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jueves, 13 de abril de 2017

JUEVES SANTO EN LA CENA DEL SEÑOR



Primera Lectura: Ex 12, 1-8.11-14
Salmo Responsorial: Salmo 115
Segunda Lectura: 1 Cor 11, 23-26
Evangelio: Jn 13, 1-15

Comenzamos el Triduo Pascual; los tres días más largos del año, las últimas horas de Jesús de Nazaret. Esta mañana, en todas las Catedrales del mundo, los sacerdotes se reunieron con su Obispo para consagrar los óleos del consuelo y, finalmente, esta tarde en todas las parroquias, desde las grandes ciudades a las apartadas comunidades rurales, recordamos aquella entrañable noche, aquella cena llena de emoción en la que el Señor inventaba el pan para el camino; el momento en que cada sacerdote se siente llamado a repetir aquel gesto; el momento en que, pidiendo a los apóstoles que repitieran aquel gesto, el Señor Jesús instituyó el sacerdocio...

El último acto
El último acto de Jesús comienza aquí, con esta Cena que es la presencia del Señor entre nosotros. Él desea ardientemente comer la Pascua con nosotros: su corazón arde como una antorcha, su Presencia es un incendio de amor.

Jesús, al final, cumple todo lo que ha dicho y hecho con un gesto que nadie, ni siquiera los apóstoles, habría podido imaginar:  el Señor Jesús se entrega y se deja destrozar. Lo suyo no son solamente bonitos discursos y vacías palabras. El gesto de la muerte en cruz es definitivo e inequívoco:  no cabe ser interpretado, sólo puede ser acogido o rechazado.

Jesús está a punto de vivir completamente el amor hasta la paradoja, como la mayor parte de las veces había predicado. En este gesto, nos está diciendo: “Tu corazón está endurecido, no has entendido que te quiero, y el único modo para hacerte entender la alhaja que tú eres para mí, es que mi amor se convierta en sangre derramada, en un regalo absoluto de mi vida por ti”. Juan el evangelista introduce la Pasión en su evangelio diciendo: “Jesús, después habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).
Jesús elige entregarse a cada uno de nosotros de un modo sencillo, pobre y escandaloso. De un modo que nos llena la cabeza de duda y perplejidad: ¿Cómo es posible?: un poco de pan, un poco de vino y ¿tengo que creer que Jesús está presente ahí...? Pascal nos contestaría: “Si creo que Dios se ha hecho hombre, no tengo ningún problema en creer que pueda hacerse pan y vino.” Jesús, de entrada, acepta el riesgo de la incomprensión y sigue entregándosenos cada día, también hoy.

Jesús acepta no ser comprendido en nuestras eucaristías descoloridas, con poca fe, apresuradas y muchas veces improvisadas. Vivamos esta celebración con el corazón abierto, dejemos ser colmados de asombro por este regalo sin medida que nos hace el Señor de sí mismo.


Digámosle con ternura: nosotros celebramos la cena, Señor, y te hacemos presente; ¡alabanza a ti Señor, nuestro pan y nuestro vino!

Se acabó
Jesús sabe muy bien que el tiempo se le acaba. ¿Habrá hecho todo lo posible para convertir el corazón de las personas, el corazón de su pueblo? ¿Le queda algo por hacer? Jesús, como también nos ocurre a nosotros, experimenta el límite, tantea su fragilidad y sopesa el rechazo humano. ¿Qué podemos hacer con un Dios que dialoga? ¿con un Dios qué nos deja libres para elegir? ¿Qué podemos hacer con un Dios que rechaza las reglas para pedirnos que amemos, porque el amor no puede encerrarse en el estrecho cauce de un código? ¿Qué podemos hacer con un Dios que nos llama “amigos”, obligándonos con ello a tomar partido por Él?

Todo se acabó; es el momento definitivo. Bien lo sabe Judas, el único entre los doce que entendió de verdad lo que estaba sucediendo, el único que buscó una última y desesperada solución. Todo se acabó. Jesús se encuentra solo a la hora de decidir qué hacer. ¿Escapar? ¿Dejarlo todo? ¿Rendirse a la evidencia? No. En aquella cena pascual, Jesús va más allá y se consagra, se entrega a nuestra atronadora indiferencia.

Cena eucarística
Aquella cena es la que hoy rehacemos, en obediencia al mandato del Señor. Aquella cena es la primera, de la que nacen todas las demás. Aquella cena es la que hoy actualizamos con fe, en silencio interior, adoradores del sacramento del amor. Aquí estamos palpando el amor y estamos trastornados por ello, porque Dios se nos entrega en un trozo de pan y en un poco de vino.

Ha llegado la hora, amigos. Asistiremos en estos días al espectáculo de un Dios que muere por amor, que se entrega a la voluntad humana. Hoy, Jueves Santo, el Señor instituye esta cena, que es la pobre señal de un amor absoluto, el pequeño gesto de un corazón que estalla en amor.

La cena eucarística. La primera, la única, la que repetimos en obediencia al mandato de Jesús, la que trastocamos y ofendemos con nuestras vacilantes celebraciones, con nuestras mustias devociones, con nuestros gestos acartonados. Sin embargo, bastaría con mirar y callar, meterse en un rincón de la habitación del piso superior en aquella casa de Jerusalén, a la luz de las velas que quemaban aceite, para sentirnos arrollar por el momento que allí se estaba viviendo.

Así es. Dios lo ha dado todo, ¿qué más queda? Los suyos no lo entienden, y discuten (cfr. la Cena en Lucas); están en otro sitio, rebotados, inquietos y atontados preguntándose quién es el mayor y mejor... La misión ha fracasado, el pueblo no reconoció al Mesías, no lo quiso y no superó el infranqueable obstáculo de su banalidad, de su inconsistente humanidad. Todo se ha cumplido, Jesús está totalmente solo, definitivamente sólo. El Señor ha sido abandonado a su suerte.

Silencio, amigos, silencio. Hoy en la escuela, en el trabajo, vivamos como si estuviéramos en clausura, con el corazón palpitante como quién está a punto de participar en el más grande de los momentos, en el más inesperado de los regalos. Hoy el Señor inventa la eucaristía y el sacerdocio. Lo uno con lo otro, imaginados juntos para manifestar la medida de su amor.


Ten piedad de nosotros, Señor que vistes un delantal y te pones al servicio de nosotros mendigos lavándonos los pies, ten piedad de nosotros y de nuestra inconmensurable indignidad.