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domingo, 30 de octubre de 2016

DOMINGO 31º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera lectura: Sab 11,22- 12,2
Salmo responsorial: Salmo144
Segunda lectura: 2 Tes1,11 - 2,2
Evangelio: Lc 19, 1-10

Hoy día es difícil hablar del pecado; difícil y embarazoso.  
Estamos suspendidos entre dos actitudes fruto de nuestro inconsciente y de nuestra cultura. Por una parte, provenimos de un pasado que tuvo muy presente hasta la saciedad lo que era pecado. Hasta el punto de que la ley de Dios y la de los hombres se iban mezclando y confundiendo poco a poco, haciendo olvidar lo esencial.
Muchas personas que vivieron toda su vida muy atentas a no pecar obedecieron a una moral común, más que al evangelio, eran pecadores porque era muy fácil serlo en un mundo hipercrítico y controlador. Se dice que tampoco la Iglesia ayudó mucho a hacer crecer a las personas en aquella situación, no lo sé, si fue exactamente así, pero es posible.
¡Hoy, en cambio, vivimos un tiempo en el que parece que se ha abolido el pecado por decreto: la moral común se reduce a la mínima expresión; lo que es justo y lo que no, aunque sea equivocado, lo decide la mayoría; la conciencia, si existe, se tiene que adecuar al entorno, ¡faltaría más! Vivimos un tiempo rodeados de gente muy severa e intransige con los “otros” – con los políticos a la cabeza- pero siempre bastante blandos al valorar nuestras pequeñas certezas y razones: (¡que le levante la mano quién no haya tenido nunca una excusa lista cuando le han atizado una multa!). La Iglesia, últimamente, también ha acabado en el punto de mira: es fea, sucia y mala; y todos sus miembros también, nadie está excluido de ser sospechoso por ser creyente. En fin, un buen avispero. Pero tranquilos que todavía lo hay peor.

El interior
Lo peor está en el interior, en el inconsciente, en la parte profunda que sólo conocemos desde algo más de un siglo, gracias a la intuición de un simpático estudioso de la parte escondida, un tal Freud. Desde entonces se ha caminado mucho y hemos entendido lo mucho que influyen la educación, la cultura, lo que los otros se esperan de nosotros.
Algunas personas logran -y se logra fácilmente- hacerse una gruesa costra y arrasan con todo y con todos. Otros, más débiles, viven llenos de miedo y con sentido de culpa.
En medio de todo esto es difícil que Dios nos pueda decir algo, es difícil crear esa sutil armonía que nos acerca a Dios tomando conciencia de nuestro límite, es difícil reconocer y superar los sentimientos de culpa, y es pesado ir reduciendo la parte oscura de cada uno de nosotros.
Pero hoy, hermanos, la Palabra de Dios viene en nuestra ayuda.

La paciencia de Dios
Dios no quiere el pecado, ni siquiera lo conoce, no lo concibe.
El pecado es el no-yo, la no-persona, la parte tenebrosa que acaba por prevalecer, el pequeño ogro que nace junto a nosotros y que nos acompaña toda la vida.
En hebreo la palabra “pecado” significa “errar el tiro”, como hace un arquero inexperto. Así ocurre y nosotros, todos, venga a decir infantilmente que el blanco está demasiado lejos, que el arco está flojo, que alguien nos ha distraído en el momento de disparar. Dios, en cambio, nos trata como adultos, tiene paciencia con nosotros y nos ama.
Olvidaros, hermanos, de la idea raquítica y demoníaca de un Dios severo sediento de sangre, que juzga duramente sus criaturas: no es así, Él ama a todos los seres y no aborrece nada de lo que ha hecho, soporta el pecado. Como dice la espléndida primera lectura que hemos escuchado: ¿Cómo subsistiría algo, si tú no lo quisieras? Dios nos ama así porque piensa que podemos conseguir la conversión y la vida.
Nosotros nos obstinamos en ser pollos, mientras Dios, en cambio, nos ve como halcones que vuelan alto.

lunes, 24 de octubre de 2016

Discurso del Santo Padre Francisco a los miembros de la 36ª Congregación General de la Compañía de Jesús



Es una tradición muy establecida que con ocasión de las Congregaciones Generales se tenga un encuentro de los delegados con el Santo Padre. La mayoría de las veces se ha tenido el encuentro en el marco de una audiencia en el Vaticano, aunque ya en alguna ocasión el Papa ha escogido realizar el encuentro con los jesuitas reunidos en Congregación General en la curia de la Compañía.  Así, este lunes 24 de octubre, en la Mañana, el Papa Francisco ha arribado discretamente a la curia, recibido por el Padre General, Arturo Sosa y el superior de la comunidad de la Curia, el P. Joaquín Barrero.

