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domingo, 31 de julio de 2016

SOLEMNIDAD DE SAN IGNACIO DE LOYOLA (31 de julio)


Primera Lectura: Jer 20, 7-9
Salmo Responsorial: Salmo 33
Segunda Lectura: 1 Cor 10,31 – 11,1
Evangelio: Lc 14, 25-33


Nos convoca hoy aquí la santidad de Ignacio. No hemos sido convocados por ninguno de los poderosos notables de su tiempo, que tuvieron resonancia en su momento, y que luego se perdieron en el olvido. Nos reunimos a causa de la santidad de un hombre que fue trasparencia de la santidad de Dios en su vida.
Todo lo que no sea santidad y respuesta entregada a la llamada de Dios, irá pasando al olvido sin dejar huella.

En mi debilidad te haces fuerte, Señor
Pero ¿Cómo fue encontrado Ignacio por Dios? El Señor encontró a Ignacio de Loyola en sus límites. Todos conocemos la historia. En su orfandad, Ignacio tuvo que salir por el mundo a buscarse la vida. La institución del mayorazgo vasco le excluía de la posibilidad de un futuro familiar próspero. Primero fue a Castilla a servir al Contador del Rey, Juan Velázquez de Cuéllar, cuya esposa, María de Velasco, estaba emparentada con la familia de Ignacio. Allí aprendió Ignacio la vida de la corte y conoció el ambiente cultural de la época, además de los usos y costumbres de la burocracia y del manejo de las armas. Pero cuando el Contador cayó en desgracia (así pasa la gloria del mundo…), Ignacio tuvo que abandonar Castilla y ponerse al servicio del Duque de Nájera y de su ejército, que trataba de defender la frontera española ante las incursiones de los franceses. Hasta que, en el famoso asedio de la ciudad de Pamplona, Ignacio es herido y conducido de nuevo a la casa familiar de Loyola.             Probablemente ese viaje fue el comienzo del proceso de su conversión. ¿Qué pensaría Iñigo en aquel largo camino en medio de sus dolores?... Ignacio estaba en una situación límite: la enfermedad, la proximidad de la muerte, la soledad y la postración. Todos sus viejos sueños de caballero se venían abajo. Por eso luchaba, para que su cuerpo no quedara deforme, aunque tuviera que pasar por los grandes dolores de aquellas operaciones carniceras.
En semejante situación Ignacio era una persona inútil para el futuro mundano, ese del vano honor y de las apariencias. Y sin embargo es ahí, precisamente, donde Dios sale a su encuentro. Pablo fue encontrado por Dios en el camino de Damasco, tirado en el suelo y ciego; Francisco de Asís recorriendo desnudo las calles de su ciudad. Ignacio, postrado y convaleciente en su cama de Loyola.
La vida de Ignacio nos muestra cómo Dios nos encuentra precisamente allí donde nuestros límites nos impiden ya caminar. Solemos imaginar a Dios en lo grande, en lo maravilloso, en lo acabado, en lo perfecto. Pero no es así, porque Dios se nos muestra más bien en lo frágil, en lo que más nos cuesta asumir. Allí donde no llega el hombre, es donde se hace más presente el Señor. De modo que nuestros límites se convierten en la manifestación de Dios, en su teofanía: sólo descalzos, como Moisés, podremos acercarnos a la zarza ardiente.
Y hoy, ¿cuáles son nuestros límites? ¿Qué cosas nos impiden avanzar? ¿Qué situaciones, personas o sentimientos me hacen sentir frágil, débil y amenazado?
La vida, esta vida nuestra, tiene un sentido recibido de Dios que es amor. Por eso el sentido de la vida sólo puede ser el amor y el servicio: “En todo amar y servir” a Dios y a las personas con las que nos encontramos.
 Es lo que Ignacio soñaba mientras leía las vidas de Cristo y de los santos en los días de su convalecencia de Loyola. Desde entonces fue descubriendo que era posible otro tipo de vida; que el vano honor del mundo, las riquezas y la soberbia no daban el sentido a la vida, sino que eran el principio de todos los males.  
Sus limitaciones no iban a ser el final de sus sueños. Dios le estaba abriendo una nueva perspectiva: repetir los gestos heroicos que habían hecho los santos. Así se sentía confortado por el Señor en su vacía soledad, hasta poder construir un nuevo proyecto más allá de sus límites.
¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde la vida? Es la pregunta evangélica que movió a Ignacio y que impulsó después la respuesta de Francisco Javier, cuando Ignacio se la lanzó en París.

