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sábado, 7 de enero de 2017

BAUTISMO DEL SEÑOR (Ciclo A)


Primera Lectura: Is 42, 1-4.6-7
Salmo Responsorial: Salmo 28
Segunda Lectura: Hch 10, 34-38
Evangelio: Mt 3, 13-17


En este domingo del Bautismo de Jesús cerramos el ciclo litúrgico de la Navidad. Ambas fiestas, la de Reyes y la del Bautismo, nos hablan de la manifestación de Cristo Jesús al mundo. La de los Reyes es la manifestación universal a la gente y a todos los pueblos de la tierra. La fiesta del Bautismo concierne más a la manifestación pública de la misión de Jesús y también la nuestra como bautizados en Cristo.

Bien-amados
El principio de la misión cristiana está enraizado en la conciencia de ser amado por Dios. “Éste es mi hijo bien-amado, en el que me complazco”, así describe Mateo la teofanía que revela la misión y la verdadera identidad de Jesús.  La traducción más literal “bien-amado” que subyace al término griego original es preferible al “predilecto”, que hemos oído en la lectura litúrgica. Jesús es ante todo “bien-querido” y en él Dios se “complace”. El Padre está contento y orgulloso de su propio hijo.
En Cristo, como dice san Pablo, también nosotros somos hijos, también nosotros nos convertimos en coherederos, también nosotros somos bien-amados y en cada uno de nosotros el Padre se complace. Iniciamos el año civil y acabamos el tiempo navideño con esta desconcertante verdad: Dios me quiere, y me quiere bien.
¿No es quizás ésta la última pieza de la maravilla de mosaico que nos ha acompañado las tres semanas de Navidad? Pensamos en un Dios sobre las nubes y lo encontramos en Belén; nos esperamos un Dios abstracto y conceptual, y aquí lo tenemos hecho hombre; esperamos en un Dios al que pedir y he aquí a un niño que nos pide porque lo necesita todo de nosotros; nos esperamos un Dios que sea acogido triunfalmente por la autoridad constituida y por los sabios, y en cambio los que lo reconocen son los habitantes de la periferia de la vida; nos esperamos un Dios evidente y patente, y en cambio viene un niño tímido que nos pide que tengamos las ganas de encontrarlo, como los magos han sabido hacerlo. Y al final, hoy, se presenta la conversión más grande: me espero un Dios rector, severo pero benévolo, al que tengo que demostrar que soy bueno, y en cambio me encuentro con un Dios que, ante todo,  me quiere sin ningún prejuicio.