Tras acompañarle hasta el aula y el Papa ha participado en la oración de la mañana con los delegados. El tema de la oración fue escogido para la ocasión: el buen pastor. La reflexión ha hecho referencia al P.  Franz van de Lugt, pastor de los suyos en Homs, Siria, asesinado por la locura de la guerra. Los miembros de la Congregación han querido orar por el Papa Francisco, como él mismo lo pide con frecuencia a todas las personas con quienes se encuentra.

El Papa Francisco ha hablado a la Congregación General con un discurso dirigido a la Compañía de Jesús que entusiasma y que orienta. Ha dado una buena idea de la manera como entrevé el servicio a la Iglesia y al mundo que la Compañía de Jesús puede ofrecer, de manera pertinente, en conexión con su propio ministerio. Toda su intervención ha estado marcada por una apertura hacia el futuro, por una llamada a ir más lejos, un soporte para el “caminar”, el modo de marchar que les permite a los jesuitas ir al encuentro de los otros y acompañarlos en su propio caminar.




Aula de la Congregación General
Curia General de la Compañía de Jesús.
24 de octubre de 2016


Queridos hermanos y amigos en el Señor:

Al rezar pensando qué les diría, recordé con particular emoción las palabras finales que nos dijo el Beato Pablo VI al finalizar nuestra Congregación General XXXII: “Così, così, fratelli e figli. Avanti, in Nomine Domini. Camminiamo insieme, liberi, obbedienti, uniti nell'amore di Cristo, per la maggior gloria di Dio”1.

También San Juan Pablo II y Benedicto XVI nos han animado a “caminar de una manera digna de la vocación a la que hemos sido llamados (Ef 4, 1)”2 y a “proseguir por el camino de la misión con plena fidelidad a vuestro carisma originario, en el contexto eclesial y social característico de este inicio de milenio. Como os han dicho en varias ocasiones mis antecesores, la Iglesia os necesita, cuenta con vosotros y sigue confiando en vosotros, de modo especial para llegar a los lugares físicos y espirituales a los que otros no llegan o les resulta difícil hacerlo3. Caminar juntos -libres y obedientes-, caminar yendo a las periferias donde otros no llegan, “bajo la mirada de Jesús y mirando el horizonte que es la Gloria de Dios siempre mayor, el que nos sorprende siempre4. El jesuita está llamado para “discurrir -como dice Ignacio- y hacer vida en cualquiera parte del mundo donde se espera más servicio de Dios y ayuda de las ánimas" (Co 304). Es que: “Para la Compañía, todo el mundo le ha de ser casa”, decía Nadal5.

Ignacio le escribía a Borja, a propósito de una crítica de los jesuitas llamados “angélicos” (Oviedo y Onfroy), porque decían que la Compañía no estaba bien instituida y que había que instituirla más en espíritu: el espíritu que los guía -decía Ignacio- “ignora el estado de las cosas de la Compañía, que están in fieri, fuera de lo necesario (y) substancial6. Me gusta tanto esta manera de ver de Ignacio a las cosas en devenir, haciéndose, fuera de lo substancial. Porque saca a la Compañía de todas las parálisis y la libra de tantas veleidades.