sábado, 30 de julio de 2016

DOMINGO 18º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)



Primera Lectura: Ec 1, 1-2; 2, 21-23
Salmo Responsorial: Salmo  89
Segunda Lectura: Col 3, 1-5.9-11
Evangelio: Lc 12, 13-21
  

En las semanas pasadas hemos escuchado los evangelios del buen samaritano, de Marta y María, y de la oración. Hoy, la Palabra nos invita a desarrollar un tema ya introducido en los pasados domingos:  el de los bienes de la tierra.
Algo que tiene que ver con la caridad auténtica del samaritano y con la cena deliciosa preparada por Marta. Y también con el “pan de cada día” que pedimos en la magnífica oración del Padre Nuestro.
Todo la Palabra de hoy se encarna en la pesadez de la cotidianidad, en la concreción de las opciones que hacemos y en las relaciones que tenemos con las cosas y la fortuna.
Sobre todo, en estos tiempos en los que conceptos abstractos como “mercado” y “economía” se han hecho concretos y tangibles, llevando a la mayoría de la humanidad a un general empobrecimiento. No, no estamos hablando de cosas inútiles.

Líos
¡Que levante la mano quien no haya tenido nunca, al menos una pequeña discrepancia o desavenencia, por cuestiones de dinero!
Es obvio. Somos personas equilibradas y honestas, y tratamos de cuestiones de principio. En el evangelio de hoy, un ingenuo individuo le pide a Jesús que intervenga con su hermano por una cuestión de dinero, y probablemente tuviera razón: él habría sufrido un engaño y querría ser indemnizado.
¡Cuántas amistades se han ido al garete por cuestiones de dinero, cuántas, frágiles y superficiales, relaciones de parentesco se han convertido en un odio visceral por algún metro cuadrado de una casa o de un terreno!
Por otra parte, seamos honestos: si los cariños, las amistades y las relaciones de parentesco no se basan en actitudes de equidad y justicia, si no pasan la prueba de la solidaridad, se hace de verdad muy difícil entender cómo puede concretarse el bien que supone decir que nos queremos.
Así es, hasta el punto que Jesús sonríe y responde a aquel hombre: “no, gracias.”
No, gracias, porque podemos entender muy bien por nosotros mismos lo que tenemos que hacer en justicia.
No, gracias, porque Dios nos ha creado suficientemente inteligentes para solucionar las cuestiones prácticas.
No, gracias: dejemos de pedir a Dios que haga lo que podríamos hacer muy bien solos.
No, gracias, porque Dios nos trata como adultos, evitemos considerarlo como un director que nos soluciona los líos.
No, gracias, porque Dios no nos abrocha los zapatos, ni nos suena los mocos como a niños pequeños, ni nos soluciona los problemas que podemos solucionar muy bien por nosotros mismos.

lunes, 25 de julio de 2016

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL (25 de julio)



Primera lectura: Hch 4,33; 5, 12.27-33; 12,2
Salmo responsorial: Salmo 66
Segunda lectura: 2 Co, 4, 7-15
Evangelio: Mt 20, 20-28

Siempre que celebramos la fiesta de un apóstol, hacemos memoria del hecho fundacional de la Iglesia y, por tanto, nos sentimos interpelados por dimensiones ineludibles de nuestra fe cristiana.
En esta solemnidad de Santiago el Mayor, venerado como patrono de España en virtud de una piadosa tradición, conviene que nos fijemos no tanto en lo que nos dice la leyenda, sino en lo que vemos escrito en el Nuevo Testamento y que acabamos de proclamar en las lecturas de la misa de hoy.