Meritocracia
Frente a este amor gratuito y sin condiciones de Dios, todos nosotros, en cambio, hemos sido educados en merecer ser amados, en cumplir aquello que nos hace merecedoras del cariño ajeno;  ya desde pequeños somos educados en ser buenos alumnos, buenos hijos, buenos novios, buenos esposos, buenos padres, buenos religiosos y buenos curas... porque el mundo premia a las personas que logran metas, que son capaces, y así dentro de nosotros se introduce la idea que Dios me quiere, cierto, pero con algunas condiciones.
Pasamos toda nuestra vida limosneando un piropo, un reconocimiento. Más aún, si una persona me contradice, me acusa, reacciono pero en el fondo pienso que quizá tenga razón, y me digo: “tienes que rendirse a la evidencia, tú no vales tanto”.
La reacción espontánea es entonces de defensa y agresividad, o de excesiva superficialidad, pasando la vida siguiendo la imagen que los otros tienen de mí, o me devuelven. En cambio Dios me dice que yo soy bien-amado, desde el principio, antes de que haga nada bueno o malo: Dios no me quiere porque yo sea bueno, sino que es él quien queriéndome me hace bueno. Dios se complace conmigo porque ve la obra maestra que soy, la obra de arte que puedo llegar a ser, la dignidad con la que él me ha revestido.
Entonces, pero sólo entonces, podré mirar el recorrido que hacer para convertirme en esa obra de arte, las fatigas que me frenan, las fragilidades que tengo que superar. El cristianismo es simplemente eso: experimentar que Dios me quiere por lo que soy y me desvela en profundidad lo que soy: alguien bien-amado. Es difícil querer “bien”. El amor es grandioso y ambiguo, puede construir y destruir, no se trata de adorar a alguien, sino de quererlo “bien”, hacerlo autónomo, adulto, auténtico, consciente. Es lo que Dios hace con nosotros.
Todo esto lo sabemos por Jesús y su Bautismo. Jesús no es un hombre vacío ni disperso interiormente. No recorre aquellas aldeas de Galilea de un modo arbitrario ni movido por raros intereses. Los evangelios nos dejan claro desde el principio que Jesús vive y actúa movido por “el Espíritu de Dios”. No quiere ser confundido con cualquier “maestro” de la Ley, preocupado sólo de introducir más orden en el comportamiento de Israel. No quiere que ser identificado con un falso profeta, dispuesto a buscar un equilibrio entre la religión del templo y el poder de Roma. El evangelista Mateo quiere, además, que nadie equipare a Jesús con el Bautista. Qué nadie lo vea cómo un simple discípulo o colaborador de aquel gran profeta del desierto. No. Jesús es “el Hijo querido” de Dios. Sobre él “desciende” el Espíritu de Dios. Solamente él puede “bautizar” con Espíritu Santo y con fuego.
 Según toda la tradición bíblica, el Espíritu de Dios es el aliento de Dios que crea, envuelve y sustenta la vida entera. La fuerza que Dios posee para renovar y transformar a los vivientes. Su energía amorosa que busca siempre lo mejor para sus hijos e hijas. Por eso, Jesús se siente enviado, no a condenar, destruir o maldecir, sino a curar, construir y bendecir; es decir a querer como él es bien-querido por el Padre. El Espíritu de Dios lo conduce a potenciar y mejorar la vida. Lleno de aquel Espíritu bueno de Dios, se dedica a liberar a todos de los espíritus malignos, que no hacen más que perjudicar, esclavizar y deshumanizar.
 Las primeras generaciones cristianas tuvieron muy claro lo que fue Jesús. Así resumieron el recuerdo incisivo que dejó en sus seguidores:  “Ungido por Dios con el Espíritu Santo, pasó la vida haciendo el bien y curando a todo quien estaba oprimido por el diablo, porque Dios estaba con él”.

El bautismo, signo del buen amor
Así hace Dios con cada uno de nosotros. El día de nuestro Bautismo, día tan lejano de nuestra sensibilidad, fue puesta en nuestro corazón la semilla de la presencia de Dios. No un ritual mágico, sino una semilla para cultivar, para cuidar, porque, si se la descuida, es tan frágil que desaparecería.
Es dentro del corazón donde encuentro a Dios, y todo lo que en la vida me lleva a mi interior (arte, música, silencio, naturaleza), y me acerca a Dios. Todo lo que es externo (caos, apariencia, superficialidad), me aleja de Él.
Con el Bautismo hemos entrado a formar parte de la Iglesia, aquella que es el sueño de Dios, no el “cacao” que cada uno tiene en la cabeza. La Iglesia de los santos y los mártires, la Iglesia que camina, canta y espera, no aquella grotesca de mis juicios superficiales.
Con el Bautismo estoy salvado, redimido, se me ha quitado el pecado original, es decir, la fragilidad en el amor: como Cristo Jesús se me ha hecho capaz de dar la vida por los hermanos. Pasamos la vida luchando por lograr metas, por llegar a ser algo bueno.... pero nunca podremos ser algo más grande que hijos de Dios… ¡y ya lo somos!

            Hoy es la fiesta de lo que está escondido en nosotros y que debe ser redescubierto; es la fiesta de la conversión a lo que ya somos. Podemos preguntarnos a lo largo de la semana que comienza: ¿Qué “espíritu” nos anima hoy a los seguidores de Jesús? ¿Cuál es la “pasión” que mueve a la Iglesia? ¿Cuál es la “mística” que hace vivir y actuar a nuestras comunidades? ¿Qué estamos poniendo en el mundo? Si el Espíritu de Jesús está en nosotros, viviremos “curando” a tantos oprimidos, deprimidos y ahogados por el mal. Que así sea con la ayuda de Dios.