La Fórmula del Instituto es lo “necesario y substancial” que debemos tener todos los días ante los ojos, después de mirar a Dios nuestro Señor: “El modo de ser del Instituto, que es camino hacia Él”. Lo fue para los primeros compañeros, y previeron que lo fuera “para los que nos sigan por este camino”. Así, tanto la pobreza, como la obediencia, o el hecho de no estar obligados a cosas como rezar en coro, no son ni exigencias ni privilegios, sino ayudas que hacen a la movilidad de la Compañía, al estar disponibles “para correr por la vía de Cristo Nuestro Señor.” (Co 582) teniendo, gracias al voto de obediencia al Papa, una “más cierta dirección del Espíritu Santo” (Fórmula Instituto 3). En la Fórmula está la intuición de Ignacio, y su sustancialidad es lo que permite que las Constituciones hagan hincapié en tener siempre en cuenta “los lugares, tiempos y personas”, y que todas las reglas sean ayudas -tanto cuanto- para cosas concretas.

El caminar, para Ignacio, no es un mero ir y andar, sino que se traduce en algo cualitativo: es aprovechamiento y progreso, es ir adelante, es hacer algo en favor de los otros. Así lo expresan las dos Fórmulas del Instituto aprobadas por Paulo III (1540) y Julio III (1550), cuando centran la ocupación de la Compañía en la fe -en su defensa y propagación- y en la vida y doctrina de las personas. Aquí Ignacio y los primeros compañeros usan la palabra aprovechamiento (ad profectum7, cfr. Fil 1, 12 y 25), que es la que da el criterio práctico de discernimiento propio de nuestra espiritualidad.

El aprovechamiento no es individualista, es común: “El fin de esta Compañía es, no solamente atender a la salvación y perfección de las ánimas propias con la gracia divina, mas con la misma, intensamente procurar de ayudar a la salvación y perfección de las de los prójimos” (Ex 1,2). Y, si para algún lado se inclinaba la balanza en el corazón de Ignacio, era hacia la ayuda de los prójimos; tanto es así, que se enojaba si le decían que la razón de que alguno se quedara en la Compañía era “para que así salvara su ánima. Ignacio no quería gente que, siendo buena para sí, no se hallara en ella aptitud para el servicio del prójimo” (Aicardo I punto 10 pág. 41).

El aprovechamiento es en todo. La fórmula de Ignacio expresa una tensión: “no solamente… sino…”; y este esquema mental de unir tensiones -la salvación y perfección propia, y la salvación y perfección del prójimo- desde el ámbito superior de la Gracia, es propio de la Compañía. La armonización de ésta y de todas las tensiones (contemplación y acción, fe y justicia, carisma e institución, comunidad y misión…) no se da mediante formulaciones abstractas, sino que se logra a lo largo del tiempo mediante eso que Fabro llamaba “nuestro modo de proceder8. Caminando y “progresando” en el seguimiento del Señor, la Compañía va armonizando las tensiones que contienen y producen, inevitablemente, la diversidad de gente que convoca y las misiones que recibe.

El aprovechamiento no es elitista. En la Fórmula, Ignacio procede describiendo medios para aprovechar más universalmente, que son propiamente sacerdotales. Pero notemos que las obras de misericordia se dan por descontadas, ¡¡¡la Fórmula dice “sin que eso sea óbice” para la misericordia!!! Las obras de misericordia -el cuidado de los enfermos en las hospederías, la limosna mendigada y repartida, la enseñanza a los pequeños, el sufrir con paciencia las molestias… - eran el medio vital en el que Ignacio y los primeros compañeros se movían y existían, su pan cotidiano: ¡cuidaban que todo lo demás no fuera óbice!

domingo, 23 de octubre de 2016

DOMINGO 30º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera lectura: Eclo 35,12-14.16-18
Salmo responsorial: Salmo 33
Segunda lectura: 2 Tim 4, 6-8.16-18
Evangelio: Lc 18, 9-14
 
Sobrevivir en la fe, en estos frágiles tiempos, no es fácil y pide de nosotros una constancia y una determinación grande. Los ritmos de la vida, las continuas demandas que nos alejan de la visión evangélica, un desaliento cada vez mayor y más sutil, nos impide vivir con serenidad nuestro vivir cristiano.  
Un cristiano adulto con familia, si es que logra desembarazarse de la organización de la vida cotidiana (trabajo, escuela, gastos…) difícilmente logra organizarse una vida interior que vaya más allá de la Misa dominical. Y eso cuando le encaja bien.  
Pero si no logramos cada día encontrar un espacio, aunque sea pequeño, de oración e interioridad, no lograremos conservar la fe. 
 