Nuestros esquemas habituales
Una pregunta inicial suscitada por el evangelio: ¿Cuáles son nuestros esquemas de comportamiento? ¿Qué es lo que vemos a menudo en nuestro mundo, en nuestra sociedad, incluso en nuestras comunidades cristianas? Afán de poder. Ganas de ser importante, de figurar. Luchas por conseguir pasar delante de los demás. Codazos para poder salir en la foto. La convicción de que, sin nosotros, no funcionaría nada o todo se derrumbaría. Utilización de técnicas publicitarias para vender imagen. Preocupación por el espacio y el tiempo de permanencia en los medios de comunicación, porque sólo vale lo que se publica, lo que sale en la “tele”.
Control de todo y de todos, no sea cosa que alguien actúe por cuenta propia. Evitar que la mayoría piense y se organice: con que algunos tengan iniciativas y las ofrezcan a todos los demás, ya hay más que suficiente. Cortar de cuajo cualquier posibilidad de discrepancia. Esconder la información... por el bien de todos, claro está.
Marcar siempre las distancias, pero hacer gestos de acercamiento: eso siempre gusta a los súbditos. Un cuerpo de funcionarios numeroso, que asegure una maquinaria incomprensible para la mayoría de la gente. Dar como favor lo que ya le corresponde a uno como derecho, o exigiendo como obligatorio lo que es simplemente opcional. Acumular cuantas más prerrogativas mejor, porque si el poder está muy repartido, el sistema se hunde.
Este podría ser el estilo de poder que la madre de los Zebedeos (y nosotros mismos, no nos engañemos) tenía en la cabeza cuando pedía a Jesús un enchufe para sus hijos.
Pero la respuesta de Jesús es clara y tajante: “No será así entre vosotros”.
Ya hacía bastante tiempo que los doce discípulos iban con Jesús.... ¡y aún no le habían comprendido! La madre de Santiago y Juan pide lugares de privilegio y de poder para sus hijos, y los diez restantes, tontos ellos, se enfadan contra los dos hermanos… porque ansiaban lo mismo.
También nosotros hace tiempo que conocemos a Jesús y a menudo damos la impresión de no haberlo comprendido mucho, o nada. Y es que cuando se mira al mundo con los ojos del Dios de Jesús se invierten los esquemas: para nosotros vale y es importante el que está arriba; en cambio, según el Dios de Jesús cuenta el que sirve, el esclavo, aquel en quien nadie se fija, aquel que hace el trabajo que nadie valora, aquel que es tratado como un inferior.
¡Cuánto tenemos que aprender todavía los cristianos! Pero no nos desanimemos, podemos hacerlo. Santiago y Juan y los otros diez, con el tiempo, también fueron aprendiendo hasta asumir la manera de ver del Dios de Jesús. Hasta el punto que llegaron a proclamar sin rodeos que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.
Santiago, nuestro patrón, fue precisamente el primero de los doce que, como Jesús, dio la vida. Él, que quería el poder y la gloria, fue asesinado por Herodes, el poderoso de turno.

domingo, 24 de julio de 2016

DOMINGO 17º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)



Primera Lectura: Gen 18, 20-32
Salmo Resposorial: Salmo 137
Segunda Lectura: Col 2, 12-14
Evangelio: Lc 11, 1-13

Cómo María de Betania podemos hacer la experiencia espléndida de sentarnos y ponernos a escuchar al Maestro que nos habla. El corazón, entonces, descubre por sí mismo nueva dimensión, hasta entonces desconocida, un recorrido que, sorprendentemente, lo pone en contacto con Dios.
No se trata de “escuchar voces” o de autosugestiones, sino únicamente del descubrimiento de un océano por el que paseamos sin saberlo.
La dimensión de la interioridad, del silencio, del descubrimiento de Dios pasa por la experiencia de la oración, una de las experiencias más universales de la humanidad.
Pero, desgraciadamente, el corazón humano tiende a poseer, a manipular, a esquematizar y, la espléndida experiencia de la oración está también amenazada de ser menospreciada y desteñida, como un reducto de aburrida repetición, como un deber que hay que cumplir, como un recurso extremo en caso de dificultad.
La Palabra de Dios de hoy nos ayuda a entender lo que es la oración según Dios.

