, haciéndose daño, pero ha amado. A Dios le basta eso, él, que es amor, también sabe reconocer el amor cuando está hecho trizas y se muestra frágil y desesperado. Para Dios eso es bastante, pasa por encima de toda lógica - religiosa, moral, respetable - y va directo a lo esencial: se fija en el interior de la persona, en el deseo, en el dolor, en la verdad. Ese amor es el origen del perdón, el perdón que Dios regala, siempre gratis, siempre sin condiciones, y suscita el amor recíproco.

domingo, 5 de junio de 2016

DOMINGO 10º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera Lectura: 1 Re 17, 17-24
Salmo Responsorial: Salmo 29
Segunda Lectura: Gal 1, 11-19
Evangelio: Lc 7, 11-17


Cerramos el largo paréntesis iniciado con el Cuaresma y seguido con el tiempo pascual.
Hemos meditado sobre el misterio de Dios y sobre el regalo de la Eucaristía. Ahora retomamos con alegría interior el camino del tiempo ordinario interrumpido en el mes de febrero. Nos acompaña Lucas, el evangelista que escribe sobre la mansedumbre de Cristo. ¡Fantástico! si no fuera por el evangelio que nos espera…

Naín
Iban llevando a la tumba a un muerto, único hijo de una madre viuda.
El principio del episodio ya nos deja helados, nos fuerza a bajar la mirada. Todavía con la sonrisa en los labios por la buena noticia de la Pascua, nos estrellamos con la dramática e insostenible escena de un funeral... de un hijo único de una madre viuda. Parece el principio de una película horror.
Naín, en hebreo, significa la deliciosa. Jesús entra y la muchedumbre sale. Sale de la delicia; sale de la fiesta. Y se estrella con la realidad insoportable.
Como la viuda de Sarepta de Sidón, en la primera lectura, que acogió al profeta Elías y con el que compartió sus pobres recursos. Pero que ahora se las está jugando con el demonio de la muerte y, lo que es peor, con su sentido de culpa: tal vez es Dios quien la está castigando a causa de algún pecado de juventud. Y Dios, aprovechando a aquel santo profeta, guarda las distancias y le mata a su hijo. Eso es lo que piensa aquella madre destrozada.
Cuántos, todavía hoy, piensan que la muerte es un castigo divino.
Pero Elías no puede aceptar aquel suplicio, y prácticamente obliga a intervenir a Dios. Porque la muerte no puede ser jamás un castigo, seamos serios.

Señor
Lucas nos dice lo que Jesús hace. Jesús tiene compasión, toca el cadáver (contaminándose, por tanto, según la tradición judía), e invita al chico a levantarse. Es decir, a resucitar.
Por primera vez en su evangelio Lucas se refiere a Jesús con el título de Señor, Kyrios, el título que remite al mismo Dios. Jesús manifiesta su identidad dando la vida plena, la vida verdadera. Y su sentimiento en ese momento, se expresa en griego por un verbo que Lucas reserva para Jesús: esplangnisze. Jesús, el Señor, sintió una compasión visceral. ὁ κύριος ἐσπλαγχνίσθη.