El fariseo y los estorbos del corazón 
Los fariseos eran devotos de la ley, trataban de contrarrestar el relajamiento general del pueblo de Israel, observando escrupulosamente cada norma de la ley de Dios, por pequeña que fuera. La lista de prácticas que el fariseo hace ante Dios es correcta: ¡el fariseo, celosamente, paga el diezmo de sus ingresos, no solamente, como todos, del sueldo, sino incluso de las hierbas de infusión y de las especias de cocina! 
¿Cuál es, entonces el problema del fariseo? 
Es sencillo, nos dice Jesús: el fariseo está tan lleno de su nueva y brillante identidad espiritual, tan consciente de su bondad, tan lleno de su ego espiritual, que Dios no sabe por dónde entrarle. No hay sitio para Dios en el corazón del fariseo. 
Peor aún: ¡en lugar de confrontarse con el proyecto, espléndido, que Dios tiene sobre cada uno de nosotros, y sobre él, se enfrenta con quien – según él - lo hace peor, con aquel publicano que, allí en el fondo, no debería permitirse ni siquiera entrar en la iglesia! 
Éste es el núcleo de la cuestión: es necesario ponernos en serio –en serio- a la búsqueda de Dios. Deseamos intensamente conocerlo, convertirnos en discípulos suyos, pero no logramos crear un espacio interior suficiente para que Él pueda manifestársenos. Con la cabeza y el corazón atascados de preocupaciones, de deseos, de pensamientos… no logramos hacer espacio a Dios dentro de nosotros. 
A veces nos ocurre que, después de una experiencia impactante -que sé yo: un retiro, una peregrinación- sentimos su presencia con fuerza, pero, una vez vueltos a casa, nuestra cabeza se rellena de las preocupaciones de este mundo. 
No es sólo problema de orgullo. Es una complicación de la existencia, de una vida que no logra salir fuera del agujero negro en que se ha metido. 
 
Sugerencias de publicano 
Mirando al publicano, podemos encontrar algunas sugerencias que tal vez suenen incómodas, pero que son necesarias, para salir del agujero:

domingo, 16 de octubre de 2016

Congregaciones Generales y Superiores Generales de los Jesuitas

Con ocasión de la elección del P. Arturo Sosa como Superior General de la Compañía de Jesús, una recopilación de las Congregaciones Generales que eligieron a los 31 Generales y trataron asuntos de gobierno a lo largo de la historia de la orden.

DOMINGO 29º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)



Primera lectura: Ex 17,8-13a
Salmo Responsorial: Salmo 120
Segunda lectura: 2 Tim 3,14 - 4,2
Evangelio: Lc 18, 1-8
 
Los textos de hoy nos hablan de oración. A los cristianos nos gusta la oración, hablamos de ella, necesitamos de ella.    
Sentimos una fuerza extraordinaria que proviene de la meditación orante de la Palabra. Pero muchas veces rezamos mal y despistados, igual que hacemos en otras muchas cosas. No siempre logramos levantarnos pronto por la mañana para recortar al día diez minutos para la oración y, por la tarde, a menudo el cansancio se impone a los buenos deseos que tenemos de un momento de pausa al anochecer.
 Yo tengo la suerte inmensa de estar cada día en contacto con la Palabra como sacerdote y ese contacto frecuente con ella me ensancha el corazón.  
A veces, es pesado rezar. Monjas de clausura, amigas mías, que se pasan muchas horas al día en oración por los demás, me comentan con humor que, a veces, se cansan de rezar. ¡Parece un chiste!
Convencer a alguien de la necesidad y la importancia de la oración es imposible. Y, por otra parte, es igualmente imposible que quien haya descubierto el rostro de Dios en la oración, llegue alguna vez a abandonarla.  
La oración es una experiencia única y personal, que se aprende a medida que se practica: me parece a mí que los libros para enseñar a orar sólo sirven al que los escribe.
 
