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sábado, 4 de febrero de 2017

DOMINGO 5º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Is 58, 7-10
Salmo Responsorial: Salmo 111
Segunda Lectura: 1 Cor 2, 1-5
Evangelio: Mt 5, 13-16


Tal vez más de uno haya pensado que la página de las bienaventuranzas, que escuchamos la semana pasada, es algo para locos. Tenéis toda la razón.
Porque las palabras de las bienaventuranzas chirrían en estos tiempos en que parece triunfar todo lo contrario de lo que ellas proclaman. ¡Qué malestar provocan en un momento en que todos barruntan lo peor!

¿Tendremos que resignarnos ante la situación y olvidarlas? ¿Hemos de dejar nuestra fe encerrada en una caja para sacarla el domingo y el resto de la semana “sálvese quien pueda”?

¿Tiene verdaderamente algún sentido guardar en el corazón una página como la de las bienaventuranzas y tratar de orientar la vida a la luz de esa Palabra de Dios?
Son preguntas espinosas, ciertamente. Preguntas que también los primeros cristianos se hacían, cuando tenían que vérselas con la fatiga de cada día, con las incomprensiones de la comunidad naciente, aplastados entre una religiosidad tradicional totalizadora (el judaísmo), y otra irrelevante (la religión romana tradicional), y una vida social y política agresiva y decadente. Tal como hoy.

Jesús y las bienaventuranzas
Jesús vive las bienaventuranzas que proclama. Y nos desvela el rostro de un Dios tan diferente de nuestros miedos, y el de un hombre que está en el polo opuesto de lo que quisiéramos. Si el mundo exalta a los guapos, los fuertes, los arrogantes, los sin escrúpulos, los falsos, los ambiciosos, Dios nos muestra que un corazón humilde, sincero, confiado, dispuesto a cargar con las consecuencias de sus acciones es el que construye la nueva humanidad.

Bienaventurados nosotros, si buscamos seguir los deseos del Señor. Bienaventurados nosotros, si no nos asustamos de lo que está pasando, bienaventurados nosotros si no nos dejamos tomar por el desaliento porque el mar que atravesamos está agitado y nos falta la fe.

Pero ante la perplejidad y a la lucha por vivir las bienaventuranzas, Jesús, en vez de bajar el listón, lo levanta. No pone sordina, ni busca apaños: apunta más alto aún: ¿si la sal pierde el sabor, con qué salaremos?

Sabores
La fe nos aliña la vida; el evangelio es una pizca de sal que da sabor a todo el resto.

Es verdad:  quien ha hecho experiencia de la belleza de Dios entre nosotros sabe que su vida ha cambiado, sabe que ha sido iluminada por la Palabra, que se ve a sí mismo y a los otros de manera diferente, que posee una clave de lectura innovadora de la historia, grande y pequeña, y de la suya propia: el mundo no es una sucesión de acontecimientos violentos e inexplicables sino la manifestación del gran proyecto de amor que Dios tiene sobre la humanidad. Y eso da un nuevo sabor a la vida.

La sal es un bien precioso, no en vano se pagaba con sal a los soldados romanos: el salario. Pero Jesús nos avisa del terrible riesgo de que la sal se corrompa.
Nosotros hemos recibido la sal, el sabor del evangelio. Pero también estamos llamados, dice el Señor, a convertirnos en sal.

Sosos
La sensación, en cambio, es que nos hemos vuelto sosos.
No hace falta mucha sal para aliñar un manjar, no necesitamos una multitud de cristianos para aliñar la sociedad. No necesitamos a muchos cristianos, pero sí cristianos que amen mucho y que crean de corazón en lo que dicen.

El drama de nuestro tiempo, en el mundo occidental, es el de vivir un cristianismo sin Cristo, una religión sin fe, y un culto sin celebración.

Tenemos que pagar un precio muy alto, y de terribles consecuencias, a un cristianismo social y cultural que todavía empapa nuestra sociedad, pero que ya no es suficiente para crear discípulos del Señor. Un cristianismo que se reduce a costumbres, tradiciones, a una ética, o a una solidaridad, pero que ya no da sabor a la vida.

Nos hemos vuelto lámparas metidas debajo del taburete, temerosos de ser transparencia de Dios, más atentos a mostrarnos con un cristianismo “políticamente correcto” a base de todos los distingos y aclaraciones necesarias para no parecer molestos.

Nos avergonzamos, demasiado a menudo, de pertenecer a una Iglesia que da ocasión fácil a las críticas y las ironías.

Sugerencias saladas
Isaías nos desvela el modo concreto de ser luz y sal:  por medio del amor, mediante la caridad efectiva que se inclina hacia el pobre y el que sufre. Sobre todo, vivir en la justicia. Sin apaños, sin pereza, sin concesiones. Coherentes sin llegar a ser fanáticos; misericordiosos y no intransigentes. Evitar juzgar y ser esclavos del juicio de los otros. Purificar siempre el lenguaje violento. Abrir el corazón a la compasión con quien tiene hambre (de pan, de atención, de justicia); saciar a quien está afligido en su corazón, dedicándole tiempo y escucha.

Hoy es una tarea ineludible de la Iglesia permanecer con los pobres, encontrando nuevos modos de vivir el inalterable Evangelio, proponiendo no sólo gestos de limosna sino también estilos de vida que contrasten la pobreza difusa, los beneficios y la economía en el centro de las opciones que se toman, el egoísmo y el hedonismo como fáciles soluciones a los problemas de la vida.

Pablo nos recuerda, a partir de su experiencia, que la lógica de Dios es diferente de la lógica del mundo; es una lógica crucificada, “pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado”.     No se trata de convencer sino de ser. No se trata de vender un producto, sino de acoger y vivir una vida nueva. No se trata de dar luz, sino de permanecer encendidos en contacto con la llama viva de la Palabra de Dios. No es a nosotros mismos a quien transmitimos, sino a un Dios que se nos es dado.

Si podemos dar sabor a todo, si podemos indicar un camino a todos, un recorrido, es porque nosotros lo hemos recibido antes del Señor.

Aplausos
No es que juguemos a ser los puros, los buenos, a ser unos buenos católicos. No jugamos a ser santos, no queremos abrazar esa santa hipocresía que tanto mal ha hecho al Evangelio.

Únicamente queremos apasionadamente, inmensa y fuertemente seguir a quien nos ha cambiado la vida. Y creer, con todas nuestras fuerzas, que el camino indicado por Él nos lleva a la verdad y a la plenitud de la vida.

 Podemos ser un enorme cirio pascual, o una pequeña candela. Pero si no estamos encendidos sólo somos un trozo de cera.

Seguir a Jesús, el cordero de Dios, acoger las bienaventuranzas como una posibilidad real de vida, enciende nuestro corazón y da sabor a la vida. A la nuestra y la de los demás.

Así, sin saber cómo, la luz que nos habita iluminará el corazón de los otros. Y los otros darán gloria a Dios, no a nosotros; alabarán la luz, no la llama o la vela. Y así, todos, encendidos, iluminados y sabrosos, construiremos el Reino.

Como la sal, basta una pizca para dar sabor. Como la llama, basta una vela para iluminar una gran catedral. Que el Señor nos ilumine.