La oración es amistad
La página del Génesis, que hemos escuchado, es una obra maestra que nos desvela el rostro de Dios: Sodoma y Gomorra son dos ciudades violentas y depravadas y Dios decide destruirlas, entregándolas a su propia suerte. Dios está dudoso y, ya que su relación de amistad con Abraham se ha consolidado, decide hablarle de su proyecto. A Abraham le da un vuelco el corazón: en Sodoma vive su sobrino Lot, y busca conseguir un costoso acuerdo don Dios. Al fin vence Abraham: si Dios encontrase en Sodoma sólo cinco justos, toda la ciudad sería salvada la ciudad entera. Pero Sodoma será destruida: ni cinco justos se encontraron.
La oración es un coloquio íntimo, un intercambio de opiniones, un acuerdo mutuo. No es una lista de la compra, ni un intento de corromper al Señor en beneficio propio, ni una letanía de la suerte.
Entendemos la oración como una serie de fórmulas de buena suerte, pero la oración está hecha ante todo de escucha: la escucha de Dios, y de intercesión: la intercesión por el mundo, no por mis necesidades.

La oración es confianza
Jesús nos muestra el rostro del Padre: es a él a quien dirigimos la oración. No a un déspota caprichoso, ni a un poderoso al que hay que convencer. San Pablo nos dice que nos hemos convertido en hijos y que Dios nos trata como lo hace con su hijo bienamado. Un buen Padre sabe lo que necesita su hijo y no lo deja padecer. Mucho de nuestras oraciones son desoídas porque se equivocan en la dirección del destinatario: no van dirigida a un padre sino a un padrastro, o a un tutor antipático al que tenemos pedir algo que, en realidad, pensamos que se nos debe.

domingo, 17 de julio de 2016

DOMINGO 16º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)



Primera Lectura: Gen 18, 1-10
Salmo Responsorial: Salmo 14
Segunda Lectura: Col 1, 24-28
Evangelio: Lc 10, 38-42


Estamos llamados a globalizar el amor, no la indiferencia. A aprender a ser prójimos y a llorar por las miserias humanas.
Cristo es el samaritano que vierte sobre nuestras llagas el aceite del consuelo y el vino de la esperanza, el que no pasa de largo simulando que no nos ve, el que no se pregunta si nuestras heridas serán la consecuencia de nuestras opciones equivocadas, el que no tiene miedo de ensuciarse las manos de sangre.
Y nosotros, una vez curados por dentro, somos capaces de misericordia y de ternura, y podemos imitarlo.
Cristo es aquél al que podemos acoger, como hizo Abrahán con los tres misteriosos personajes, en el encinar de Mambré, o como hicieron las hermanas Marta y María en Betania.
Acoger al Señor significa hacerse fecundos, iniciar una nueva vida, como fueron Abrahán y Sara.