Confidencias 
La oración es  el santuario donde descubrimos el verdadero rostro de Dios, el lugar dónde el alma encuentra nuestra vida fragmentada e incoherente. Por eso, os confieso que conservar y cultivar una vida interior en este tiempo feroz, en un mundo occidental que ha perdido el alma, tiene algo de heroico, 
La experiencia de los orantes nos dice que, a pesar de haber rezado tanto, Dios nunca les dio lo que pedían, sino todo aquello que deseaban, sin saber cómo, y mucho más de lo que pedían. Ellos mismos descubrieron el sentido profundo de aquello de aquel consejo “llamad y se os abrirá”, sólo que la puerta que se abrió no era a la que estaban llamando.
La puerta de la interioridad, la del verdadero rostro de Dios, la del descubrimiento de uno mismo, sólo lograremos abrirla si insistimos, si no nos desanimamos, si aceptamos sentirnos a veces cansados, casi sin fe, y logramos sentarnos desalentados, dejando que alguien nos sostenga los brazos extendidos, como Moisés en la primera lectura. Es esta una espléndida imagen de Iglesia en la que nos ayudamos y soportamos mutuamente. 
 
Juez injusto 
Aun cuando percibiéramos a Dios como un juez incomprensible - dice Jesús - que no interviene en la vida de los débiles, que nos agobia con normas incomprensibles, que imaginamos ajeno a nuestras inquietudes y a nuestras tragedias, aun cuando Dios fuera ese monstruo que a veces dibuja nuestro inconsciente y que ciertos cristianos insisten en profesar hasta el hartazgo, estamos llamados a insistir en la oración. 

sábado, 15 de octubre de 2016

Queremos contribuir a lo que parece imposible (P. Sosa)



En la mañana del 15 de octubre, los miembros de la Congregación General reunieron en la iglesia del Gesù para celebrar con alegría una eucaristía de acción de gracias con el Padre Arturo Sosa, que había sido elegido Superior General de la Compañía de Jesús. El P. Sosa tuvo la oportunidad de ofrecer un mensaje espiritual inspirado en la Escritura.

En su breve homilía, el P. Sosa ha tocado numerosos puntos:

Comenzó repitiendo las palabras del Dominico Bruno Cadore quién en la misa de apertura de la nos invitó a cultivar la actitud de “audacia de lo improbable” para ser testigos de la fe en el mundo actual.
A continuación, se centró en el cuidado del cuerpo apostólico de la Compañía citando las palabras de Ignacio: “la Compañía no ha sido instituida por medios humanos, y por lo tanto no puede ser conservada o desarrollada por ellos, sino por la mano omnipotente de Dios y Señor Nuestro, en él sólo es necesario poner la esperanza “. Y entonces recordó que el cuidado del cuerpo de la Compañía está “estrechamente relacionado con la profundidad de la vida espiritual de cada uno de sus miembros y las comunidades en las que compartimos la vida y misión”. A continuación, el P. Sosa invitó a los jesuitas a cultivar una activa vida espiritual, pero sin olvidar que “al mismo tiempo es necesaria una extraordinaria profundidad intelectual para  pensar creativamente sobre las formas en que nuestro servicio a la misión de Jesucristo puede ser más eficaz, en la tensión creativa propia del magis ignaciano “.

El cultivo de la interioridad es necesario para permanecer conectado con el mundo intelectual, “para entender en profundidad el momento que estamos viviendo en la historia humana y contribuir a la búsqueda de alternativas para superar la pobreza, la desigualdad y la opresión. Tampoco hay que cesar en la profundización sobre las cuestiones relativas a la teología y la comprensión de la fe que pedimos al Señor que aumente en nosotros “.

Otro de los grandes temas de fondo ha sido la justicia, dejando bien claro el nuevo General que “queremos contribuir a lo que parece imposible hoy en día: una humanidad reconciliada en la justicia, viviendo en paz en una casa bien cuidada, donde hay espacio para todo el mundo, ya que reconocemos hermanos y hermanas, hijos e hijas de un mismo Padre y único.”

P. Sosa se centró posteriormente en el tema de la colaboración con otros: “Queremos colaborar generosamente con otros, dentro y fuera de la Iglesia, en la conciencia que surge de la experiencia de Dios que lleva a la misión de Cristo Jesús, que no nos pertenece en exclusividad, sino que compartimos con muchos hombres y mujeres consagrados al servicio de los demás “.

