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sábado, 13 de mayo de 2017

DOMINGO 5º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 6, 1-7
Salmo responsorial: Salmo 32
Segunda lectura: 1 Pe 2, 4-9
Evangelio: Jn 14, 1-12

No debemos tener miedo, dice Jesús. Y utiliza el verbo que indica el temor suscitado por la tormenta en el mar.
Es cierto. En las vicisitudes de la vida muchas veces nos sentimos como en medio de una tormenta, incapaces de gobernar el barco. El clima de tensión mundial que vivimos, la inseguridad económica, la desintegración de los valores, la insignificancia de la Iglesia en la sociedad, no hace más que cargar el ambiente. Da la sensación de estar al final de una era.
No tengamos miedo, nos insiste el Señor, confiemos en él, que nos prepara un lugar en la casa del Padre. En medio de las vicisitudes de la vida el Señor Jesús nos muestra el camino para descubrir el verdadero rostro de Dios y, en consecuencia, nuestro propio rostro.
Son palabras fuertes las que la liturgia nos ofrece hoy; las palabras pronunciadas por Jesús, según el evangelista Juan, durante su última cena, una especie de testamento para los discípulos.

¿Cómo?
A Tomás, Jesús le indica un recorrido, un camino. En los comienzos de la Iglesia, los cristianos eran llamados “los del camino”, los que seguían un camino. En cambio, hoy en día, muchos conciben la fe como una casa, un templo, un refugio, un bunker, un paquete de verdades inamovibles en las que creer. No deja de ser curioso.
Sin embargo, el cristianismo es algo dinámico, que está siempre en camino, porque quien sigue a alguien que no tiene donde reclinar la cabeza, no puede pretender ser un cristiano de una vez para siempre, buscando seguridades no propias de la fe.
Jesús responde al desconcertado Tomás, que acababa de enterarse de qué iba todo aquello, que el Señor va delante de nosotros, que va a siempre más allá, que no nos deja solos, sino que nos invita a arremangarnos para la tarea.
Para mantenernos creyentes, dice Jesús, debemos confiar en que él es el camino, la verdad y la vida.

Camino
Ser cristiano -a veces se nos olvida- significa seguir a Jesús; imitarlo, confiar en él, conocerlo y dejarse amar por él. Frecuentar su palabra en la meditación, buscarlo en la oración personal y comunitaria, reconocerlo en el rostro del hermano pobre. La fe cristiana es una propuesta de un cambio radical en la forma de ver al mundo y a Dios. Y lo hacemos escuchando y siguiendo a Jesús, el Maestro.
En un mundo lleno de tertulianos, opinantes, santones y pequeños líderes que lo saben todo y que gritan unos contra otros, Jesús se muestra como el camino, la puerta por donde las ovejas podemos salir de los muchos cercados (¡incluso religiosos!) en los que nos han encerrado.
Llegar a ser cristiano significa amar como Jesús amó, seguir el camino recto, que no es una colección de hermosas ideas y preceptos, normas y cumplimientos, sino una persona: Jesús de Nazaret, el Señor Resucitado.


Verdad
Jesús es la verdad. Verdad que existe y busca la aceptación en un mundo que niega la posibilidad de que exista alguna verdad (excepto una: ¡que no hay ninguna verdad!). O que reduce la verdad a un nivel de opinión, con un sentido equivocado de la tolerancia, poniéndolo todo al mismo rasero, como si la libertad significase que ya nada es auténtico.
En un mundo que relativiza todo, Jesús, con determinación, pero sin arrogancia; con autoridad, pero sin presunción, dice conocer la verdad acerca de Dios y de los hombres. El hombre contemporáneo en cambio, como Pilatos, juega a ser cínico y pregunta qué es la verdad. La Iglesia proclama no una doctrina de verdades, sino una persona: a Jesús que es la verdad, a Jesús que dice la verdad, a Jesús que nos conduce a la verdad.
Y la verdad es evidente, se impone por sí misma, no tiene que convencer. Sin embargo, sólo un corazón honesto, desencantado de tantas cosas, razonable está en condiciones de captarla.
Lo que se pide a alguien que busca a Dios, es ponerse en juego hasta el fondo, sin engaños, sin perezas; buscar, permanecer abierto y disponible a un crecimiento intelectual e interior. Y, si es posible, dedicar un poco de energía y tiempo para el conocimiento: hoy ya no podemos pensar en un cristianismo sociológico, tradicional, aproximativo o simplemente emocional.

Vida
Quien ha descubierto a Jesús en el camino de su vida, puede decir con verdad absoluta que el Señor le ha dado la vida.
Hay una vida biológica que puede darse por supuesta y que nos atañe a todos. Pero una vida interior, espiritual, amplía el horizonte, y nos sitúa en un proyecto al que hemos sido llamados para formar parte de él. La vida interior nos cambia radicalmente la vida biológica, y nos llena de una alegría íntima, profunda y eterna. Jesús es vida y da la vida, y el cristiano, discípulo y seguidor de Jesús, ama la vida y da la vida.
Incluso si su vida está machacada o herida, el discípulo de Jesús sabe que hay un gigantesco proyecto de amor Dios, que se está manifestando en nuestro mundo.
La pregunta de Tomás “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” viene a expresar el realismo de un corazón que quiere ver  a Dios, que quiere conocer a Dios, que quiere amar a Dios. Y Tomás, finalmente entiende que Jesús es el acceso al Padre, que él es el Camino, la Verdad y la Vida.
Os invito a que pidamos al Señor en esta Eucaristía vivir ya desde ahora la novedad de la vida eterna; nosotros, que hemos tenido la oportunidad de ser iniciados en los misterios del Reino de Dios. Dejemos actuar con toda libertad al Señor Resucitado en nuestra vida, Él que es Camino, Verdad y Vida, y ahora Pan de Vida en la eucaristía, alimento que da fuerza a nuestra fe y nos mantiene firmes en nuestro caminar cristiano como pueblo apasionado para hacer el bien.
Aprovechemos todas las oportunidades que tenemos para conocerle más y más: la oración, la lectura y meditación de la Palabra de Dios, la catequesis en todas las edades, la participación activa en los sacramentos, la acción caritativa y social.

Por el conocimiento interno de Jesús, día a día, conoceremos más al Padre y su camino de amor, que nos conduce a su voluntad salvadora para todos nosotros: “Quien me ha visto a mi ha visto al Padre”