Betania
Es fácil imaginar la escena: Jesús, al caer de la tarde, cuando el calor de Jerusalén cede el paso a la brisa, bajaba por el valle del Cedrón y subía el monte de los Olivos, para, una vez pasado, alcanzar la pequeña aldea de Betania.
Para Jesús, Betania representaba el reposo de la normalidad, un alto en el camino, un alivio. Dejando también a los apóstoles, posiblemente Jesús encontraba en aquella casa de campo los olores y las luces de su pequeña aldea de Nazaret.
Quizás en Betania, delante de una hogaza cocida, Jesús olvidaba la tensión que sentía en aquella Jerusalén “que mata a los profetas”; abandonaba el dolor sordo que le iba creciendo en el corazón al ver que su misión era duramente contrastada por los estamentos judíos.
En Betania Jesús podía hablar libremente, sentirse acogido; despojado de su rol de rabino, “en zapatillas”, abandonaba el papel de acusado para disfrutar, por algún momento, el placer de la amistad y de la complicidad.
Es profundamente conmovedor ver al Señor entretejer una relación, que pide escucha, que le gusta sentarse con sencillez alrededor de una mesa riendo y bromeando.
¡Ah, si pudiéramos, de vez en cuando, invitar al Señor y escucharlo, preparar para  él, como Abrahán, una buena comida y un buen vino!
¡Ah, si fuésemos capaces de vez en cuando, de escuchar a Dios y su deseo de salvación, de escuchar sus fatigas y su dolor al ver la humanidad arrollada por la violencia y por la limitación, y decirle que puede contar con nosotros para realizar ese otro mundo que lleva en el corazón!
¡Ah, si hiciésemos de Betania nuestra modo de vida!

Escucha y acción
Hay algunos detalles espléndidos en el relato de hoy: María escucha a Jesús, sentada a sus pies, como hacían los discípulos con los rabinos; y es Marta la que acoge y atiende al Maestro.
Fijaros, Jesús pone en el centro de la acción a dos mujeres, algo impensable por la mentalidad de aquel tiempo. Las mujeres eran las esclavas de los maridos y, los rabinos decían que era mejor quemar la Palabra que hacérsela leer a una mujer.
Jesús da la vuelta a esta lógica machista y, como ya había hecho con su madre, propone a una mujer como modelo de la escucha de la Palabra.

domingo, 10 de julio de 2016

DOMINGO 15º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera Lectura: Dt 30, 10-14
Salmo Responsorial: Salmo 68
Segunda Lectura: Col 1, 15-20
Evangelio: Lc 10, 25-37


La ley de Dios está escrita en el corazón.
Éste es el extraordinario descubrimiento hecho por un pueblo de nómadas que huía de la esclavitud. Un pueblo conducido por un libertador liberado, un judío que había crecido en la corte del Faraón y que en el desierto descubrió que Dios estaba allí con ellos y que era inmensamente diferente de las divinidades al uso de los sacerdotes y los poderosos de la tierra en Egipto.
El Dios de los Padres, el Dios de Moisés se reveló al pueblo: su nombre era Yahvéh = “Yo soy”. Dios es; no se le hace, no se le fabrica; Él es el que es.
Y descubrir el verdadero rostro de Dios desveló el verdadero rostro de las personas, de la humanidad.
Dios es y habla a nuestro corazón. Su ley está escrita en lo profundo de cada uno de nosotros. El problema es que frecuentamos poco nuestro interior, que evitamos acercarnos a nuestro corazón, que nos cuesta mucho interiorizar nuestra vida.