Finalmente, el nuevo Padre General relacionó la colaboración con las vocaciones a la Compañía: “En nuestro trabajo de colaboración con la gracia de Dios, también nos vamos a encontrar nuevos compañeros que aumentan el número, siempre un mínimo por grande que sea, de los invitados a ser parte de este cuerpo apostólico. No hay duda acerca de la necesidad de aumentar nuestra oración y nuestro trabajo por las vocaciones a la Compañía y de continuar con el complejo reto de ofrecer una formación compleja que nos convierta en verdaderos jesuitas, miembros de este cuerpo universal llamado a defender la riqueza de la interculturalidad como un rostro de una humanidad creada a imagen y semejanza de Dios “.


Al terminar la eucaristía, el Padre General se dirigió a la tumba de san Ignacio donde veneró sus reliquias, y antes de dirigirse a la sacristía, se desvió a orar delante de la tumba del Padre Arrupe.

(Homilía completa, aquí)

domingo, 9 de octubre de 2016

DOMINGO 28º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera lectura: 2 Re 5,14-17
Salmo Responsorial: Salmo 97
Segunda lectura: 2 Tim 2,8-13
Evangelio: Lc 17, 11-19
 
Jesús va subiendo hacia Jerusalén, con el rostro endurecido, decidido a dar testimonio del amor del Padre, cueste lo que cueste. Los apóstoles no saben que el Maestro ya está intuyendo los derroteros que va tomado su misión y que esta sensación, en lugar de derribarlo, no hace más que motivarlo y empujarlo a la entrega total de sí. 
En el camino se encuentran con diez leprosos que gritan a distancia.  La lepra es una enfermedad terrible y desoladora, que pudre el cuerpo, el espíritu y las relaciones humanas.
De los diez uno es extranjero y hostil, un samaritano; pero la enfermedad y el dolor igualan a todas las personas, sin distinciones de raza o religión o etnia. El sufrimiento es y permanece como la experiencia más común del vagar humano. 
Los leprosos iban gritando su dolor, su abandono, su lento e inexorable pudrimiento. Éste es el cuadro que nos pinta el Evangelio de hoy. 
Jesús no los cura inmediatamente, sino que les dice que vayan a los sacerdotes para ser curados, como prescribía la ley. A veces Jesús nos cura a plazos, nos pide ponernos en camino, salir de nosotros mismos, para luego ver los resultados. A veces Jesús, tan simpático, nos pide que vayamos a un cura para ser curados. 
 
Normas 
Esto era una herencia del antiguo Israel, cuando los sacerdotes también hacía el oficio de médico: sólo él era quien podía certificar la curación y la reintegración social de un leproso.  
Esta solicitud, por parte de Jesús, indica su profundo respeto por el pasado de Israel; él no ha venido a cambiar una jota o una tilde de la ley, sino a darle cumplimiento, a perfeccionarla, a reconducir el proyecto de Dios a sus orígenes.
La curación no es instantánea, exige un camino, un fiarse; Dios no quiere milagros espectaculares, siempre pide conciencia, camino, confianza, mediación.  
Los diez se marchan y, mientras van de camino, se dan cuenta de que están curados. 
También a muchos de nosotros nos pasa que somos curados por la calle, cuando dejamos de poner condiciones a Dios y a nosotros mismos. 
Asombrados, inquietos y trastornados, los leprosos curados cumplen la petición de Jesús y van al sacerdote. Excepto uno, el samaritano, el que no tiene templo, el que no tiene sacerdotes, el que no tiene una religión oficial.  
Por eso, el samaritano no sabe adónde ir y vuelve sobre sus pasos.  Vuelve al verdadero Templo, que es Jesús. 
 
La lepra de la ingratitud 
Uno solo vuelve a dar las gracias, lleno de fe. Jesús, desalentado, constata que fueron diez los sanados, pero sólo uno ha sido salvado.
Una vez curados, vuelven las diferencias (misterio de la fragilidad humana): nueve van al templo y el samaritano, de nuevo solo, sin un templo en donde ser acogido, corre al Templo de la gloria de Dios que es Jesús.  
El samaritano regresa alabando a Dios dando grandes voces, no puede callar, grita su alegría, porque su soledad y su marginación por fin han terminado. ¿Y los otros? pregunta Jesús.  

domingo, 2 de octubre de 2016

DOMINGO 27º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)

Luz para mis pasos... (Sal 118, 105)
 Primera Lectura: Hab 1, 2-3; 2,2-14
Salmo Responsorial: Salmo 94
Segunda Lectura: 2 Tim 1, 6-8.13-14
Evangelio: Lc 17, 5-10


Vivimos tiempos difíciles, eso lo vemos todos.
La crisis económica, social y política está pegando duro y casi no se ven perspectivas.
Es mucha gente la que no tiene certezas de futuro, aun teniendo ganas y siendo personas de calidad. Mucha gente no sabe si habrá invertido en una contribución suficiente para recibir una jubilación adecuada. Algunos padres se muestran desalentados por la resignación de sus hijos, recién titulados, ante la burla de prácticas infinitas y contratos temporales… cuando los tienen.
Además, el espectáculo desconcertante del mundo político de los últimos meses no ayuda para nada. Más allá de la convicción política de cada uno, hay que reconocer con dolor que se ha tocado fondo en el remolino del “tú más y peor”, olvidando todo valor ético, favoreciendo la corrupción como moneda de cambio al uso en tantos ámbitos de la vida. Todo esto queda mucho más de manifiesto cuando se trata de concretar y pactar resultados electorales.
 También en la Iglesia, a veces, los creyentes tienen la impresión de estar arrinconados socialmente y agarrados a lo esencial de la fe. Ciertamente no ayuda la escalada islamista que ha favorecido a quienes quieren identificar la fe con el fanatismo. Así, sin hacer mucho ruido, se va introduciendo la idea de que todo tipo de fe se convierte en radicalismo; que toda institución, especialmente la Iglesia, existe para que algunas personas conserven sus privilegios.
No pasa un día en el que no aparezcan en los medios noticias que tienen como protagonistas a eclesiásticos, o situaciones a veces dramáticas.  Todo esto es tratado y analizado, muchas veces, con seriedad y serenidad, pero, más a menudo, hay situaciones que se tratan con un exacerbado moralismo que ha reemplazado la sobria moral que se deduce del Evangelio.
Cuando se aparta a Dios de la vida no es cierto que ya no se crea en nada: lo que pasa es que se acaba con la posibilidad de creer en nada.
Así la Iglesia está llamada a afrontar estos tiempos sin levantar empalizadas, y sin hablar la misma lengua o usar la misma moneda que usa nuestro mundo disparatado.
Cuando el mundo dice disparates de la Iglesia, ella está llamada a hablar de Cristo. Y a confiar en su Maestro, que nunca la ha abandonado, aun cuando los cristianos tantas veces hayan desmantelado pieza por pieza, la credibilidad de la Iglesia.
Ante de todo esto, la oración de los discípulos, es hoy la nuestra: Señor, auméntanos la fe.

Habacuc
Habacuc está desalentado. El pequeño y obstinado pueblo de Israel tenía que luchar continuamente para sobrevivir entre gigantes:  los egipcios y los asirios primero, los babilonios después. Toda la historia era un sucederse de invasiones y golpes de estado, de tragedias y de injusticias. En la lectura de hoy, los caldeos presionan los confines de Israel.
El profeta, desesperado, dirige su oración a Dios: ¿cómo inspirar la fe en un pueblo exasperado? Dios contesta invitando a Habacuc y a Israel a conservar la fe y la confianza. Dios promete de apretar entre sus brazos con inmenso cariño al justo que vive por la fe.
Profetas de ayer y de hoy se estrellan continuamente con la misma desconcertante objeción: ¿dónde está Dios cuando el hombre desencadena su violencia, cuando prevalece la tiniebla, cuando el justo es escarnecido y despreciado?
Hoy la Palabra de Dios nos responde: sólo con la fe podemos intentarlo.

Fiarse
Habacuc es invitado a fiarse; Timoteo recibe una conmovedora carta de Pablo encarcelado y es invitado a hacer memoria de su vocación episcopal; los apóstoles, después de un primer estimulante momento de euforia, por los éxitos conseguidos por el Nazareno, empiezan a estrellarse con sus límites y con la hostilidad de algunos fariseos. Tanto que sienten la tímida llama de la fe empieza a vacilar lentamente.