Piruetas
Como le ocurre al erudito doctor de la ley, que propone a aquel carpintero transformado en rabino una de las típicas cuestiones teológico-morales de la época.
¿Cuál es el primero  de los 613 mandamientos de la ley judía? Hasta ese punto habían sido infladas las descarnadas y escuetas diez palabras que Dios entregó a Moisés en el monte del desierto.
Una pregunta simple, una exigencia real: saber distinguir el centro de la periferia, lo esencial de lo relativo. Era este un trabajo en el que los judíos sobresalen y que, desgraciadamente, los cristianos estamos olvidando a causa de una pereza mental y una desconcertante superficialidad que lo abarca todo.
Jesús sabe que el doctor sabe. Es teológicamente correcto: habla de heredar la vida eterna y sabe bien que eso no es cuestión de méritos.
Pero sabe que su fe, en cambio, se para en el saber. Y lo invita, con respeto e ironía, a que haga un alarde de su cultura y su saber… y le pregunta: ¿qué está escrito en la Ley?
La respuesta es exacta, fuerte, esencial, tomada por la Palabra de Dios, la conclusión de un largo debate entre los rabinos de la época.
El primero y segundo mandamiento es: ama.
Ama a Dios todo lo que puedas, explorando la amplitud de tus límites. Ámalo con todo el corazón, pensando en él y emocionándote; ámalo porque tú eres amado por Él. Y después de sentirte amado podrás amar a los otros como Dios te ama, porque el amor de Dios, a través de ti, convierte los adversarios en hermanos.
¡Muy bien respondido! El doctor de la ley merece un aplauso.
El doctor está encantado. Él sabe y sabe que sabe y, además, Jesús le confirma su saber. Sabe pero no ama, sabe pero no sabe qué hacer con su saber, su saber no sabe a nada; es insípido. Titubea, culebrea y luego réplica: ¿a quién debo amar?
Una pregunta sagaz, obviamente. Muchos rabinos contemporáneos de Jesús mantenían que era necesario amar al pobre, al huérfano y a la viuda, los preferidos de Dios. O que era necesario amar a todos… pero sólo a los que pertenecían al pueblo de Israel.
Jesús sonríe y mira a su corazón, allí donde Dios habita. Dios está en él. No está presente, y sin embargo está.

La parábola del samaritano lo descoloca todo
Un hombre es atracado y herido, y el único que se ocupa de él es un extranjero, un extra comunitario diríamos, uno sin papeles y sin derechos. Otros dos bajaban de la capital y frecuentaban el Templo; uno era cura y el otro un cantor o un lector. Los dos tenían todos los derechos y hacían el bien.

domingo, 3 de julio de 2016

DOMINGO 14º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera Lectura: Is 66, 10-14
Salmo Responsorial: Salmo 65
Segunda Lectura: Gal 6, 14-18
Evangelio: Lc 10, 1-12.17-20


Setenta y dos discípulos
Israel creía que el mundo estaba compuesto por setenta y dos naciones. Cada año en el templo de Jerusalén se inmolaban setenta bueyes por la conversión de las naciones paganas.
Y de setenta y dos discípulos nos habla el evangelio de hoy. Lucas está diciendo a sus comunidades de origen pagano que también a ellos, y no sólo a los apóstoles, está confiado el anuncio del Reino.
Los discípulos son enviados de dos en dos. Su anuncio no es la manifestación de las capacidades del gurú de turno, sino la profecía de que la comunión es posible. Y tienen que preparar la llegada del Maestro, no se trata de sustituirlo, ni de fagocitar la presencia de Dios, sino convertirse en su transparencia.
No somos los propietarios del Evangelio sino servidores de su anuncio.
No existen profesionales del anuncio (misioneros, curas, monjas) sino que todo discípulo está llamado a proclamar a Cristo a cada persona con la que se encuentra.

Es difícil
Ya, desde hace tiempo, nuestros países de tradición cristiana amenazan con dormirse en los laureles, y confundir la cultura cristiana con la pertenencia a Cristo. Está bien que en nuestros países aún se sienta una cercanía a los valores cristianos - al menos a ciertos valores - pero esto no significa haber encontrado ya a Dios.
¡Qué difícil es anunciar a Cristo a los cristianos! ¡Ya se lo saben todo!
¿Quién puede anunciar la esperanza del Evangelio al 80% de los bautizados que no celebra la presencia del Resucitado cada semana?
¿Quién consuela, sacude, anima, escucha a tantos que creen creer?
¿Quién puede acompañar la maduración de una fe apenas hilvanada y sujeta a las emociones, que roza la superstición?
Pues… Tú… yo; cada uno de nosotros.

Un estilo
Éste es el desafío: sacar a Dios de las iglesias, y llevarlo allí a dónde él decidió vivir: entre la gente. Arrancarlo de las estrechas vestimentas de lo sagrado, donde lo hemos lo hemos relegado, y devolverlo a la humanidad que él quiso asumir.
Jesús nos indica con toda precisión el estilo y el modo de este anuncio, un estilo que adoptar.